Después del combate, el agotamiento vence incluso a los más duros.
Los hombres se acomodan donde pueden entre las rocas y la arena del fiordo. Algunos se apoyan contra escudos rotos, otros se envuelven en capas tiesas de sangre y sal. Nadie tiene fuerzas para hablar.
El viento frío del mar silba entre los restos de barcos destrozados y armas abandonadas. Poco a poco, el campamento improvisado cae en silencio.
Duermen.
No por comodidad, sino porque el cuerpo ya no resiste más.
Horas después, cuando la noche se cierra sobre el fiordo, Ulfrik da la orden en voz baja: despertar a quienes aún pueden ponerse en pie.
No es para vigilar.
Es para despedirse de los que no volverán.
A la luz temblorosa de antorchas, los guerreros recogen tablas de los barcos rotos. Con cuerdas y trozos de vela rasgada improvisan pequeñas balsas sobre la arena húmeda. Una por cada caído.
Los cuerpos se colocan con cuidado. Algunos reciben una espada entre las manos, otros un escudo sobre el pecho. Nadie quiere que un guerrero llegue desarmado al otro mundo.
El cielo está despejado. Miles de estrellas brillan como brasas suspendidas. El viento del norte mueve las capas mientras las balsas son empujadas al agua oscura.
Ulfrik empuja la primera. La madera cruje al tocar el fiordo. Uno a uno, los demás siguen. Las plataformas se alejan lentamente, meciéndose en la superficie tranquila.
Los arqueros avanzan. Encienden flechas y las tensan.
Ulfrik levanta la mano.
—Por los caídos —susurra.
Las saetas surcan la noche como estrellas fugaces y prenden en la madera y las capas. El fuego crece despacio, envolviendo los cuerpos. Las llamas se reflejan en el agua negra, convirtiendo el fiordo en un espejo de luz y sombra.
Mientras las balsas arden y se alejan, Snorri permanece de pie, los brazos temblando, viendo cómo la de Heather se mece envuelta en llamas. Su respiración es un hilo roto. Freya se acerca en silencio, apoya una mano en su hombro. No hay palabras que curen esa herida, solo la certeza cálida de no estar solo.
El fuego baila en sus rostros, y por un instante el cielo parece responder: una luz suave desciende, como si una figura etérea guiara a la caída hacia la paz.
—Está en buenas manos —murmura Freya.
Snorri asiente, con lágrimas que reflejan las llamas. Por un momento, la guerra se aleja. Solo queda el cielo, las estrellas y la promesa de que incluso en la oscuridad hay luz para los que partieron y para los que quedan.
A unos metros, Erik está junto a su caballo herido, Svartir. La lanza le destrozó una pata delantera; el corcel jadea, luchando por mantenerse en pie. Erik pasa las manos por su lomo negro, sintiendo cada respiración entrecortada, cada músculo tenso.
—Lo siento, viejo amigo… —susurra, la voz quebrada— Siempre lo diste todo por mí.
El caballo apoya la cabeza contra su hombro, confiando hasta el final.
Ulfrik se acerca en silencio. Él fue quien regaló ese corcel a Erik cuando era niño, un regalo ganado con paciencia y testarudez.
—Fue un buen compañero —dice en voz baja.
Erik asiente, la garganta cerrada. Con dedos temblorosos corta un mechón de crin oscura y lo trenza despacio, como si pudiera guardar en él todos los amaneceres, raids y tormentas compartidos. Lo guarda en su cinturón.—Para no olvidarte.
Ulfrik pone una mano firme en su hombro.
—Hazlo rápido. Para que no sufra.
Erik desenfunda la daga. La hoja brilla bajo las estrellas. Con un movimiento preciso y lleno de respeto, libera al animal del dolor. El cuerpo se tensa un instante… y luego descansa.
El peso cae sobre Erik como una ola. Da un paso atrás, otro. Y entonces abraza a su padre. No es un gesto orgulloso: es crudo, desesperado, el de alguien que ya no puede sostener más. Apoya la frente contra el hombro de Ulfrik y deja que las lágrimas salgan, silenciosas y calientes.
Ulfrik lo sostiene sin decir nada, con una mano grande en la espalda. Por un instante, Erik vuelve a ser el niño que lloró la muerte de su hermano, sentado frente al fuego mientras su padre le decía:
—El dolor no se va. Pero aprendemos a caminar con él.
El recuerdo se desvanece con el viento del fiordo.
Erik se separa lentamente, se seca el rostro.
Ulfrik aprieta su hombro una vez más.
Juntos regresan hacia los demás, bajo el cielo estrellado, mientras las balsas arden lejos en el agua negra y el humo sube como un último aliento.
Tardaron dos semanas en volver a Drakonvick.
El camino de vuelta fue lento y pesado: la nieve que calaba hasta los huesos, los senderos angostos entre montañas y bosques, los heridos que aún cojeaban, y la necesidad de avanzar con cuidado para no perder a nadie más. Pero no se han ido solos. Muchos de los guerreros que habían luchado junto a Ulfrik no eran de Drakonvick, sino que habían acudido como fieles aliados, y ahora debían regresar a sus hogares, que se hallaban muy lejos.
Poco a poco, durante aquellos días, vinieron las despedidas.
En un claro nevado se detuvo un grupo de personas. Apretón de brazos firmes, golpes en los hombros, miradas que decían más que las palabras.
—Que los dioses les brinden protección —afirmó un jefe aliado.
Ulfrik asintió y apretó el brazo del hombre.
—Lo mismo digo, hermano.
Uno a uno, los grupos fueron tomando caminos distintos: unos hacia el este, otros hacia el sur, perdiéndose entre los árboles y las montañas mientras sus siluetas se hacían cada vez más pequeñas.
Por fin, entre los árboles cubiertos de nieve, aparecieron las empalizadas de Drakonvick, y el corazón de todos dio un vuelco tan grande que les dolió en el pecho. El poblado estaba tranquilo bajo el cielo gris; de los tejados salía un humo espeso, y el eco lejano del martillo sobre la herrería parecía la primera caricia de hogar después de tanto dolor.
Las puertas se abrieron de golpe y Freydis salió corriendo, capa ondeando, lágrimas ya rodando por sus mejillas antes de llegar. Mara iba detrás junto a los trillizos y los dos lebreles que ladraban enloquecidos de pura alegría.