Ya estaba hendido en el barro, Américo con sus botas tácticas hasta la cintura en un lodazal espeso que apestaba a moho y clorofila, resbalando sobre raíces retorcidas que parecían moverse bajo la bruma. A cada paso, el lomo de Tac se apagaba y volvía bajo la luz sucia del crepúsculo, un verde pálido que la bruma se tragaba casi entero; la criatura se erizaba en los brazos de Camila, bufando ante los sutiles cambios de temperatura que congelaban el aire por tramos antes de volverlo sofocante. Los exploradores que abrían el camino avanzaban encorvados, mudos, sin apartar los ojos del suelo, moviéndose de árbol a árbol con agilidad felina.
Una fisura estrecha entre dos enormes rocas cortó la maleza. El grupo se deslizó en silencio, raspando la ropa contra la roca húmeda, hasta descender a una red de túneles en desuso. El zumbido constante de los generadores analógicos vibraba en las plantas de los pies. Al doblar la primera galería, Américo se detuvo ante la inmensidad del refugio. No era un cuartel militar estéril, sino una comunidad bulliciosa hacinada en la penumbra. Decenas de familias de exiliados se distribuían en campamentos improvisados alrededor de hogueras. Ancianos envueltos en mantas de lana áspera conversaban en voz baja, mientras niños de mejillas sucias corrían entre los cables expuestos. Mujeres y hombres de todas las edades reparaban piezas mecánicas sobre mesas de madera tosca, en un rumor constante de martillazos y voces que amortiguaban la estática del subsuelo. Ordenadores amontonados se alzaban en estanterías desordenadas, con cables que se extendían por el suelo hacia hileras de cultivos que crecían directamente sobre la tierra húmeda de las cavernas.
Américo contempló el enjambre de circuitos y raíces con una extrañeza que le erizó la nuca: era la arquitectura de Placea exactamente invertida. Lo que en los manuales de la cúpula se clasificaba como «pérdida entrópica» e «ineficiencia intolerable», aquí abajo era lo único que mantenía calientes y vivos a trescientos seres humanos. Apartó la mirada, incómodo por no saber qué hacer con esa certeza.
Dos hombres colocaron a Mulatos en un camastro de lona en una galería lateral. El viejo ingeniero respiraba con dificultad, sus dedos temblorosos aferrados al trasto de cobre tosco que llevaba al cuello.
Américo se detuvo en seco. Miró los filamentos de cobre que salían del collar de Mulatos, las toscas uniones de estaño que sostenían la tarjeta de memoria expuesta. Mulatos le sonrió con los ojos fijos en el techo, ajeno al nudo que se le formaba a su nieto en la garganta.
Una silueta alta bloqueó la luz del pasillo. La Dra. Varela se apoyaba contra el marco de piedra, con el brillo apagado de su brazo de titanio cruzado sobre el pecho.
—Siempre lleva ese trasto en el cuello —dijo.
Camila se arrodilló y extrajo de su morral una pequeña petaca de metal abollada, el viejo termo de Mulatos solía usar en su taller. El anciano la recibió al instante, abrazándola contra su pecho con una risotada infantil que rompió la rigidez del aire.
Nael irrumpió en la enfermería arrastrando una caja de herramientas metálica que chocó contra el suelo. Se arrodilló directamente frente a Varela, ignorando a los recién llegados, y sacó una llave de tuercas.
—Tornillos sueltos, doctora —dijo Nael con voz atropellada, ajustando los pernos del titanio de la pierna izquierda de Varela—. El eje... la junta izquierda. Vibra. El paso de antes... fue muy rápido. Dos vueltas aquí... y listo. Camina. ¡Camina ya!
Varela dio un par de pasos firmes sobre la roca húmeda, probando el ajuste. El paso metálico volvió a sonar limpio, exacto. La doctora asintió con una mueca y miró al joven.
—Buen trabajo, Nael. Ahora ve a preparar el transporte. Lo necesitaremos.
Pero Nael estaba anonadado. Sus ojos, abiertos de par en par, se habían clavado en la cabeza de Mulatos. Se acercó lentamente a la camilla, estupefacto, estirando un dedo tembloroso hacia la placa de polímero translúcido que sellaba la cavidad craneal del viejo científico, dejando ver el vacío y las conexiones apagadas en su interior.
—Doctora... esto... la cabeza —balbuceó Nael con voz atropellada y ansiosa, señalando el cráneo de Mulatos—. ¿Qué es? Luz... chips. ¿Nanobots? No. Ortopedia... Placea. Nivel alto. Muy alto. Hermosa. Rota... la memoria está rota. Yo... yo puedo. Déjeme. Llave... cables de cobre. Soldador. ¡Yo arreglo! ¡Yo abro cabeza!
Nael se giró de golpe hacia su caja de herramientas, arrojándose sobre ella con manos temblorosas. Buscó con prisa febril un destornillador de punta fina y un rollo de estaño, moviéndose con el entusiasmo de un niño que siente que el mundo lo ha puesto exactamente en el único lugar donde deseaba estar.
Varela levantó su mano de titanio, deteniendo físicamente el hombro de Nael antes de que pudiera abalanzarse sobre la camilla con las herramientas en alto. La doctora giró el rostro hacia Camila, buscando en silencio su aprobación antes de permitir cualquier intervención sobre el anciano.