La Heredera de dos mundos: De la traición al amor

PRÓLOGO

El Suspiro que Cruzó Mundos

El sol se ponía sobre la enorme mansión de los Shadows, tiñendo de oro las ventanas del salón principal. Allí estaba Elara: veintitrés años, cabello que brillaba como hebras de sol cuando la luz lo tocaba, piel tan blanca como la nieve recién caída. Era heredera de una fortuna inmensa, pero su mayor riqueza, según ella, eran las dos personas que creía más cercanas: su novio, Marco, y su mejor amiga, Valeria.

Nunca imaginó que esa tarde, la habitación que solía ser su refugio se convertiría en su tumba.

—¿Qué pasa? —preguntó ella, notando la frialdad repentina en sus miradas—. ¿Por qué me miran así?

Marco dio un paso adelante, sin rastro del cariño que fingía durante meses. Valeria, a su lado, sonrió con amargura.

—Todo esto —dijo él señalando la mansión—, todo tu dinero, tu vida fácil… nos pertenece por derecho. Tú nunca lo valoraste de verdad.

Elara sintió cómo el aire se le escapaba del pecho cuando comprendió la traición. Antes de que pudiera pedir ayuda, todo se volvió oscuro y doloroso. Mientras la vida se le iba poco a poco, levantó la vista hacia ellos. Ya no había miedo en sus ojos, sino una mirada intensa, fría y aterradora, que pareció grabarse en sus almas para siempre. Sus párpados cayeron lentamente, su respiración se detuvo… y creyó que todo había terminado.

Pero entonces, sus ojos volvieron a abrirse.

No estaba en el suelo de su habitación. El aire olía a flores desconocidas y madera antigua. A su alrededor, paredes de piedra cubiertas de tapices con diseños extraños, y un vestido de seda de color marfil que no reconocía cubría su cuerpo.

—¿Dónde estoy? —susurró, llevándose una mano al pecho, donde ya no sentía dolor, sino una confusión inmensa.

Una criada entró apresurada y le hizo una reverencia profunda.

—Mi señora, el duque llegará en breve. La ceremonia de la boda está a punto de comenzar.

¿Boda? ¿Duque? pensó Elara, sintiendo que su mente daba vueltas. Esto no podía ser real… debía ser un sueño, o tal vez el más extraño de los infiernos.

Poco después, las puertas se abrieron con solemnidad y entró un hombre. Alto, de porte imponente, con cabello oscuro y ojos grises que parecían capaces de atravesar cualquier mentira y leer el alma de quien los miraba. Su mirada era penetrante, fría como el hielo, y cuando habló, su voz era grave y firme, capaz de infundir respeto e incluso miedo en cualquiera que lo escuchara.

—Así que ya despertaste —dijo, y el tono era autoritario, distante, como si hablara con un desconocido.

Elara retrocedió un instante, pero algo en esa mirada la mantuvo inmóvil. Sin embargo, en cuanto sus ojos se encontraron con los de ella, algo cambió. La dureza de su expresión se suavizó de inmediato, como si el sol hubiera derretido una capa de escarcha. Dio un paso hacia ella y extendió una mano; sus dedos tocaron los suyos con una delicadeza que no habría podido imaginar en alguien con ese aspecto.

—No temas —susurró entonces, y su voz se transformó: se volvió más dulce que el azúcar refinado, más suave y tierno que el algodón recién hilado—. Estoy aquí contigo. Nada te hará daño mientras yo esté cerca.

Elara parpadeó, sin comprender nada. ¿Era el mismo hombre de hace un segundo? ¿En qué lugar había despertado, después de haber muerto a manos de quienes amaba? Mientras él la miraba con una devoción que ella no conocía, comprendió que había cruzado una frontera invisible. Había dejado atrás un mundo de traición para encontrarse en uno nuevo, lleno de misterios… y de un amor que, por extraño que pareciera, le ofrecía la oportunidad de volver a empezar.




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