Cinco días después de la gran reunión familiar, el establo seguía oliendo a heno seco, cuero viejo y ausencia.
Freya lo sintió apenas cruzó la puerta.
No era que faltara ruido; los caballos resoplaba en sus compartimentos, golpeaban el suelo con los cascos, agitaban la crin cuando alguna mosca los fastidiaba. Angus alzó la cabeza al verla y soltó un bufido bajo, reconociéndola. Todo parecía seguir vivo, en orden, como siempre.
Menos aquel rincón.
El pesebre de Svartir estaba limpio. Demasiado limpio. La madera había sido cepillada, la paja cambiada, el cubo de agua retirado. No había rastro del caballo, y sin embargo todo allí parecía seguir perteneciéndole.
Erik estaba sentado en el borde del compartimento vacío, con los codos apoyados en las rodillas y una mano descansando sobre la tabla superior, como si aún esperará sentir bajo la palma el calor del cuello de su animal.
No levantó la vista cuando Freya entró.
Ella se acercó despacio, sin querer romper algo invisible.
—Angus iba a ofenderse si no venía a verlo —dijo, deteniéndose junto al box de su caballo—Ya sabes cómo es. Cree que el mundo existe para admirarlo.
Erik dejó escapar un sonido breve por la nariz. No llegó a ser una risa, pero tampoco fue silencio.
Freya acarició el hocico de Angus, que empujó su hombro en busca de una zanahoria que no tenía.
—Podríamos salir un rato —propuso, sin mirarlo todavía—Solo hasta el arroyo. El aire te haría bien.
Esta vez Erik sí alzó la cabeza.
Tenía el rostro sereno, duro como piedra mojada. No había en él señales de desvelo ni de llanto, y aun así Freya vio el cansancio metido en los huesos, en la manera en que mantenía la espalda recta por pura voluntad.
—No —dijo.
La respuesta fue simple, sin brusquedad, pero cerrada como una puerta atrancada.
Freya asintió, como si no esperara otra cosa. Se apoyó un momento en la madera del box de Angus.
—Cuando vayas a ver a Roland, tendrás que montar de todos modos.
Los ojos de Erik se fijaron en el establo, no en ella.
—Ese día montaré.
Nada más.
Freya lo observó en silencio. Había hombres que hacían de su dolor una herida abierta para que todos la vieran. Erik, en cambio, lo llevaba como un arma: pegado al cuerpo, fuera del alcance de cualquiera.
—No puedes quedarte aquí para siempre —dijo ella al fin, más suave.
Él pasó el pulgar por una astilla en la madera del pesebre vacío.
—No pienso hacerlo.
Pero no se movió.
Freya entendió entonces que aquella era su manera de velarlo. No con rezos ni lamentos, sino quedándose donde Svartir había comido, dormido, esperado por él. Guardándole el sitio hasta que la ausencia dejara de parecer un error del mundo.
Freya no dijo nada más.
Le dio una última palmada a Angus en el cuello y se movió con la naturalidad de siempre dentro del establo: revisó la cincha, ajustó la montura, comprobó las riendas con un gesto rápido y preciso. El caballo la observaba con atención, moviendo las orejas, como si también percibiera algo distinto en el aire.
Antes de montar, Freya miró una vez más hacia Erik.
Él no había cambiado de postura.
Seguía allí, en el borde del pesebre vacío, como si el tiempo no avanzara en ese rincón del establo.
Freya apoyó el pie en el estribo y subió con un movimiento limpio.
—No tardes en pudrirte aquí dentro —dijo, sin dureza, casi como una costumbre.
Erik no respondió.
Pero esta vez el silencio no fue completamente cerrado.
Freya hizo girar a Angus con una leve presión de las piernas y salió del establo. El sonido de los cascos sobre la tierra húmeda se fue apagando poco a poco, tragado por el exterior.
Erik no se movió.
Esperó a que el ruido desapareciera por completo, como si necesitara asegurarse de que ya no quedaba nadie allí. Solo entonces dejó caer un poco los hombros.
Apoyó la palma abierta sobre el borde del pesebre.
La madera estaba fría.
Pasó el pulgar por una astilla suelta, arrancándola sin pensar. La sostuvo entre los dedos un momento antes de dejarla caer al suelo.
Un caballo golpeó con el casco en algún punto del establo. Otro resoplido. La vida seguía, desordenada y ajena, sin detenerse por nada.
Erik cerró la mano.
Se quedó allí más tiempo del necesario. O tal vez ya no había una medida para eso.
En una ocasión, uno de los mozos ingresó para inspeccionar los compartimentos. Cuando vio a Erik, bajó la cabeza en silencio y continuó con lo que estaba haciendo, intentando no hacer más ruido del necesario.
Erik no lo vio.
Cuando por fin se puso de pie, lo hizo despacio, como si el cuerpo tuviera que recordar cómo moverse fuera de ese lugar.
No miró atrás al salir.
Cruzó el patio con paso firme, automático, respondiendo a un saludo aquí y allá sin detenerse. El aire de afuera le despejó un poco la cabeza, o al menos le dio la ilusión de hacerlo.
Entró en la casa.
El calor lo envolvió enseguida, junto con el olor a humo, comida reciente y lana húmeda secándose cerca del fuego.
En el salón principal, su madre estaba sentada cosiendo.
Freydis tenía varias prendas extendidas sobre la mesa baja: camisas pequeñas, pantalones gastados en las rodillas, piezas remendadas más de una vez. La aguja subía y bajaba con un ritmo constante, seguro, como si cada puntada fuera una forma de mantener el mundo en orden.
Erik se detuvo en el umbral, sin decidirse a entrar del todo. Se quedó ahí parado un momento, como si estuviera invadiendo su propia casa. El calor del fuego le llegó a la cara, pero no se movió.
Freydis levantó la mirada. Al verlo, sus hombros bajaron un poco, como si llevara todo el día esperando ese momento. No dijo nada al principio. Solo lo miró.
—Has pasado el día en el establo —dijo por fin. No era un reproche, solo una observación cansada.
Erik asintió sin mucha energía y entró unos pasos. Se quedó de pie cerca del fuego, sin sentarse. No tenía ganas de ponerse cómodo. Sentarse hubiera significado quedarse, y no estaba seguro de querer hablar.