La Hacedora del Sol

Capitulo I: El Color de las Promesas

17 de Iveris del 757

El blanco es el color que representa las promesas

Frente al enorme espejo de plata contempló el vestido blanco que cubría su cuerpo: la delicada tela blanca se ceñía sobre su silueta desde el torso hasta su cintura, antes de abrirse en una amplia falda que descendía hasta el suelo. La cual estaba cubierta de bordados florales y arabescos plateados, entrelazados con pequeñas perlas y cristales que brillaban con cada movimiento y a la luz del sol. Las mangas eran largas y transparentes, junto con el cuello alto, le otorgaba una apariencia mucho más madura de la cual no poseía. Su cabello castaño miel estaba recogido en un elegante moño bajo, cuidadosamente trenzado y adornado con pequeñas flores blancas y pequeñas perlas que se entrelazaban entre los mechones. Algunos rizos suaves enmarcaban su rostro, mientras el velo de tul, sujeto desde la parte posterior de su peinado, descendía hasta el suelo y repetía los mismos bordados del vestido. Al remojar suavemente sus labios podía sentir el delicado sabor de las flores de hibisco, los cuales combinaban con el color natural de sus ojos.

—Se ve radiante mi lady —murmuro admirada—. Es tan hermosa.

Coralie la miró con orgullo, como si hubiera terminado de pintar una obra de arte, se alejó para admirarla. Se encontraba a su lado terminando de alistarla, al igual que el resto de las doncellas, no paraban de soltarle innumerables elogios sobre su belleza y su atractivo, de los cuales Aryanne se encontraba acostumbrada a recibir.

—Mi lady —hablo una voz femenina suave, detrás de su espalda—. Su alteza, el príncipe heredero la está esperando en el templo.

Se dio la vuelta para observar a su dama de compañía principal, Belle Pavielle, que al mirarla dejó escapar un suspiro lleno de admiración por ella.

— ¿Estás nerviosa?

Aryanne volvió hacerse la pregunta a ella misma, ¿Lo estaba?, desde que nació solo tuvo un futuro posible: ser la emperatriz del Imperio de Wisteria. Sus ojos rosas, que miraba profundamente desde su reflejo, son la prueba de que Aelira la había escogido para reinar en su nombre. No le habían enseñado nada más, durante estos quince años, la habían criado para gobernar. Desde la mañana al despertar por el sol, hasta la noche cuando la luna se asomaba por el cielo nocturno, solo hacía una sola cosa: estudiar para prepararse y ser una digna gobernante del imperio más grande que existe en el mundo. Finalmente, el día había llegado, en el que terminaría por sellar su destino, se comprometería con el príncipe heredero ante los ojos de la corte y de los dioses. No estaba nerviosa, era todo lo contrario, se encontraba expectante de lo que eso significaba; su posición como princesa heredera sería un hecho.

—Este es el día que he estado esperando toda mi vida —le confeso—. Así que no estoy nerviosa —Le lanzo su mirada llena de confianza—. Estoy segura de que esto es lo que quiero.

Al menos eso era lo que Aryanne se decía cuando se miraba en el espejo. No conocía nada más, así que no podía ambicionar algo que nunca ha conocido. Sería escoltada por un grupo de caballeros que la llevarían hasta el templo de Heria, donde se llevaría a cabo la ceremonia de compromiso. El resto de su familia como de sus invitados se encontraba ya esperándola, ella era la última que debía de llegar, tal cual como dictaba las costumbres. Una vez que su carruaje se detuvo enfrente del templo de la diosa, su corazón dio un vuelco, al saber que estaba tan cerca de dar el primer paso que la terminaría de consolidar como futura emperatriz.

La fachada exterior se alzaba ante sus ojos; el edificio estaba completamente hecho de mármol blanco, de dos pisos, sostenidas por enormes columnas que se elevaban varios metros sobre el suelo, con tres arcos principales siendo el central el de la entrada principal. En lo alto, sobre el arco central, se erguía la estatua de una mujer coronada, con el rostro sereno y las manos extendidas, rodeada por un gran círculo dorado que parecía irradiar luz a su alrededor. Enredaderas de flores blancas trepaban por la fachada, envolviendo los balcones y capiteles con una delicadeza que contrastaba con la imponencia del edificio. A los pies de la escalinata, fuentes de mármol dejaban caer el agua sobre pequeños estanques, rodeados de rosales, lirios y arbustos cuidadosamente recortados.

Al bajarse de su carruaje fue escoltada por su dama de compañía y su sequito de doncellas hasta que llegaron a las puertas grandes doradas que se abrieron ante su presencia, dejando al descubierto el interior del altar. Al entrar lo primero que pudo observar fueron los dos grandes estandartes que se erigían sobre el altar: el de la derecha correspondía a la Casa Helionis el cual se trataba un Sol de ocho puntas con un fondo blanco y el de la izquierda correspondía al de su Casa Arvenis representado por una araña dorada sobre una telaraña en un fondo negro. Recordándole a todo el que entrara, incluida ella, que aquella ceremonia representaba la unión entre las dos grandes casas nobles de todo el imperio. El amplio recinto estaba construido en mármol, con enormes columnas que se elevaban hasta las bóvedas, unidas por arcos apuntados y cubiertas de delicados relieves de oro.

La luz del exterior atravesaba los altos vitrales, decenas de candelabros de oro pendían de las bóvedas, mientras otros, sostenidos por columnas y pedestales, iluminaban los laterales con la tenue luz de sus velas. Al fondo, sobre una plataforma elevada por varios escalones, se encontraba el altar. Tras él se erguía la imponente estatua de Heria, vestida con una túnica blanca de pliegues delicadamente tallados y sosteniendo entre sus manos dos anillos entrelazados. En los laterales del recinto se encontraban hileras de bancas las cuales se encontraban llenas de nobles invitados de todas las regiones, que solo habían asistido para verla a ella.




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