La Hacedora del Sol

Capitulo 45: Destino

Aquellas palabras terminaron de derrumbar la muralla que Aryanne llevaba toda la noche intentando levantar alrededor de su corazón. Sintió cómo el calor ascendía lentamente hasta teñir sus mejillas de un suave color rosado y tuvo que reunir todas sus fuerzas para contener aquellos sentimientos que le suplicaban salir a la luz. Cada segundo que permanecía frente a Corio hacía más difícil seguir ocultándolos.

—No diga ni una sola palabra más, Su Alteza —le rogó, evitando mirarlo directamente a los ojos—. Si alguien llegara a escucharlo, podría malinterpretarlo todo...

—¿En verdad cree que alguien podría malinterpretarlo? —le preguntó con tranquilidad—. ¿No cree que, quizá... podría ser verdad?

Aryanne levantó la mirada y lo observó con firmeza.

—Soy la futura prometida de su hermano —le recordó con frialdad—. Si alguien lo escuchara decir eso, pensaría que pretende arrebatarle la prometida al príncipe heredero.

Corio acortó nuevamente la poca distancia que los separaba. El semblante juguetón que había mantenido durante toda la conversación desapareció por completo y fue sustituido por una expresión mucho más seria.

—¿Y si le dijera que no son mentiras?

Aryanne sintió que el corazón se desbocaba dentro de su pecho. No podía creer lo que acababa de escuchar. Por un instante deseó creer aquellas palabras, pero obligó a su razón a imponerse sobre su corazón. Lo miró con la misma frialdad de siempre.

—Le haré un favor, Su Alteza, y fingiré que jamás escuché esas palabras salir de su boca.

—Aún no es la prometida de mi hermano —le recordó—. ¿Por qué no podría permitirme semejante atrevimiento?

—Porque sería una traición.

—Solo existe traición cuando antes ha existido lealtad.

Aryanne frunció ligeramente el ceño.

—Apenas ha regresado a la capital después de años de exilio ¿Acaso busca que lo condenen? —lo reprendió—. Porque, si ese es su deseo, no seré yo quien lo detenga, pero no pienso permitir que me arrastre con usted.

Corio sonrió con una tristeza apenas perceptible. Dio un paso hacia atrás, permitiéndole a Aryanne respirar con algo más de tranquilidad, y levantó ligeramente las manos en señal de rendición.

—Jamás haría algo que pudiera poner en riesgo su bienestar —se sinceró—. Pero tampoco puede mentirme diciéndome que no siente lo mismo que yo.

Aryanne mantuvo intacta su compostura, ni un solo gesto delató el caos que llevaba dentro.

—¿Cree que renunciaría al puesto de emperatriz para convertirme en una simple princesa? —preguntó con una frialdad casi cruel—. Me he preparado para ocupar ese lugar desde el mismo día en que nací. ¿De verdad cree que arrojaría todo ese esfuerzo... por algo tan incierto? Me temo, Su Alteza, que ha permanecido demasiado tiempo lejos de la capital porque ya no me conoce —lo miro con indiferencia—. Aunque, siendo sincera, dudo que alguna vez lo haya hecho. Si realmente me conociera, jamás habría pronunciado esas palabras.

Aquellas frases parecieron alcanzarlo por un instante. Sin embargo, la expresión de Corio volvió a relajarse y una sonrisa divertida reapareció en sus labios.

—Si la he ofendido, permítame disculparme, mi lady —dijo con calma—. Parece que tiene razón, nunca hemos llegado a conocernos realmente... así que deme la oportunidad de hacerlo.

Aryanne lo miró como si hubiera perdido completamente la razón.

—¿Acaso no puede ver el panorama completo? —preguntó con evidente molestia—. Dentro de un año me convertiré en la prometida de su hermano. Usted ambiciona el mismo trono que él. No existe ninguna situación en la que usted y yo podamos llegar a conocernos —lo miro incrédula—. Para mí no es más que un rival al que debo vencer. Después de todo, con Byron me he criado desde la infancia; es a él a quien conozco desde hace muchos más años.

Corio guardó silencio unos segundos, después formuló una única pregunta.

—¿Lo ama?

Aryanne quedó completamente desconcertada, aquella pregunta la tomó por sorpresa y las palabras murieron en su garganta. Intentó responder, pero vaciló. Solo fue un instante, apenas un breve segundo de silencio, aunque bastó para que Corio encontrara la respuesta que estaba buscando. Al ver aquella mínima duda reflejada en sus ojos, la sonrisa de Corio se ensanchó lentamente.

—Entonces todavía tengo una oportunidad.

Aryanne recuperó inmediatamente la compostura.

—Que no lo ame no significa que no le sea leal —aclaró con firmeza—. Así que no pierda más el tiempo, Su Alteza. Olvidaré esta conversación como parte de mi regalo por su cumpleaños —le miro con advertencia—. Pero si vuelve a dirigirme esas insinuaciones otro día... no tendré más remedio que informar de todo a Su Majestad la emperatriz.

—No lo hará —le aseguro.

—¿Acaso cree que no soy capaz de hacerlo? —le reto.

—La creo perfectamente capaz de denunciarme ante Su Majestad —respondió con absoluta tranquilidad—. No pongo en duda su determinación, pero sé que no lo hará... precisamente por su ambición.

Aryanne permaneció inmóvil, Corio continuó hablando.




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