La Hacedora del Sol

Epilogo

El invierno aún se aferraba a la ciudad, pero su dominio comenzaba a resquebrajarse poco a poco. En el aire flotaba un cambio sutil, casi imperceptible, como si la propia vida aguardara el instante exacto para regresar. El Primer Brote había comenzado y con su llegada la primavera se anunciaba. En la residencia del Primer Ministro, lejos del imponente mármol del Palacio del Sol, aunque no menos vigilada, la noche permanecía envuelta en un silencio tenso. Los pasillos descansaban en penumbra, custodiados por guardias que evitaban incluso el roce de sus armaduras, mientras que, en las cámaras interiores, la tranquilidad había sido sustituida por susurros urgentes y pasos contenidos. Mis ojos se posaron sobre una joven de cabellos color castaño miel, completamente empapados por el sudor que se adhería a su rostro. Luchaba por traer una nueva vida al mundo. Sus ojos, de un intenso verde esmeralda, brillaban entre el dolor y la determinación, aferrados a una fuerza que iba mucho más allá del sufrimiento. Había algo en ella que ni siquiera el parto conseguía quebrar, su cuerpo temblaba con cada contracción, arqueándose sobre la cama mientras sus manos sujetaban con fuerza dos sábanas anudadas a los extremos de la cómoda. Tiraba de ellas como si, en aquel gesto desesperado, pudiera recuperar el control que su propio cuerpo le arrebataba.

—¡Empuja! —ordenó una de las parteras.

Y ella lo hizo. El grito que escapó de sus labios no fue delicado ni contenido; fue crudo, desgarrado… real. Incluso yo pude sentirlo. La habitación parecía latir al ritmo de su esfuerzo. Las parteras iban y venían sin descanso, intercambiando compresas empapadas, retirando telas manchadas de sangre, llenando y vaciando cubetas de agua caliente con una urgencia que no admitía el menor error. A un lado, una sacerdotisa de Ilythia sostenía delicadamente su rostro, limpiando el sudor que descendía por su piel enrojecida y apartando los mechones húmedos de su frente mientras murmuraba plegarias en voz baja. Podía escuchar cada palabra, cada súplica dirigida a mi hija, implorándole alivio y un parto sin desgracias. Estaba tan concentrada en ella, en cada respiración entrecortada, en cada esfuerzo que la acercaba un poco más a la vida… que no me percaté de su presencia.

—¿Desde cuándo te interesan los partos de las mortales? —preguntó Aelion a mi lado.

No aparté la mirada.

—Siempre me han interesado —respondí con calma—. Que no asista personalmente… es otra cosa.

Sentí su atención sobre mí, más pesada que cualquier juicio.

—Entonces, ¿por qué hoy? —insistió curioso—. Si querías que este parto fuera supervisado, pudiste pedírselo a Ilythia, no era necesario que vinieras tú misma.

Sonreí apenas.

—Esta niña es especial para mí.

El silencio que siguió no fue aprobación… sino duda.

—Aelira…

Pero no lo dejé terminar, me acerqué, descendí hasta ella, hasta ese instante donde la vida y el dolor se entrelazaban sin posibilidad de separarse, y con una suavidad que no correspondía al caos de la habitación, posé mis labios sobre el vientre de la mujer.

—Yo te bendigo, niña de la luna —susurré—. Serás mi representación en este mundo… ahora nace bien… y no hagas sufrir más a tu madre.

Me aparté delicadamente solo para poder ver aquel momento inigualable cuando la vida nace. Se escucho un grito desgarrador que atravesó la habitación, más fuerte que los anteriores, más profundo, como si todo su ser se rompiera para dar paso a algo nuevo.

—¡Ya viene! —exclamó una de las parteras—. ¡Sigue pujando, ya vemos su cabeza!

—¡Una más, mi lady, solo una más!

El aire se tensó, el tiempo se detuvo… y luego se escuchó un gran y fuerte llanto lleno de vigor y no pude evitar sonreír llena de satisfacción.

—Mi lady… felicidades —dijo una de las parteras, con una sonrisa que no pudo contener—. Es una hermosa niña.

El cuerpo de la mujer cayó agotado sobre el colchón. Una débil risa escapó entre su respiración entrecortada, casi incapaz de creer que todo hubiera terminado. Pero, cuando la recién nacida fue depositada entre sus brazos, su expresión cambió por completo. Sonrió y las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas, no por el dolor que acababa de soportar, sino por el inmenso alivio... y por el amor que solo una madre es capaz de sentir al contemplar por primera vez a su hija.

—El amor de una madre hacia su hijo es el amor más puro que vas a poder encontrar —murmure, mientras observaba a Aelion—. Siempre es una gran alegría… ver nacer a la vida misma.

Aelion no apartó la mirada de la niña, pero su silencio me dijo lo suficiente, no lo comprendía, podía verlo en su mirada y eso inevitablemente me causó curiosidad.

—¿Y tú? —pregunté finalmente, volviendo apenas mi atención hacia él—. ¿Por qué viniste?

Sabía la respuesta incluso antes de que hablara. Más que nadie, yo sabía cuánto detestaba presenciar ese tipo de momentos. Aelion dudó un instante, algo poco común en él.

—Te fuiste hace rato… y no te encontraba —confeso con timidez.

Había algo casi tímido y eso me hizo sonreír. Me acerqué a él sin pensarlo, rodeándolo con mis brazos en un gesto suave pero profundo, apoyando mi rostro contra el suyo con una cercanía que solo nosotros compartíamos.




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