La heredera de la corona robada

El peso de la corona

El estruendo llegó antes que las palabras.

Metal golpeando piedra. Cristal estallando contra el suelo. Un grito que rebotó contra las vigas del techo y descendió como un látigo sobre los hombres arrodillados.

En el salón del trono de Dulhom nadie respiraba con normalidad.

Alaric estaba de pie frente a los escalones, la capa desordenada sobre los hombros, el rostro encendido por una furia que no necesitaba explicación. Una bandeja de plata giraba todavía sobre el suelo, vibrando como si se negara a quedarse quieta.

—¡Inútiles! —rugió.

Un sirviente permanecía de rodillas, las manos cortadas por los fragmentos de una copa que había intentado recoger demasiado tarde.

Pero la ira del rey no era por el vino derramado.

Era por las noticias.

Frente a él, sostenido apenas por dos guardias, Blane apenas lograba mantenerse en pie.

Sangre seca en el cuello. Un corte abierto sobre el pómulo. La ropa desgarrada.

Alaric avanzó un paso.

—Dime otra vez —ordenó, con una calma que era peor que el grito— cómo es que todos están muertos… y tú no.

Blane sostuvo la mirada apenas un segundo antes de que el peso del salón entero cayera sobre sus hombros.

—No lo sé —respondió con voz áspera— Sé que los debilitamos mucho… apenas ganaron contra nosotros.

Un murmullo contenido recorrió la estancia.

Alaric no reaccionó de inmediato.

Eso fue lo inquietante.

—¿Apenas? —repitió, despacio.

Blane asintió, respirando con dificultad.

—No fue una masacre limpia. Perdieron hombres. Muchos. Les costó cada paso. Si hubiéramos resistido un poco más…

La mandíbula de Alaric se tensó.

—Pero no resistieron.

El silencio volvió a cerrarse como una trampa.

Blane bajó la vista un instante.

—No.

Alaric descendió otro escalón.

—Eran más que ellos.

—Sí.

—Estaban mejor armados.

—Sí.

—Y aun así —la voz del rey se endureció— vuelves solo para decirme que “apenas” ganaron.

Blane tragó saliva.

—Si hubiéramos tenido refuerzos...

El golpe contra el respaldo del trono resonó como un disparo. Alaric lo había pateado con furia contenida.

—¡Refuerzos! —escupió— Siempre es falta de hombres, falta de acero, falta de algo.

Caminó en círculo, la capa arrastrándose como una sombra inquieta.

—Si están debilitados —murmuró, ahora más para sí que para los demás— entonces este es el momento.

Se volvió hacia sus capitanes.

—Quiero saber cuántos hombres podemos reunir en una semana. No en un mes. En una semana.

Uno de ellos dudó.

—Los aliados del oeste ya enviaron contingentes. No estoy seguro de que acepten otra leva tan pronto.

La mirada de Alaric fue pura amenaza.

—No aceptarán… —repitió con desprecio— Entonces no son fieles a la corona.

Se llevó la mano al oro que descansaba sobre su cabeza, como si necesitara recordarle a todos que seguía allí.

Blane dejó escapar una exhalación áspera, casi una risa rota.

—¿Corona?

No fue un grito. No fue un desafío abierto.

Fue cansancio.

Alaric giró la cabeza muy despacio.

—¿Tienes algo que decir?

Blane levantó la vista, el rostro aún manchado de sangre seca.

—Con respeto, mi señor… los hombres no mueren por una corona. Mueren por lo que creen que esa corona les da.

El aire se volvió pesado.

—Algunos le son fieles a usted —continuó Blane— Pero otros no son leales a un metal sobre una cabeza.

Una pausa.

—Son leales a Freya.

El nombre cayó como un filo desnudo.

La mandíbula de Alaric se tensó. Sus dedos se cerraron con tanta fuerza que los nudillos palidecieron.

—Freya no es más que una mujer que huyó —dijo, cada palabra medida— Una figura que otros usan para justificarse.

Blane sostuvo su mirada.

—Tal vez. Pero algunos la ven como algo más que una historia.

El silencio que siguió fue peor que los gritos iniciales.

Alaric descendió el último escalón hasta quedar frente a él.

—Entonces compraremos a los que puedan comprarse —dijo en voz baja— Y a los que no… Les enseñaremos qué significa desafiarme.

Se volvió hacia sus hombres.

—Convoquemos a todos. Fieles y dudosos. Si esta tierra quiere dividirse, lo hará de rodillas.

Las puertas del salón se abrieron con un golpe seco que resonó contra la piedra.

El viento irrumpió primero.

Una ráfaga violenta atravesó el umbral y arrastró consigo nieve suelta, que se dispersó en el aire como polvo blanco antes de caer sobre el suelo de color oscuro. Algunas sombras se desfiguraron, mientras que las antorchas parpadeaban.

Después, en medio de la ventisca, surgió una silueta.

Sin prisa, Magnus cruzó el umbral. La nieve caía de su capa en cada paso, dejando marcas húmedas sobre la piedra. Se sacudió el frío de los hombros.

Los guardias cerraron las puertas después de que entró. El ruido del viento quedó afuera, pero el silencio que ocupó su lugar era más denso.

Alaric observó desde lo alto de su trono.

—Habla —ordenó.

Magnus se detuvo.

—Regresé antes de lo planeado; durante el viaje ocurrió un incidente: Freya fue empujada al río.

—¿Quién fue? —interrogó Blane.

Magnus lo miró directamente.

— Tu hijo

El salón no se movió. Las antorchas seguían ardiendo. La piedra permaneció fría.

Lo que se perdió fue el sonido.

Blane escuchó un zumbido denso en sus oídos y luego un frío que no era del invierno, sino de dentro, como si le hubieran arrancado el pecho.

Su hijo.

No vio al soldado, vio al niño que se aferraba a su mano cuando apenas podía caminar. Vio la primera espada, también, tambaleándose mientras pretendía firmeza. Lo escuchaba reír antes de que aprendiera a disfrazar el miedo con disciplina.

Dieciocho años.

No era edad para morir.

—No... —La palabra salió débil, incrédula.

Los recuerdos regresaron en desorden: la última conversación, la impaciencia juvenil por irse, la promesa vaga de regresar.




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