La Heredera de dos mundos: De la traición al amor

CAPÍTULO 01: Un nuevo despertar

Elara se encontraba en la sala de la mansión Shadows, frente a Marco y Valeria.

Ambos habían llegado juntos para darle una sorpresa, según le dijo su novio por llamada.

—¿Qué significa esto?

La voz de Elara tembló apenas.

Marco permanecía de pie junto al ventanal de la mansión Shadows. La luz anaranjada del atardecer iluminaba su rostro, pero no había rastro del hombre del que se había enamorado.

A su lado estaba Valeria.

Su mejor amiga.

Su hermana por elección.

O al menos eso había creído durante años.

—¿Por qué me miran así? —preguntó, sintiendo un nudo en la garganta.

Valeria soltó una pequeña risa.

Una risa que Elara nunca le había escuchado.

Fría.

Cruel.

—Porque ya es hora de que entiendas la verdad.

Elara frunció el ceño.

—¿Qué verdad?

Marco avanzó un paso.

—Que todo esto debió pertenecernos desde el principio.

Elara sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

—¿Qué estás diciendo?

—Tu fortuna.

—Tus empresas.

—Tu vida.

Valeria cruzó los brazos.

—Tú naciste con todo servido. Nosotros tuvimos que ver cómo lo tenías todo sin esforzarte.

—Eso no es cierto.

—¿No? —espetó Valeria—. ¿Sabes cuántas veces te escuché quejarte de tus padres mientras vivías en una mansión?

Elara abrió la boca para responder.

Pero algo golpeó violentamente la parte posterior de su cabeza.

Un dolor agudo explotó dentro de su cráneo.

El mundo giró.

Las paredes comenzaron a inclinarse.

Sus piernas cedieron.

Cayó al suelo.

El aire abandonó sus pulmones.

A través de la visión borrosa vio a Marco acercarse.

Vio la expresión de codicia en sus ojos.

Vio a Valeria observándola sin el menor remordimiento.

Las lágrimas llenaron sus ojos.

No por el dolor.

Por la traición.

—¿Por qué...? —susurró.

Marco se agachó frente a ella.

—Porque eres un obstáculo.

La oscuridad comenzó a envolverla.

Elara sintió que la vida se le escapaba lentamente.

Pero entonces ocurrió algo extraño.

Las sombras de la habitación comenzaron a moverse.

El aire se volvió helado.

Las lámparas parpadearon.

Valeria dio un paso atrás.

—¿Qué está pasando?

Por un instante, Elara creyó escuchar una voz.

Profunda.

Lejana.

Desesperada.

Como si alguien la estuviera buscando.

Como si hubiera recorrido una distancia imposible para llegar hasta ella.

Y entonces todo desapareció.

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Elara abrió los ojos de golpe.

Su pecho subió y bajó con fuerza.

Esperó encontrar el techo de su habitación.

Las cortinas de seda.

El aroma familiar de su perfume.

Pero nada de eso estaba allí.

Sobre ella se extendía un techo de piedra oscura atravesado por vigas talladas.

La habitación estaba iluminada por candelabros de hierro forjado.

El aire olía a flores secas, madera antigua y cera de abeja.

Se incorporó lentamente.

No sentía dolor.

Ni una sola molestia.

Como si nunca hubiera sido herida.

Bajó la mirada hacia sus manos.

Temblaban.

Su cabello dorado cayó sobre sus hombros.

Seguía siendo ella.

Pero aquel lugar era completamente desconocido.

—¿Dónde estoy...? —susurró.

Las puertas de la habitación se abrieron.

Una mujer de mediana edad entró apresuradamente.

Al verla despierta, sus ojos se iluminaron.

—Mi señora.

Hizo una profunda reverencia.

—Gracias a los cielos habéis despertado.

Elara la observó confundida.

—¿Quién es usted?

La mujer pareció sorprendida.

—Soy Helena, mi señora.

—¿Dónde estoy?

—En el Palacio Ducal de Valtoria.

Elara sintió que su confusión aumentaba.

—¿Valtoria?

—Sí.

Helena sonrió.

—Hoy es el día de vuestra boda.

El corazón de Elara se detuvo por un segundo.

Boda.

La palabra golpeó sus recuerdos.

Marco.

La traición.

La sangre.

La oscuridad.

Todo había sido real.

—No recuerdo nada —murmuró.

Helena palideció.

—¿Nada?

—¿Con quién voy a casarme?

La mujer abrió los ojos.

—Con Su Excelencia, el Duque Kaelen de Valtoria.

Antes de que pudiera añadir algo más, unos pasos firmes resonaron en el pasillo.

Helena bajó la cabeza de inmediato.

Las puertas se abrieron.

Y él entró.

Alto.

Imponente.

Peligroso.

Su sola presencia llenó la habitación.

Cabello oscuro.

Mandíbula firme.

Ojos grises tan fríos como una tormenta invernal.

Elara sintió un escalofrío.

Aquel hombre parecía capaz de ordenar una guerra con una sola palabra.

Se detuvo frente a ella.

—Ya despertaste.

Su voz era grave.

Autoritaria.

Acostumbrada a ser obedecida.

—La ceremonia comenzará en menos de una hora.

Elara tragó saliva.

Por alguna razón, su corazón comenzó a latir con fuerza.

Y entonces ocurrió algo extraño.

Los ojos grises de Kaelen se encontraron con los de ella.

Por un instante, el tiempo pareció detenerse.

La rigidez de sus hombros desapareció.

La tensión de su mandíbula se relajó.

Y algo parecido al alivio cruzó su rostro.

Un alivio tan profundo que casi parecía dolor.

Sin apartar la mirada de ella, avanzó hasta la cama.

Helena bajó inmediatamente la cabeza y se retiró unos pasos.

Elara contuvo la respiración.

Kaelen se sentó junto a ella.

Con cuidado.

Como si temiera romper algo frágil.

O perderlo otra vez.

Entonces tomó sus manos entre las suyas.

Sus dedos eran cálidos.

Firmes.

Protectores.

Y, sin embargo, sorprendentemente delicados.

—Elara...

Su nombre sonó diferente en sus labios.

Más íntimo.




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