Afuera, el cielo fue cambiando lentamente. Las estrellas se apagaron una a una, y el este empezó a teñirse de ese gris perla que anuncia la mañana. Ulfrik y Freya no durmieron. Prepararon los caballos en silencio, revisaron las cinchas, llenaron los odres de agua. Nadie hablaba. No hacía falta.
Cuando los primeros pájaros rompieron el silencio, ya estaban ensillados y listos. Freydis salió un momento a la puerta. No dijo nada. Solo asintió. Ulfrik le sostuvo la mirada un instante y luego espoleó su caballo.
El bosque los recibió con su manto de nieve medio derretida y charcos de barro que salpicaban los ijares de las bestias. Freya guiaba desde delante. Conocía aquella parte del bosque mejor que nadie. Los abedules se fueron haciendo más escasos a medida que se acercaban al acantilado, y el terreno se volvía más áspero, más rocoso.
—Por aquí —dijo Freya, desviándose hacia un pequeño montículo cubierto de maleza.
Lo que encontraron no parecía una cueva. Era más bien una hendidura en la roca, pero alguien había trabajado para ocultarla. Un manto de hojas secas y ramas cubría la entrada, colocadas con cuidado, casi con ternura. Ulfrik desmontó y apartó el follaje con el dorso de la mano. El olor a humedad y a sangre seca le llegó de golpe.
—Erik hizo esto —murmuró Freya a su espalda— para protegerla.
Entraron. La cueva era más amplia de lo que parecía desde fuera. La luz del amanecer se colaba apenas por la entrada, dibujando un rectángulo pálido en el suelo de piedra. Al fondo, una forma oscura descansaba sobre un lecho de heno y trapos viejos.
La yegua negra levantó la cabeza en cuanto los sintió.
No era un animal grande, pero tenía una presencia imponente. El pelaje, aunque sucio y enmarañado, brillaba como carbón mojado. Sus ojos, grandes y oscuros, se abrieron de par en par al ver a los extraños. Las orejas se le tensaron hacia atrás. Resopló, inquieta, y trató de incorporarse.
Fue entonces cuando la vieron.
La pata trasera izquierda terminaba en un muñón. No había casco, no había caña. Solo un bulto redondeado de carne cicatrizada, cubierto por un vendaje tosco pero firme. No era tela de trapo cualquiera. Freya lo reconoció al instante por el color desgastado y el borde deshilachado.
—Es su camisa —dijo en voz baja— La que llevaba puesta. Erik la usó para vendarle la herida.
El vendaje estaba manchado de sangre seca y de un líquido oscuro que había rezumado durante la noche, pero seguía en su sitio, apretado con nudos que solo alguien agotado pero obstinado podía hacer. Ulfrik se arrodilló y lo examinó sin deshacerlo. La yegua tembló, pero no intentó apartarse.
La yegua se apoyó en las tres patas que le quedaban, temblorosa, pero el equilibrio no la acompañó. Dio dos pasos torpes, tambaleándose, y luego se desplomó pesadamente contra el suelo de la cueva. Un sonido hondo, un gemido animal que no llegó a ser relincho, escapó de su garganta.
Freya contuvo el aliento.
—Pobre criatura —susurró.
Ulfrik se acercó con lentitud, hablándole en voz baja, con esa calma que usan los hombres que han pasado toda una vida tratando con caballos. La yegua lo miraba con desconfianza, pero ya no intentaba levantarse. El costado le subía y bajaba con una respiración agitada.
—Quieto, quieto… —murmuró Ulfrik, arrodillándose junto a ella.
Con cuidado, empezó a deshacer el vendaje. La tela estaba pegada a la carne en algunos lugares, y tuvo que tirar con suavidad, arrancando costras que volvieron a sangrar un poco. Debajo, el muñón mostraba una cicatriz reciente, rosada y arrugada, pero cerrada. No había pus. No había mal olor. Alguien había trabajado con esmero, a pesar de las condiciones.
—Está bien cicatrizado —dijo al fin, con un dejo de sorpresa en la voz— No es perfecto, pero hizo lo que pudo. Con lo que tenía.
Freya se arrodilló al otro lado de la yegua y acarició su cuello. El animal temblaba, pero ya no forcejeaba.
—Erik —dijo Freya, más para sí misma que para Ulfrik— Él hizo esto.
Ulfrik asintió en silencio. Luego alzó la vista y recorrió la cueva. Al fondo, junto a la pared, estaban los restos de una fogata apagada. Cenizas frías, algunos carbones negros. Al lado, apoyada contra la roca, estaba la espada de Erik.
La hoja estaba manchada de hollín y de algo más. Ulfrik la tomó y la acercó a la luz que entraba por la boca de la cueva. El acero tenía un aspecto extraño. No era óxido. Eran pequeños restos de carne quemada, adheridos al metal como costras negras. En algunos puntos, la piel chamuscada se había fundido con la hoja al enfriarse, dejando una textura rugosa y oscura.
—La usó para cauterizar —murmuró Ulfrik, pasando el pulgar por el filo con cuidado— Metió la espada al fuego y la apretó contra la herida para cerrarla. Por eso hay restos pegados.
Freya apartó la mirada un instante. No por asco, sino por lo que significaba. Erik, solo en una cueva, con una yegua moribunda, había hecho lo que haría un hombre mucho más curtido. Y luego, con las fuerzas justas, había caminado hasta caer.
Ulfrik dejó la espada a un lado y volvió a mirar a la yegua.
—No podemos traer un carro hasta aquí —dijo— El terreno es demasiado irregular, y aunque lo hiciéramos, subirla sería imposible.
Freya lo miró.
—Entonces, ¿qué hacemos?
Ulfrik no respondió de inmediato. Salió de la cueva y recorrió con la mirada los alrededores. Los abedules no eran gruesos, pero había algunos pinos jóvenes cerca del acantilado, con la madera aún flexible. Luego bajó la vista al suelo cubierto de nieve medio derretida y pensó en algo que había visto hacer a los antiguos cuando un caballo se rompía una pata en el hielo.
—Un arrastre —dijo al fin.
—¿Un arrastre? —repitió Freya.
—Cortamos dos troncos largos y flexibles. Los atamos formando una cama. Entre ellos, tejemos ramas más delgadas o cuero para hacer una base. La tumbamos encima, la atamos bien y la arrastramos. Los caballos tiran desde delante.