Tres días de marcha febril por la selva exterior de Placea los habían dejado al límite de la deshidratación y el colapso muscular. Tras escapar en los planeadores y ser arrastrados por las corrientes, Américo y Camila tuvieron que evadir los drones de barrido, moviéndose por la profundidad del bosque.
Cuando finalmente rodearon la cordillera y alcanzaron las coordenadas de la Falla, la noche del Equinoccio ya aplastaba el mundo con una presión atmosférica extrañamente ligera. Clara los esperaba en el umbral, con el fusil electromagnético cruzado al pecho.
—Llegan a tiempo —dijo ella, sellando la pesada compuerta de acero oxidado a sus espaldas—. La fluctuación termodinámica está empeorando en la superficie. La doctora Varela y el profesor Castellanos ya bajaron al núcleo. Toda la gente los espera allí.
Fueron guiados a través de galerías subterráneas que descendían hacia las entrañas de la montaña, hasta desembocar en una inmensa caverna natural.
El lugar era el polo opuesto al cero absoluto de Placea: un ecosistema ruidoso, caliente y vivo. A un lado, decenas de personas cocinaban raíces en ollas de presión adaptadas a las fisuras volcánicas; al otro, una serie de termas naturales burbujeaba con agua hirviente, llenando el aire de una neblina densa. Cientos de personas —científicos exiliados que alguna vez abandonaron Placea— abarrotaban el salón. El desorden era absoluto.
Mulatos estaba allí. Sentado en el borde de una de las termas con los pies sumergidos en el lodo caliente, sonreía mientras Tac flotaba plácidamente sobre la superficie del agua, con las branquias apagadas por la luz de las hogueras.
La doctora Varela emergió de la bruma, extendiéndoles vasos de metal con una infusión hirviente.
—Tienen el mapa cuántico, supongo. Después del escándalo que armaron en Placea, es lo menos que espero —dijo la científica.
—Lo descargamos del Laboratorio Estelar —asintió él, bebiendo el líquido—. ¿por qué hay tanta gente aglomerada aquí?
—Es la noche en que la ecuación se rompe, Vela. Todos querían estar cerca del calor. Y hay quienes querían ver a la doctora Denueve.
Camila se tensó, aferrando la pesada carcasa del receptor analógico en su cinturón.
—¿A mí? ¿Por qué? Yo no soy nadie.
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Editado: 10.09.2026