5 de Julen del 752
—¿Tú serás mi futuro esposo?
Aquel niño alzó la mirada, sorprendido al escuchar una voz desconocida. Sus ojos, de un dorado tenue, aún estaban húmedos, a pesar de que había hecho un evidente esfuerzo por contener el llanto. La observó en silencio, como si no lograra comprender del todo la pregunta. Delante de él se encontraba una niña de diez años con una sonrisa radiante, iluminada por el sol que se proyectaba detrás de ella. Sus ojos de un rosa inigualable brillaban con curiosidad, mientras que su cabello castaño miel, completamente rizado, estaba recogido en una coleta alta. El flequillo cuadrado que llevaba no lograba ocultar aquellos ojos poco comunes, de los cuales conocía su significado.
En cambio, Aryanne lo miraba con total naturalidad; en su expresión no había ni vergüenza ni duda. Para ella, aquella pregunta no tenía nada de extraño. Era la primera vez que visitaba el palacio imperial. Había llegado esa misma mañana, acompañada de su madre y de sus dos hermanos menores, quienes, desde el momento en que pusieron un pie en los jardines, parecieron olvidar cualquier noción de compostura. Apenas las niñeras aflojaron su agarre, ambos se soltaron con rapidez y echaron a correr entre los senderos, riendo mientras las criadas los perseguían, sus llamados desvaneciéndose en la distancia. La madre de Aryanne ya no se alteraba, acostumbrada al comportamiento poco gentil de sus hermanos menores; sabía que eran como demonios que no podía controlar, así que ya conocía la forma de manejar esa situación.
—Quédate aquí Aryanne —le indico con firmeza—. Esos pequeños se esmeran en llevar mi paciencia hasta sus últimos límites.
Aryanne asintió obedientemente a las órdenes de su madre; era lo menos que podía hacer por ella, considerando que debía de lidiar con sus dos hermanos menores, unos gemelos que representaban un caos constante. De esa forma, podría aliviar la carga de su madre, permitiéndole preocuparse por un hijo menos. A diferencia de sus hermanos no tenía intención de desobedecer a su madre; sabia cuál era su lugar y donde debía quedarse.
Sin embargo, ante ella apareció una hermosa mariposa que cruzo frente a su mirada con un movimiento ligero, apenas perceptible, pero difícil de ignorar. Sus alas, de un rosa suave, se reflejaban de un tono translucido bajo la luz, como si estuvieran hechas de algo más delicado que el mismo aire. Cada aleteo parecía dejar un rastro tenue, un brillo efímero que no terminaba de desvanecerse. Al principio, Aryanne permaneció inmóvil, siguiendo a la mariposa solo con su mirada; sabía que debía de quedarse, ya que su madre había sido clara al respecto. Pero la mariposa no se alejaba del todo; se detenía de vez en cuando, girando sobre sí misma, como si la invitara a seguirla. Durante unos instantes dudo, pero basto un breve momento para que todo cambiará; antes de que su mente se lo impidiera, sus pies avanzaron tras ella.
El primer paso fue medido, casi sigiloso, como si temiera ser descubierta; el siguiente fue más decidido. Cuando se dio cuenta, el sendero principal había quedado atrás y ya no quedaba rastro del lugar donde se suponía que debía de estar. A su alrededor, los jardines cambiaron de forma casi imperceptible: los caminos rectos y perfectamente delineados dieron paso a senderos más estrechos, donde la vegetación crecía con una libertad que contrastaba con el orden anterior. El murmullo de las voces se fue desvaneciendo poco a poco, reemplazado por el sonido suave del viento entre las hojas y el crujido sutil de la grava bajo sus pies.
La mariposa continuó guiándola, siempre lo suficientemente cerca para que no la perdiera de vista y a la vez lo bastante lejos para obligarla a avanzar. Finalmente, se detuvo frente a un árbol: un cerezo en pleno florecimiento, alto y frondoso, cuyas ramas se extendían como si quisieran alcanzar el sol. Sus flores, de un rosa intenso, caían lentamente en pétalos ligeros que cubrían el suelo como una suave alfombra, tiñendo el jardín de un tono delicado, mientras la luz se filtraba entre las hojas, creando destellos suspendidos en el aire.
El cielo sobre el jardín se extendía en un mar claro y limpio, apenas interrumpido por unas nubes esponjosas que se deslizaban lentamente, como si no tuvieran prisa. La luz del sol descendía suavemente, logrando filtrarse entre las ramas del cerezo, creando destellos caídos que danzaban sobre los pétalos esparcidos en el pasto. Bajo sus pies se extendía un pasto de un verde profundo que crecía más libremente que en los jardines principales, carente de la simetría rígida de los senderos por los que había pasado anteriormente.
El ambiente era diferente; no había voces, ni pasos apresurados, ni el eco proveniente de la actividad del palacio. Solo se escuchaba el murmullo del viento al rozar las hojas, el canto lejano de aves que no lograba distinguir. El aire llevaba consigo un aroma suave y dulce impregnado por las flores del cerezo, mezclado con la frescura húmeda de la tierra. No era un olor que la molestara; al contrario, le brindaba una calma tan natural que resultaba sorprendente. Todo en aquel jardín se sentía tan diferente, tan natural, en comparación al orden del resto del palacio; era más silencioso y tranquilo.
Aryanne dio un paso más, observando su entorno con una calma que ocultaba su curiosidad, hasta que un sonido apenas perceptible interrumpió la tranquilidad del ambiente, como una nota desafinada: un sollozo, bajo y contenido, como si quien lo emitía no deseara ser escuchado. Siguió el sonido con la mirada y, entonces, lo vio: bajo la sombra del cerezo entre los pétalos caídos se encontraba un niño. Estaba encogido sobre sí mismo, con las rodillas recogidas contra el pecho y sus brazos aferrándose a ellas, mientras ocultaba su rostro entre sus rodillas.