La habitación que falta

La tumba de cristal

La Mansión Vela se erguía en la colina central: una estructura de mármol y cristal templado desprovista de polvo y de vida.

El panel biométrico reconoció la huella de Américo con un zumbido apático:

*BIENVENIDO, AMÉRICO VELA. RESIDENCIA SIN ACTIVIDAD HACE CUARENTA Y DOS DÍAS. ¿DESEA ENFRIAMIENTO QUÍMICO CONTRA EL ESTRÉS?*

—Cancelar monitoreo —cortó él.

Cuarenta y dos días.

Américo se quedó un segundo con la mano apoyada en el lector. Era un dato menor y no supo por qué le molestaba tanto, hasta que hizo la cuenta hacia atrás y le salió mal por dos noches. La casa juraba llevar seis semanas vacía. Su padre había estado ahí anteanoche.

Los sistemas offline no se equivocan: no tienen con quién contrastar. Solo repiten lo último que alguien les dijo.

No se lo comentó a Camila.

El interior olía a madera pulida y cítricos secos. Todo intacto, todo anestesiado. Alejandro había construido un mausoleo perfecto para que el luto no dejara cicatriz.

—La biblioteca tiene cifrado cuántico —indicó Camila frente a la consola—. Si la forzamos, saltará la alarma del Consejo. Necesitamos una credencial física.




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