La heredera de la corona robada

El puente de la traición

Freya se despertó de repente, aunque el frío seguía filtrándose a través de las capas y las pieles de oso. El aire frío de la mañana se filtraba por las rendijas del toldo, impedía su respiración y le hacía recordar cada escalofrío que había sentido la noche anterior.

Se introdujo lentamente, con los músculos tensos, y notó la incomodidad de su vestido húmedo bajo la falda escocesa. Cada movimiento le dolía, pero el mundo no se detenía a esperar que ella descansara.

Afuera, el campamento comenzaba a despertarse. Voces bajas se mezclaban con el crujido de la nieve bajo botas y cascos, mientras Ulfrik daba órdenes a los heridos, preparando caballos y ajustando los grupos para el viaje que continuaría hacia las tierras bajas.

Freya se obligó a levantarse, ajustando la capa que aún olía a humo y barro. Su mente repasaba la escena de Thorkell, la pérdida reciente que pesaba como una losa en su pecho. Snorri apareció a su lado, respirando con dificultad por el frío, y le dedicó una sonrisa torcida:

—No sé cómo hemos sobrevivido a tantos días... —murmuró, bajando la voz.

—Yo tampoco —contestó Freya, tratando de mantener la mirada sin quebrarse— Pero tenemos que continuar. No hay otra alternativa.

Se sentó unos segundos más, recordando el frío del río, los golpes, la tensión con Magnus y los demás, tratando de recomponerse antes de enfrentarse al día que se avecinaba.

—Erik llama para comer —dijo Snorri, interrumpiendo sus pensamientos— Aunque no sé si "comer" es la palabra correcta... esto será más un intento de no morir de hambre que otra cosa.

Freya asintió y se levantó, sintiendo que el frío le mordía la piel. Aun así, mientras se preparaba, pensó en los planes de Ulfrik, en la división de los grupos y en la amenaza invisible que la perseguía: Magnus. Su mente estaba alerta, y por primera vez en días, el cansancio no dominaba su corazón.

—¡Si no vienen ahora, no queda nada! —gritó Erik desde cerca de las fogatas, con ese tono que intentaba ser autoritario, pero que nunca lo era del todo.

Snorri alzó una ceja y miró a Freya.

—Eso ha sonado peligrosamente parecido a una amenaza.

Freya soltó una risa breve, casi sorprendida de que aún pudiera hacerlo.

—Corre entonces.

Ambos echaron a andar entre las tiendas, esquivando hombres, cuerdas y montones de equipaje mal acomodado. El suelo estaba resbaladizo por la escarcha nocturna, y Snorri tropezó primero, logrando apenas no caer de bruces.

—¡Por los dioses! —gruñó, recuperando el equilibrio—Si sobrevivo a esta guerra, será por pura terquedad.

Freya no tuvo tanta suerte. Su bota se enganchó en una raíz medio cubierta de nieve y estuvo a punto de caer, pero Snorri la sujetó del brazo justo a tiempo.

—Eso cuenta como entrenamiento —dijo él, sonriendo de lado.

—Entonces estamos entrenando demasiado —respondió ella, sacudiéndose la falda.

Llegaron a la fogata sin aliento. Erik les lanzó una mirada que mezclaba reproche y alivio.

—Pensé que se habían perdido.

—Solo estábamos comprobando si el suelo seguía intentando matarnos —replicó Snorri.

Comieron rápido. No había charla animada ni bromas largas. El estofado estaba caliente, pero ralo, y nadie fingía que aquello fuera suficiente. Era alimento para seguir caminando, no para reconfortar.

Mientras comían, la voz de Ulfrik se elevó sobre el campamento.

—¡Escuchen!

Los hombres se fueron acercando poco a poco, formando un semicírculo improvisado. Ulfrik no alzó la voz más de lo necesario; no hacía falta.

—Nos dividiremos en dos grupos —anunció—Los heridos graves irán a caballo. Los que puedan caminar, lo harán. No quiero retrasos innecesarios ni héroes inútiles.

Señaló direcciones, asignó nombres, movió hombres como piezas que conocía demasiado bien. Freya observó en silencio. Cada orden era precisa, pensada... y aun así, algo en su pecho se tensó.

Dividirnos no es buena idea, pensó. Pero no dijo nada. Todavía estaba aprendiendo cuándo hablar... y cuándo escuchar.

Mientras los hombres se movían de lugar, desvió la vista hacia las montañas que quedaban detrás de ellas. La silueta oscura que se delineaba contra el cielo gris parecía observarlos mientras marchaban.

Allí quedaba Thorkell.

Sintió un nudo en la garganta.

Pensó en los Haddock. En Ulfrik. En Erik y Snorri. En lo que significaba dejar atrás a un hijo, a un hermano, a alguien que no volvería a caminar con ellos.

¿Cómo se sigue después de eso?

¿Cómo se acepta que la tierra se cierre sobre alguien... y el mundo simplemente continúe?

Erik se acercó entonces, ajustándose la capa.

—¿Todo bien? —preguntó en voz baja.

Freya dudó un instante antes de responder.

—Sí... solo estaba pensando —dijo, mirando aún hacia las montañas—En lo que debe sentir tu familia al dejarlo atrás.

Erik no respondió de inmediato. Siguió su mirada, y durante un segundo, el líder que todos veían desapareció, dejando solo a un hijo.

—No lo dejamos atrás —dijo al fin—Él se queda aquí... vigilándonos.

Freya asintió. No era consuelo, pero era verdad.

A su alrededor, el campamento empezaba a moverse. Caballos cargados, hombres ajustando armas, capas que se cerraban contra el frío. La marcha estaba por comenzar otra vez.

El grupo avanzó dejando atrás el campamento. El crujido de la nieve bajo las botas y el resoplido de los caballos marcaban el ritmo de la marcha. El viento soplaba desde el norte, cortante, arrastrando consigo un frío que parecía no terminar nunca.

Freya caminaba cerca de Erik. Durante un rato no dijo nada, pero la inquietud seguía ahí, insistente.

—Erik —murmuró al fin—¿Por qué el grupo de Magnus va con nosotros?

Él no respondió de inmediato. Ajustó la empuñadura de su espada y siguió caminando unos pasos más antes de hablar.

—No era el plan original —admitió—Iban a tomar otro camino.

—Entonces, ¿por qué cambiaron?




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