Las compuertas se abrieron en la cima de la torre. El aire arriba era helado y olía a metal limpio y frío.
La sala era amplia y circular. En el centro colgaba una estructura enorme de lentes y anillos de bronce conectada a gruesos tubos de refrigeración.
—Mi padre estuvo aquí —dijo Américo, corriendo a la consola principal mientras le salía vapor de la boca—. Dejó las pantallas encendidas.
Camila miró el monitor central. Las lentes no apuntaban al cielo, sino hacia el mapa de la ciudad.
—No está mirando las estrellas, ingeniero. Mire los tubos de calor.
La pantalla mostraba a Placea en azul, pero en el borde exterior del domo una mancha roja parpadeaba como una caldera a punto de reventar.
—Es el sector de desfase —dijo Américo, tecleando rápido como quien revisa un plano de tuberías—. Toda la basura térmica que la Cúpula no quiere ver la bombean hacia afuera. Si sobrecargas el centro, la presión en la periferia se dispara. Mi padre usó este lente para medir cuándo va a colapsar la pared del domo.
—El Equinoccio... —susurró Camila—. Ocurrirá en tres días. En ese momento, el frío de afuera igualará la presión del domo y la barrera va a ceder. Alejandro Vela puede haber ido a la frontera a esperarlo.
Américo copió las coordenadas geográficas exactas. Un pitido estridente detuvo el proceso.
—El telescopio no tiene suficiente alimentación de red para la transferencia del mapa cuántico completo —dijo Américo—. Para forzar la descarga de la firma del Equinoccio, tengo que desviar energía de la red auxiliar.
—Hágalo de inmediato, ingeniero. Es un costo necesario.
—No es matemática abstracta, doctora. La red auxiliar sur alimenta los sistemas de ventilación del Anillo Doce. Si extraigo el flujo térmico de ahí, la periferia se quedará sin disipadores de calor. Ochenta mil personas enfrentarán temperaturas de cuarenta y cinco grados en cajas de polímero. La probabilidad de asfixia térmica es muy alta para esas personas.
Camila no vaciló.
—¿Quieres salvar la probabilidad de ochenta mil personas hoy para matar a ocho millones mañana? Baja la llave, Américo.
Américo apretó los dientes. La pureza moral no existía; solo el trade-off. Giró la llave cuántica y ejecutó el desvío. El holograma brilló mientras la temperatura en los barrios bajos de Placea se disparaba para alimentar el robo de memoria.
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Editado: 10.09.2026