Corrían llevando al viejo en brazos, arrastrando los pies y siguiendo a la criatura en medio del desorden físico que distorsionaba el aire.
Mulatos parecía divertirse con el vaivén agitado de los pasos de Américo y Camila, riendo con un traqueteo seco y ronco, mientras a ellos se les iba la vida en cada zancada. Habían permanecido inconscientes durante un tiempo que no lograban medir en esa grieta de piedra y viento, atrapados en un pliegue donde la distancia y el reloj dejaban sentirse reales.
El descenso hacia las ruinas de hormigón se sintió como caer a través de un cristal trizado. La fisura se abría bajo sus pies en una pendiente de piedra fracturada y tierra congelada, una garganta negra que parecía tragar la escasa luz del crepúsculo. Américo apretó el rifle electromagnético contra su pecho y su respiración formaba nubes de vapor en el aire gélido. A su lado, Camila avanzaba a trompicones, con los dientes castañeando por el frío. Detrás de ellos, Mulatos arrastraba las botas con su paso errático, guiado por el pequeño Tac, cuyo lomo soltaba en la oscuridad un verde pálido que se apagaba y volvía en pulsos rápidos y nerviosos.
Los instrumentos de Américo estaban invadidos por un parpadeo constante de advertencias luminosas. Los datos de ubicación saltaban sin control en la pantalla de su ojo derecho. El mareo seguía siendo puramente físico; todavía le pesaba la cabeza y le zumbaban los oídos con un timbre metálico, la secuela del cruce por la distorsión, que no terminaba de soltarlo.
—Américo —susurró Camila, apoyando la mano en una pared de piedra que vibraba como una cuerda de piano—. ¿Seguimos dentro del sector? ¿Esto es Placea?
Él miró a su alrededor, con los ojos desorbitados por el esfuerzo de enfocar en la penumbra del páramo.
—No lo sé —admitió, con la voz rota—. Las señales están mezcladas. Mi visor indica que estamos en el límite de la ciudad, pero el aire... el aire no está filtrado, Camila. Huele a tierra húmeda. Huele a intemperie pura.
Antes de que pudiera responder, un aullido mecánico desgarró la noche. Desde las crestas de la fosa, las tres esferas negras que habían oído acercarse desde el rellano descendieron a una velocidad precipitosa. No emitían luces de rastreo ni las sirenas habituales de pacificación; eran tres sombras perfectas que devoraban el espacio, con sus rotores magnéticos levantando una ventolera de polvo y escarcha.
—¡Abajo! —gritó Américo, interponiéndose entre Camila, Mulatos y la trayectoria de los drones.
Esperó el restallido de los cañones o el fogonazo de los proyectiles que habrían reducido sus cuerpos a ceniza. Pero lo que ocurrió fue diferente, más silencioso y espeso.
De la base de las tres esferas negras brotaron unas toberas que comenzaron a eyectar chorros de una sustancia espesa y negra que no devolvía ni un reflejo. No la vieron caer: la oyeron, un siseo denso y caliente sobre las grietas del terreno. Al contacto con el aire, aquella brea comenzó a expandirse y a cuajar, taponando las aberturas de la piedra y encapsulando el entorno en una costra rígida que se tragaba la poca luz que quedaba.
El sistema no venía a erradicarlos. Venía a sellar la fuga.
Una de las esferas descendió directamente sobre ellos. Su lente óptico, un ojo de cristal negro, se clavó en el rostro de Camila. El dron suspendió su vuelo a apenas tres metros. Se escuchaba el zumbido interno de la máquina analizando sus rasgos. Por un instante, el sensor de la esfera brilló con una luz azul hostil, preparándose para liberar su carga. Pero de repente, el indicador se tornó de un color ámbar apagado.
El haz descendió un milímetro más, rozó el hombro de Américo sin alterar su frecuencia y se apagó en seco. No hubo alerta, ni lectura de desvío, ni confirmación de objetivo. El sistema lo había borrado tan a fondo que ni siquiera sus propios sensores reconocían su firma biométrica. Debería haber sentido alivio; sintió una punzada sorda y fría en el estómago que no supo nombrar.
Las toberas se retrajeron y el dron ascendió lentamente, ignorándolo por completo, para continuar rociando la brea sobre la salida superior de la garganta.
Américo observó la escena con incredulidad. El sistema no la atacaba a ella: la estaba reconociendo. Y él, sencillamente, no existía.
No lo estaban perdonando, lo estaban ignorando.
Camila fue la primera en reaccionar.
—Nos están encerrando —dijo, golpeando con la culata del rifle la costra de brea que acababa de bloquear el paso lateral. El golpe sonó sordo, como si impactara contra una piedra indestructible—. Está completamente sólida. Estamos atrapados en este callejón.
Camila se deslizó de espaldas contra la pared sellada, exhausta. Américo se dejó caer a su lado, sintiendo el aroma denso y químico de la brea negra que flotaba en el aire. La opresión en el pecho y la falta de aire eran casi insoportables.
Un golpe metálico y seco rompió el tenso silencio.
Frente a ellos, la barrera de brea que bloqueaba el túnel comenzó a fracturarse bajo el impacto desde el exterior. Las grietas corrieron por la costra negra hasta que un bloque entero se derrumbó con un estrépito seco.
A través del hueco abierto, tres figuras envueltas en trajes gruesos e impermeables cruzaron el umbral. Al frente de ellas, sosteniendo un soplete térmico cuya llama aún chispeaba, estaba una mujer de hombros anchos y mirada implacable. Su rostro estaba cruzado por una cicatriz que moría en un parche de cuero sobre su ojo derecho, y bajo la manga izquierda de su chaqueta asomaba el brillo apagado de una prótesis mecánica.
Era la Dra. Varela.
—¡Muévanse, fantasmas ingratos! —gritó Varela, su voz áspera resonando en el túnel—. Si se quedan ahí parados, Continuum los va a encapsular como moscas en pegamento. Este lugar quedará sellado por completo en tres minutos.
Américo se incorporó a toda prisa, ayudando a Mulatos a ponerse de pie.