Con mano firme, Erik despertó a su padre; Ulfrik abrió los ojos al instante y sus pupilas se dilataron en la penumbra. No era hombre que necesitara tiempo para reaccionar; los años de incursiones y emboscadas lo habían templado como una espada en la forja.
—¿Qué pasa? —gruñó con voz ronca por el sueño interrumpido.
Erik se volvió hacia Freya, que esperaba en las sombras.
—Díselo —le dijo Erik, bajo, pero con urgencia.
Freya avanzó un paso, la piedra rota crujiendo bajo sus botas y rompiendo el silencio opresivo.
—Hay barcos en el fiordo —dijo, mientras su aliento dibujaba nubes en el aire helado.
—¿Cuántos eran?
—No pudimos contarlos bien —dijo Erik, recordando la niebla que se arremolinaba como un velo traicionero— Los cubría la niebla, pero eran muchos.
Ulfrik se irguió pausadamente, sintiendo cómo sus músculos protestaban ante el frío.
—¿Cómo lo supieron? —indagó, con sus ojos analizando el rostro de Freya en busca de respuestas.
Freya dudó un momento; el recuerdo de Thorkell, su espíritu susurrando en el viento, aún la inquietaba.
—Thorkell nos avisó —confesó finalmente.
Ulfrik no preguntó más. En otras circunstancias, quizá lo habría hecho. Pero los hombres del norte sabían que los muertos a veces hablaban… y Thorkell había sido uno de los suyos.
Ulfrik se dirigió hasta la entrada de la grieta y observó el fiordo. La niebla continuaba desplazándose despacio sobre el agua oscura.
Luego habló, su voz resonando como un trueno lejano.
—Entonces nos están esperando.
Erik asintió, su puño apretándose alrededor de la empuñadura de su espada.
Ulfrik se volvió hacia el interior de la grieta, donde el resto de los guerreros yacía envuelto en pieles raídas.
—Despierten a los hombres —ordenó.
Las manos empezaron a mover hombros, a empujar botas y a murmurar nombres en la penumbra. El refugio se llenó de actividad: el roce del metal con el cuero, los gruñidos somnolientos y el chasquido de las correas al apretarse.
Snorri se levantó con un gruñido gutural, mientras sus ojos se adaptan a la luz tenue.
—Espero que esto valga la pena —masculló, su hacha ya en mano.
Ulfrik esperó hasta que todos estuvieron de pie, formados en un semicírculo irregular bajo la grieta, antes de hablar.
—Los escoceses están en el fiordo —anunció, su voz cortando el aire como una hoja.
Un murmullo recorrió el grupo, un eco de maldiciones y juramentos susurrados.
—No sabemos cuántos —continuó, midiendo sus palabras para infundir calma y determinación— pero sabemos que están allí… y que nos esperan.
Señaló la pendiente que descendía hacia el agua, empinada y traicionera, salpicada de rocas sueltas.
—Eso significa que quieren que bajemos, que nos lancemos a su trampa como lobos ciegos.
—Entonces bajemos —dijo Snorri, con su sonrisa torcida — Les daré un beso con mi hacha.
Ulfrik negó lentamente, su mirada fija en las alturas.
—No. No les daremos lo que quieren.
Se volvió hacia las rocas que se alzaban sobre el fiordo, imponentes como guardianes ancestrales, cubiertas de musgo.
—Usaremos la altura —declaró— Un grupo subirá allí arriba. Arcos, lanzas… y todo lo que puedan empujar colina abajo. Haremos que la montaña pelee por nosotros.
Varias miradas siguieron su gesto, y los hombres asintieron al comprender. Grandes piedras dispersas entre las rocas, algunas del tamaño de un hombre, aguardaban como aliados silenciosos.
—No desperdicien flechas —continuó Ulfrik, su voz ganando intensidad— Disparen solo cuando vean un blanco claro.
Se volvió hacia Erik, su hijo, en quien veía el reflejo de su propia juventud: fuerte, impetuoso, pero aún por templar.
—Tú irás conmigo.
Erik asintió, un nudo de anticipación formándose en su estómago.
—Los que tengan caballo bajarán conmigo —continuó Ulfrik— Espadas listas, carguen como el trueno de Thor.
—Por fin —rio Snorri, golpeando su hacha contra su escudo.
Ulfrik levantó la voz un poco más, elevándose por encima del viento que gemía entre las rocas.
—No peleamos solo por nosotros —proclamó, su mirada recorriendo a cada guerrero.
Miró hacia Freya, que se erguía con dignidad real, su cabello trenzado como el de una valquiria.
—Peleamos por Dulhom. Por su reina.
Freya sintió varias miradas sobre ella, un peso de lealtad y expectativa que la hacía sentir tanto vulnerable como invencible.
—Y por Floyd —añadió Ulfrik, invocando el nombre del antiguo rey, el padre de Freya, cuya muerte aún ardía como una herida abierta en sus corazones.
Ulfrik levantó su espada, la hoja capturando un rayo de luz grisácea que se filtraba a través de la niebla.
—¡Por Floyd!
—¡POR FLOYD! —rugieron los hombres, sus voces uniendo en un coro feroz que hizo vibrar el suelo.
—¡Por Dulhom!
—¡POR DULHOM!
El eco del grito se perdió entre las paredes del fiordo, disipándose en el viento como una promesa de violencia inminente.
Después, el campamento se volvió un remolino de movimiento. Los hombres se situaron entre las rocas, arrastrando piedras de gran tamaño hasta los bordes de la pendiente mientras emitían gruñidos por el esfuerzo. Otros arreglaban escudos que habían sido desgastados por combates anteriores, revisaban flechas y preparaban arcos.
Freya se apartó unos pasos y tomó su arco, sus dedos temblando ligeramente por el frío y los nervios. Intentó tensarlo.
Lo intentó otra vez. La cuerda no cedió.
Una tercera vez. Nada.
—Déjame —dijo Erik, apareciendo a su lado como una sombra protectora.
Tomó el arco con calma, apoyó un extremo contra su bota y tensó la cuerda con un movimiento firme y experto. La cuerda encajó con un sonido seco, como un chasquido de huesos.
Se lo devolvió, sus ojos encontrándose con los de ella por un instante fugaz.
—Ahora sí.
Freya lo miró, un atisbo de gratitud suavizando su expresión estoica.