La habitación que falta: El tiempo

CAPÍTULO 3: El hilo bajo las costillas

—¡Clara! ¡Clara! —el susurro, agudo y contenido, cortó el aire estancado del sótano.

Camila Denueve se asomaba por la estrecha cavidad de la ventilación, con la mirada clavada en la celda auxiliar situada a unos metros. Dentro, sentada en una silla de metal con la cabeza apoyada contra la pared gris, Clara dormía con la respiración entrecortada. A su alrededor, las barreras de energía de su celda parpadeaban a un nivel mínimo. El silencio en el edificio de contención de Lateral era sepulcral.

Al escuchar su nombre, Clara se sobresaltó, abriendo los ojos de golpe en la penumbra. Buscó la fuente del susurro, desorientada y con los ojos desorbitados por la sorpresa.

Arriba, en la pared, el tornillo giró con un chirrido metálico casi imperceptible. Camila retiró la pesada rejilla de hierro, sosteniéndola con fuerza para evitar que golpeara el suelo de hormigón, y se deslizó por la abertura estrecha, cayendo sobre el pavimento húmedo.

—¡¿Camila, estás loca?! —susurró Clara con la voz implosionada —. ¡¿Qué haces aquí?!

—Toma esto —susurró Camila, arrojándole una pequeña llave de torque por los barrotes—. Quítate el anclaje de los tobillos.

Clara atrapó la herramienta con manos torpes y comenzó a aflojar el grillete de metal que la mantenía amarrada a la silla de contención, mientras Camila realizaba con prisa dos puentes con cables de cobre en la consola de la celda. El panel parpadeó y la barrera de energía se desvaneció con un zumbido seco.

—Andando —dijo Camila, ayudándola a salir en cuanto el hierro cayó al suelo con un tintineo sordo.

Clara avanzaba sin dudar por el laberinto, apoyando el hombro en las juntas del hormigón con la memoria ciega de quien ha crecido esquivando la superficie desde la infancia. Camila no necesitó guiarla; sus pasos coordinados sabían exactamente qué conductos pluviales evitaban los sensores térmicos de la periferia. En treinta minutos, cruzando compuertas y pasadizos de mantenimiento, lograron salir al pozo de drenaje exterior, en los límites de la ciudad. Se dirigieron con sigilo hacia un denso arbusto pegado al tronco de un árbol nudoso, el sitio exacto donde Camila había escondido su equipaje antes de la infiltración.

Al apartar las ramas para recuperar su morral, Camila se detuvo. Acurrucado sobre la lona húmeda del equipaje, la estaba esperando Tac. El pequeño animal la había seguido en secreto desde el refugio del Holobionte hasta las afueras de la ciudad, guareciéndose en la maleza. Al verla, emitió un suave y silbante ronroneo.

Camila, conmovida pero sin tiempo para cuestionarlo, se colgó el morral mientras Tac descendía ágilmente al suelo para abrirles paso. Ambas se deslizaron de inmediato por la compuerta de hierro de los conductos pluviales, adentrándose en el alcantarillado fuera de uso de la ciudad. El hormigón húmedo las recibió con su olor a moho y tierra mojada.

En la primera bifurcación, Camila se detuvo y apoyó a Clara contra el muro de piedra para que tomara aire.

—¿El puerto sigue abierto? —preguntó Camila en un susurro apenas audible, mirando con atención hacia atrás, a la oscuridad de donde venían.

Clara, fatigada y con los labios agrietados, negó levemente con la cabeza.

—Demasiado limpio, Camila —respondió en el mismo código, con los ojos llenos de una lucidez cansada—. Cuando Continuum deja una celda sin redundancia y un puerto abierto, no es una falla de red. Es un lazo pasivo. Nos están usando de baliza para llegar a Varela y a los demás. Ya lo hicieron la última vez.

Ambas sabían lo que eso significaba. Si volvían al refugio, la ubicación del Holobionte quedaría expuesta.




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