La heredera de la corona robada

Epílogo: El primer día de primavera

El primer día de primavera amaneció con un cielo despejado y un sol tibio que llevaba semanas sin verse. La nieve había desaparecido casi por completo, y el barro de los caminos empezaba a endurecerse.

En el patio de Drakonvick, los hombres ajustaban las cinchas y repartían las cargas. No era un ejército. Eran unos pocos, los de confianza. Los que sabían que aquel viaje no era solo una reunión, sino el primer paso hacia algo más grande.

Ulfrik recorrió el grupo con la mirada, dando las últimas órdenes con voz tranquila pero firme. Señaló direcciones, asignó posiciones, recordó a cada uno su tarea. No dejaba cabos sueltos.

Cuando terminó, Freydis y Ewan se acercaron a él. Los tres hablaron en voz baja, lejos de los demás.

—El prisionero —dijo Freydis— no fue un suicidio.

Ulfrik frunció el ceño.

—¿Estás segura?

Ewan asintió, con el rostro tenso.

—La celda estaba cerrada con llave. No había señales de fuerza. Pero el cuerpo... la forma en que estaba colgado, el ángulo de las cadenas... no era un suicidio. Lo he visto antes. Alguien lo hizo parecer uno.

—Magnus fue el último que habló con él —añadió Freydis— Y ahora Magnus ya no está. Dijo que iba a cazar, pero nadie lo ha visto volver.

El silencio se espesó. No hacían falta más palabras.

—Entonces ya lo sabemos —dijo Ulfrik, con voz grave— No podemos probarlo. Pero lo sabemos.

—¿Qué hacemos? —preguntó Ewan.

—Seguimos adelante —respondió Ulfrik— Pero con los ojos más abiertos que nunca. Si Magnus vuelve, lo recibiremos como se merece. Y si no vuelve... ya sabremos que está del otro lado.

Ewan asintió y se retiró, dejando a Freydis y Ulfrik a solas.

Por un momento, ninguno de los dos habló. El peso de lo que acababan de confirmar flotaba entre ellos, más pesado que cualquier despedida.

Ulfrik la miró en silencio. Luego bajó la vista a sus propias manos. Se quitó el anillo de bodas, despacio, como si cada movimiento le costara. Era un aro de plata gruesa, gastado por los años, con runas apenas visibles en el interior.

Tomó la mano de Freydis y, con una delicadeza que pocos le conocían, deslizó el anillo en su dedo, justo al lado de la sortija que ella ya llevaba. Luego elevó su mano a los labios y besó sus nudillos. Uno por uno.

—Cuida esto por mí —dijo, con voz baja— Hasta que vuelva.

Freydis sintió el peso del anillo junto al suyo. El metal tibio. La promesa.

—Te lo devolveré —respondió, con la garganta apretada— cuando vuelvas.

Ulfrik asintió. Luego la rodeó con los brazos y la abrazó fuerte, como si quisiera guardar el calor de ese momento para los días que vendrían. Cuando se apartó, le tomó el rostro con ambas manos y la besó.

—Vuelve —susurró Freydis contra sus labios.

Ulfrik apoyó la frente en la de ella.

—Siempre.

Freydis se apartó entonces y miró a Erik. Él estaba junto a Harfn, ajustando la cincha, pero alzó la vista cuando sintió su mirada. Freydis se acercó a él y le puso una mano en la mejilla.

—Cuídate —dijo.

Erik asintió, sin palabras. Ella lo abrazó breve, pero firme, y luego se apartó para mirar a Snorri, que esperaba a un lado con una sonrisa torcida.

Freydis se acercó a él y le puso las manos en los hombros, apretando con fuerza.

—Tú —dijo, con voz firme pero llena de cariño— Vuelves entero, ¿me oyes?

—Siempre lo hago —respondió Snorri, aunque su voz sonó menos bromista de lo habitual.

Erik y Snorri se acercaron a Freya. Snorri fue el primero en hablar.

—Cuídate, princesa —dijo, con una reverencia exagerada que intentó aliviar la tensión. No lo logró del todo, pero Freya sonrió igual.

—Tú no hagas locuras —respondió ella.

—Yo nunca —dijo Snorri, poniendo una mano en el pecho con falsa inocencia.

Erik esperó a que Snorri se apartara. Luego metió la mano en su manto y sacó un pequeño objeto. Un collar. La cadena era de cuero trenzado, fina pero resistente, y colgando de ella había un colgante tallado en madera oscura: un arco y una flecha cruzados, diminutos pero perfectos.

—Es para ti —dijo, con voz baja.

Freya lo miró sin comprender.

—¿Qué es esto?

Erik no respondió. Dio la vuelta al collar y se colocó detrás de ella. Freya sintió sus manos cerca de su cuello, los dedos rozándole la piel mientras abrían el broche. Contuvo la respiración sin querer. No era frío lo que sentía. Era otra cosa. Una tensión suave que le recorrió la nuca y bajó por la espalda sin permiso.

Los dedos de Erik eran torpes; no estaba acostumbrado a hacer nudos tan pequeños. Pero no se apresuró. Cada roce, cada ajuste, parecía durar más de lo necesario. Freya se quedó quieta, sin atreverse a moverse, sintiendo el calor de sus manos tan cerca de su garganta.

Cuando el collar quedó ajustado, Erik dio un paso atrás.

—Ahora te queda bien —dijo.

Freya se llevó los dedos al colgante. La madera ya estaba tibia.

—Gracias —murmuró, sin girarse.

Erik se dirigió al establo. Harfn lo esperaba en la puerta, con la pata de hierro apoyada con firmeza en el suelo. Lo miró con sus grandes ojos oscuros y resopló, como diciéndole que estaba lista.

Erik le pasó la mano por el cuello, le ajustó la cincha y montó.

Freya se acercó a Harfn y le puso una mano en el cuello y acercó su frente a la de ella.

—Cuídalo —susurró— Cuida a Erik mientras no estemos.

Harfn parpadeó lentamente. Luego exhaló un soplo cálido contra la mejilla de Freya, como si hubiera entendido cada palabra.

Freya sonrió, dio un paso atrás y se unió a Freydis en la escalinata.

Erik hizo girar a Harfn y se colocó junto a los demás. Snorri ya estaba listo. Ulfrik dio la orden.

El sol ya estaba alto cuando cruzaron el portón de Drakonvick. Las ruinas de Caer Aedhan quedaban al sur, dos días de camino si el tiempo acompañaba. Allí los esperaba Roland, con sus hombres y su promesa de ayuda.

Freydis y Freya se quedaron observando cómo las siluetas de los jinetes se hacían cada vez más pequeñas en el camino. Freydis llevaba los dos anillos en el mismo dedo: el suyo y el de Ulfrik. Los nudillos aún guardaban el calor de sus labios.




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