La habitación que falta: El tiempo

2.1

Camila contempló la escena con cautela. Recordó el ritmo impecable de la prótesis de titanio de Varela que Nael acababa de ajustar y se sorprendió por la destreza del joven, pero la delicadeza de la cabeza de Mulatos le infundía dudas. No estaba segura de si confiar en un muchacho tan tosco.

—¿Por qué habla de esa manera? —preguntó Camila, con los ojos fijos en los movimientos acelerados de Nael—. Parece que su mente va más rápido que sus palabras.

—No habló con humanos hasta los doce años —explicó Varela, observando al muchacho—. Lo encontramos en una subestación eléctrica abandonada de la frontera. Vivía solo con un holograma de servicio que repetía protocolos en bucle. No desarrolló el lenguaje como nosotros, pero si ve un circuito estropeado o una criatura herida delante sabe que tiene trabajo. Es un híbrido raro: el extremo de la ciudad y el extremo del bosque.

Varela terminó de hablar. Al mirar hacia la camilla, ambas se percataron de que la discusión ya no estaba bajo su control. Animado por el entusiasmo de Américo y Nael, el propio Mulatos se había incorporado a medias en el camastro. Con sus dedos temblorosos pero precisos, el anciano desarmaba la carcasa de su colgante de cobre, deslizando un pestillo oculto que liberaba las placas analógicas. Nael observaba con los ojos fascinados, mientras Américo le sostenía las herramientas sin pensar que era su complice.

Varela dejó escapar un leve suspiro y miró a Camila. Al ver que el propio anciano y Américo ya estaban en ello, Camila se limitó a encogerse de hombros en una rendición silenciosa. Ambas desistieron de intervenir.

—Doctora —dijo Camila—. Tenemos que hablar del bloqueo.

Varela encendió una pantalla con un mapa topográfico de la superficie. El dedo de metal de la doctora golpeó el borde de la imagen.

—Continuum ya no malgasta munición persiguiendo gente —dijo Varela, y el muñón metálico de su índice golpeó el mapa—. Vierte esa mugre negra. Cae hirviendo, cuaja en segundos y no devuelve ni el eco del radar. Sellaron la fosa del campamento viejo, taponaron los respiraderos de la ciudad y cubrieron las grietas con una costra de dos metros de espesor. Donde cae esa brea, muchacho, la piedra deja de respirar. Ya no hay paso, no hay señal y no sale nadie.

Varela hizo una pausa, su mirada fija en el mapa antes de volverse a medias hacia la enfermería.

—Luego del día que desaparecieron, recuperamos la libreta de Mulatos de los archivos de Placea. La libreta describía ecuaciones que todavía estamos estudiando. Pero hay algo más que no he compartido con la tropa. El año pasado, registramos reportes confirmados de que Mulatos estuvo activo en Placea. Estaba completamente lúcido, cuerdo, dando conferencias de ingeniería analógica a ingenieros y físicos. Y ahora, doce meses después, aparece con ustedes nuevamente en el mismo estado de demencia con el que lo vimos hace trece años.

Camila arqueó una ceja, asimilando la inconsistencia.

Varela los observó a ambos en silencio, dejando flotar la revelación. La doctora lo había comprendido todo al ver llegar al viejo científico, descifrando la naturaleza no lineal de los saltos. Sin embargo, decidió no pronunciar la palabra *tiempo*. Sabiendo que el conocimiento explícito de la distorsión altera la propia física de quien lo posee, se limitó a dejárselo ver.

—La física tiene memoria, y no le gusta que la fuercen —concluyó Varela, volviéndose hacia la pantalla.

Américo no miró la pantalla. La miró a ella.

—Usted no bajó a esa garganta por una bengala —dijo—. Trece años sin vernos y llegó en tres minutos, con un soplete y dos hombres. Estaban esperando.

Varela no se ofendió. Al contrario: por primera vez desde el túnel, algo parecido a la aprobación le cruzó la cara.

—Llevamos un año esperando —dijo—. Y no los esperábamos a ustedes.

Se apoyó en el borde de la mesa de mapas. El titanio hizo un ruido corto contra la piedra.

—Nuestros informantes en la ciudad nos hicieron llegar tres palabras y un número: archivo del Paciente 0. No tenemos el documento. Tenemos la carpeta vacía y la certeza de que existe, y de que lo que hay dentro salió de una falla. Placea lleva doce meses moviendo equipos de recuperación a la hondonada. No están sellando esa falla, Vela: la están vaciando antes de sellarla. Nosotros estamos tratando de conseguir el material antes que ellos.

—¿Y qué tiene que ver mi abuelo? —preguntó Américo. Ya lo sabía. Lo preguntó como se abre una herida, para ver de qué color sale.

—Que los informantes tienen una versión. Y la versión dice que Mulatos Castellanos no fue una víctima de los científicos de Placea. Dice que trabajó con ellos.

Fue Camila la que habló, porque a Américo se le había ido el aire.

—¿Y usted la cree?

—Yo creo lo que puedo medir. —Varela giró la cabeza hacia la galería lateral, donde el viejo desarmaba su collar entre risitas—. Y lo que puedo medir es esto: yo lo conocí siendo estudiante, sentada en la tercera fila de un auditorio, oyéndolo hablar de energía perpetua. De eso hace treinta y cinco años y ya era un hombre hecho. Sáquele la cuenta y dígame qué edad tendría que tener el que está ahí tirado, y después venga y mírele las manos.

Nadie se movió.




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