La heredera de la corona robada

Ecos en Hafrsfjord

El grupo avanzaba lentamente entre la niebla.

Las antorchas apenas lograban abrir pequeños túneles de luz en la blancura espesa que los rodeaba. A unos pocos pasos de distancia, las siluetas comenzaban a desdibujarse como sombras.

El suelo húmedo crujía bajo las botas. El sonido parecía más fuerte de lo normal en aquel silencio pesado.

Nadie hablaba demasiado.

Las voces surgían en murmullos breves que morían rápido, como si el mismo aire quisiera tragárselas.

—¿Crees que se irá? —preguntó uno de los hombres detrás de Freya, mirando la niebla que parecía no tener fin.

—Siempre se va —respondió otro— La pregunta es cuándo.

—Podría durar días.

—O semanas —añadió alguien más.

Un soldado más adelante giró la cabeza con molestia.

—Silencio.

No gritó.

Pero no hizo falta.

Las conversaciones murieron al instante y el grupo volvió a avanzar sumido en un mutismo tenso.

Las antorchas siguieron balanceándose con cada paso.

El mundo era blanco, húmedo y estrecho.

Los días siguientes no trajeron alivio.

La niebla no desapareció del todo. A veces se levantaba lo suficiente para mostrar la línea oscura de los árboles o el brillo gris del agua, pero nunca lo bastante como para permitirles ver lejos.

Tres días pasaron así.

La comida comenzó a escasear.

Las raciones se habían reducido desde el segundo día y el hambre empezaba a notarse en el humor de los hombres. Nadie se quejaba abiertamente, pero las miradas se volvían más duras, los movimientos más lentos.

Si los escoceses estaban cerca, podrían haberlos visto mucho antes.

Esa idea recorría el grupo como un susurro que nadie quería decir en voz alta.

Pero tampoco había vuelta atrás.

Habían avanzado demasiado.

Regresar significa admitir debilidad… y perder cualquier ventaja que aún pudieran tener.

La madrugada del cuarto día llegaron al lugar.

La niebla seguía pegada al suelo, espesa como leche derramada sobre la tierra. Se deslizaba entre las rocas y la hierba congelada, borrando el horizonte y apagando los sonidos del mar cercano.

El fiordo estaba allí, aunque nadie podía verlo.

Erik fue el primero en detenerse.

Observó el terreno con atención: la pendiente que descendía hacia el agua, las formaciones de roca que estrechan el paso, el silencio extraño que parecía absorber cada movimiento.

—Aquí —dijo finalmente.

Ulfrik avanzó hasta colocarse a su lado.

Miró el lugar durante varios segundos, como si buscara algo en medio de la bruma.

—Hafrsfjord —murmuró.

Algunos hombres levantaron la cabeza al oír el nombre.

Snorri apoyó el escudo contra la pierna.

—Dicen que aquí se decidió el destino de Noruega.

Ulfrik asintió lentamente.

—Aquí lucharon muchos reyes contra uno solo.

Freya observó el terreno, intentando imaginar la escena.

—La batalla de Harald.

—Sí —respondió Ulfrik— Aquí es donde Harald Fairhair rompió a los demás jarls y comenzó a unir estas tierras.

El viento movió apenas la niebla, revelando por un instante la silueta oscura del fiordo antes de volver a ocultarla.

—Miles de hombres —continuó Ulfrik— Escudos chocando. Barcos bloqueando el paso. Sangre corriendo hacia el agua.

Snorri escupió a un lado.

—Buen lugar para repetir la historia.

Freya no apartaba la vista del terreno.

—O para morir en ella.

Nadie respondió.

Ulfrik finalmente volvió a hablar

—No avanzaremos a ciegas.

Se volvió hacia sus hombres.

—Enviaré exploradores. Quiero saber si los escoceses están en el fiordo antes de que pongamos un pie ahí abajo.

Erik asintió.

Los exploradores partieron en silencio.

No hubo despedidas ni palabras de aliento. Solo el sonido amortiguado de las botas sobre la tierra húmeda mientras sus siluetas se deshacían poco a poco dentro de la niebla.

En cuestión de segundos desaparecieron.

Como si el mundo los hubiera tragado.

Ulfrik los siguió con la mirada hasta que ya no quedó nada que observar. Luego apoyó una mano sobre el pomo de su espada y exhaló lentamente.

—Esperaremos.

No fue una sugerencia. Fue una decisión.

Los hombres comenzaron a moverse sin necesidad de más órdenes. Algunos dejaron caer los escudos junto a las rocas. Otros clavaron lanzas en la tierra para marcar un perímetro improvisado. No era un campamento verdadero, solo un descanso breve en medio del camino.

La niebla seguía deslizándose entre ellos, espesa y fría.

Freya se sentó sobre una piedra baja, frotándose las manos para devolverles algo de calor. El viaje de los últimos días había desgastado a todos. Las raciones se habían reducido cada jornada y el hambre empezaba a sentirse como un peso constante en el estómago.

Snorri dejó caer su escudo a su lado con un resoplido.

—Si esto se alarga mucho más, vamos a empezar a comer cuero.

—No antes que mis botas —respondió Erik sin humor.

Ulfrik escuchaba en silencio. Sus ojos seguían atentos al lugar donde la niebla ocultaba el descenso hacia el fiordo.

Sabía que el enemigo podía estar ahí abajo.

O detrás de ellos.

O en ninguna parte.

Pero la incertidumbre era tan peligrosa como una emboscada.

—Formen pequeños fuegos —ordenó finalmente— Nada grande.

Varios hombres se dispersaron para reunir ramas húmedas y trozos de leña que habían cargado durante el viaje. Pronto comenzaron a encenderse pequeñas llamas que luchaban contra el aire frío.

El humo se mezclaba con la niebla, volviendo el paisaje aún más extraño.

Uno de los guerreros se acercó a Ulfrik.

—Jarl.

Ulfrik giró apenas la cabeza.

—Habla.

—Podríamos enviar un grupo a cazar. Si los exploradores tardan…

No terminó la frase.

No hacía falta.

Ulfrik observó a los hombres alrededor. Algunos comían los últimos trozos de pan duro. Otros simplemente miraban el fuego.




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