La habitación que falta: El tiempo

2.2

—Ahora sume lo otro —siguió la doctora—. El que dio conferencias en Placea el año pasado aparece en todos los reportes con el cráneo entero. Sin placa. Sin polímero. Sin cavidad. Completo, y con la cabeza funcionando mejor que la mía. —Golpeó la mesa con un nudillo de titanio, una sola vez—. No es que no envejezca, analista. Es que envejece en desorden. El de hace un año es más nuevo que el de hace trece.

En la galería lateral, la petaca abollada tintineó contra el borde del camastro.

—Cuando dimos con él, hace trece años, lo tuvimos nueve meses aquí abajo. Elian y yo lo interrogamos casi todos los días de esos nueve meses, por turnos, con paciencia, y con métodos de los que no me siento orgullosa. —Dejó la frase sin adornar, igual que si leyera una ficha—. No ocultaba nada. No hay nada que ocultar. Está vacío. Nadie aguanta nueve meses de interrogatorio sin contradecirse una sola vez, salvo que no quede nadie adentro para contradecirse.

—Por eso los exámenes —dijo Camila.

—Por eso los exámenes. Cada vez que ese hombre entra en este refugio le paso un escáner por el cráneo y busco por dónde le sacaron la memoria. Trece años buscando. Todavía no encuentro las cicatrices. —La doctora se enderezó—. Y no me diga que es imposible, analista. Ya lo sé. Ese es exactamente el problema.

Américo dio un paso hacia ella.

—Entonces nos sacó de la falla por él.

—Los saqué a los tres. —Varela por fin lo miró de frente—. Pero si me está preguntando si habría bajado a esa garganta por dos fantasmas ingratos que llevan trece años muertos en el registro, la respuesta es no. La bengala solo me dijo dónde.

Camila no dijo nada. Se llevó la mano al bolsillo y sintió el canto partido de la terminal, donde seguía guardada una voz que unas horas antes, en mitad de un páramo helado y sin nadie alrededor, había dicho esas mismas dos palabras.

*Paciente cero.*

Dos fuentes que no habían tenido forma de hablarse.

Para una analista, eso ya no era un rumor.

—Cada vez que intentamos investigar, Placea nos intercepta con drones y ahora con esta brea —dijo Camila—. No podemos acercarnos a las fallas, están selladas y vigiladas.

—Pero la brea aísla las señales de Placea también —observó Américo—. El sistema se queda ciego detrás de ese sello. Si encontráramos los conductos analógicos que se construyeron antes de la automatización saldremos de su radar y podremos...

—No tenemos esos mapas, Vela -lo interrumpió Varela, golpeando la mesa con los nudillos metálicos-. En la evacuación del campamento perdimos los planos de la red subterránea. Sin eso, excavar bajo la brea tiende a infinito.

Américo dio un paso al frente, con los ojos fijos en la proyección del sector residencial.

—De seguro están en la casa de mi padre —dijo Américo—. La mansión tiene un centro de datos local, un servidor offline que guardaba toda la infraestructura analógica de la red original. Si la estructura sigue en pie, esa información está a nuestro alcance.

Varela lo miró fijamente y luego soltó una palmada sobre la mesa de mapas.

—Me sorprende tu iniciativa, Vela. Escuchen todos. Ya oyeron, hay que estudiar la infiltración a la mansión de los Vela.

El estómago de Américo se contrajo. El recuerdo de la Mansión Vela, con sus pasillos de madera silenciosos y el rostro severo de su padre Alejandro, que hacía unos días lo había abandonado a su suerte, se mezcló con un eco del pasado: la voz de Elian dándoles cobertura antes de que todo estallara, sacrificándose por el equipo.

Américo bajó la vista hacia sus propias manos. Tenía la piel intacta, sin los callos deformes de Nael ni las mutilaciones de Varela; trece inviernos enteros borrados de un plumazo. Se pasó el pulgar por los nudillos limpios, con un sabor metálico y seco subiéndole por la garganta, como si respirar el aire de ese búnker fuera una deuda que no sabía cómo pagar.

—Yo puedo abrirla —dijo Américo, apretando el rifle táctico—. Es mi sangre la que tiene el bio acceso a la mansión, y fue mi hogar.

—¿Y por qué esos mapas analógicos son tan vitales si la ciudad está de facto sellada? —preguntó Camila, señalando la línea ámbar de la pantalla.

—Porque esa red de conductos pasa directamente por debajo de la ciudad de Mitocondria —explicó Varela, con una mueca severa—. El subsuelo industrial de los exiliados. Si intentamos cruzar a Placea por la superficie, la brea nos encapsulará en segundos. Pero las viejas tuberías y túneles de drenaje bajo Mitocondria siguen libres de brea. Es un laberinto sin ley, controlado por facciones desesperadas por cobre y energía, pero es nuestra única ruta limpia hacia el Núcleo 0. Si conseguimos esos mapas, sabremos qué túneles siguen abiertos.

Camila dio un paso hacia la mesa de mapas, clavando la vista en el sector de seguridad interna de la ciudad.

—¿Qué pasó con Clara, Varela? —preguntó en voz baja—. Su firma no está en la red de la resistencia.

Varela apartó la mirada hacia el mapa. Su ceño se acentuó por un instante.

—La atrapó el departamento lateral de Placea. La tienen encerrada en algún punto del complejo de contención. No sabemos dónde. Entrar a buscarla en este momento es un suicidio.

—Yo conozco los edificios de Lateral por dentro y por fuera —dijo Camila, con voz firme—. Sé dónde están las derivaciones de los conductos pluviales de la ciudad que conectan con los sótanos de la comisaría. Puedo entrar por el alcantarillado offline y sacarla de allí sin que las esferas de Continuum detecten anomalías. Iré yo sola, moviéndome enteramente a oscuras para no levantar sospechas.

Américo frunció el ceño por primera vez y la miró con una preocupación rígida. Camila notó el gesto de inmediato.

—¿No confía en mí, ingeniero? —le preguntó Camila con una ceja alzada.

Américo suspiró con pesadez, sosteniéndole la mirada.

—No es eso —respondió en voz baja—. Es que... espero verte aquí de vuelta cuando regresemos en tres días.




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