La Heredera de las Cenizas

Capítulo 1 La noche que vinieron a por mí

La noche que intentaron matarme descubrí que, para el resto del mundo, llevaba veinte años muerta.

Pero no nos adelantemos. Primero vino el cumpleaños.

Me desperté a las 7:14 de la mañana con la certeza absoluta de que algo iba mal. Y no hablo de ese malestar tonto que se te pasa al tercer café, ni de haber dormido con el cuello torcido. Era otra cosa. Una presión sorda en el esternón, como si alguien me hubiera dejado una piedra enorme en el pecho mientras dormía y hubiera escapado por la ventana justo antes de que yo abriera los ojos.

Veinte años. Casi nada.

Me quedé un rato mirando el techo de mi cuarto. Ahí seguía el mismo desconchón con forma de mapa desde que Eloise alquiló el piso, flotando en ese olor a madera vieja y al incienso que siempre quemaba en el salón. Intenté sentir algo bonito. Ya sabes, eso que la gente cuenta sobre los cumpleaños, esa calidez un poco infantil que se supone que mantienes aunque ya no te regalen juguetes.

Pues no sentí nada de eso.

Lo que sentí fue la cicatriz.

A ver, siempre había estado ahí. Desde que tengo uso de razón, desde que era tan chica que la señalaba con el dedo y le preguntaba a Eloise qué era esa marca tan rara en mi clavícula. «Una marca de nacimiento, cariño», me decía siempre con esa sonrisa suya que nunca terminaba de llegarle a los ojos. «No le hagas caso, algunos nacemos así». Y yo me lo creí. Al final, los niños creen ciegamente en la gente que los quiere, y Eloise me quería. De eso no tengo la menor duda.

Pero esa mañana la cicatriz pulsaba.

No dolía, no exactamente. Era más bien como un recuerdo en la piel. Como cuando pones la mano sobre una mesa que ha estado al sol: ya no quema, pero notas el calor que ha dejado atrás. Palpité con ella tres veces antes de levantarme, casi sin querer, con los dedos pegados a la marca, convenciéndome de que solo habría sido una mala postura.

Me levanté, fui al baño y me miré en el espejo.

Y el espejo tardó un segundo de más en devolverme el reflejo.

Sé que suena rarísimo y no sé cómo explicarlo mejor. Fue un instante, menos de un parpadeo, pero juraría que el cristal se quedó oscuro. No sucio ni apagado, sino oscuro, como si algo hubiera pasado por detrás dejando una sombra pegada al azogue. Un segundo después volvió a ser el espejo de siempre, con mi cara de siempre y mis ojeras de siempre. Me dije que eran las siete de la mañana, que estaba medio dormida y que necesitaba cafeína ya de ya.

Pero el corazón me iba a mil por hora, y eso no era por el sueño.

Cuando salí, Eloise ya estaba en la cocina.

Eso era lo normal; madrugaba un montón y siempre tenía el café listo antes de que yo apareciera arrastrando los pies. Lo raro era la actitud. Estaba de pie junto a la ventana, taza en mano, mirando fijamente a la calle con esa expresión que yo conocía de sobra y que significaba que algo la estaba carcomiendo por dentro. Se la había visto pocas veces: cuando me caí de la bici a los ocho años y me abrí la cabeza, cuando suspendí tres asignaturas en segundo de carrera, o cuando se murió el gato que tuvimos seis meses antes de que la casera nos echara el alto.

La diferencia es que esas veces había un motivo claro. Esta mañana, no.

—Feliz cumpleaños —solté. Me salió la voz más seca de lo que quería.

Se giró. Y lo que vi en su cara me revolvió las tripas, aunque en ese momento no supe por qué. Sonrió, me llamó «cariño», vino a abrazarme y olía igual que siempre: a lavanda y a ese jabón caro que compraba aunque anduviéramos pilladas de dinero. Pero cuando me puso las manos en los hombros, le temblaban.

Y Eloise no temblaba nunca.

—¿Estás bien? —le pregunté, con la boca pegada a su hombro.

—Perfectamente —respondió. Demasiado rápido—. Es que no he pegado ojo. Ya sabes cómo me pone el calor.

No era el calor. Estábamos en octubre.

Me serví el café sin decir nada más y me senté a la mesa. Durante el desayuno la estuve vigilando con esa técnica que desarrollas tras veinte años de vivir con alguien: de reojo, disimulando, apuntando mentalmente cada detalle. Los dedos tamborileando en la encimera. Las miradas continuas a la ventana. Cómo miró el móvil cuatro veces en diez minutos, apretando los labios con tanta fuerza que se le quedaban blancos.

Pasaba algo gordo. Y no me lo iba a soltar por las buenas.

Para empezar, el reloj del salón se paró a las doce del mediodía. Lo miré, pensé que se había quedado sin pila y seguí a lo mío. Tres horas después volví a mirar: seguía clavado en las doce. Cuando metí la mano por detrás para cambiársela, vi que la pila era nueva. La había puesto Eloise la semana pasada, me acordaba perfectamente.

Y luego estaban las sombras.

Eso sí que cuesta describirlo. No se comportaban como debían. Tampoco en plan película de terror, no se movían solas ni señalaban al armario, era algo mucho más sutil. El ángulo no encajaba. La dirección estaba mal, como si la luz viniera de un sitio que no existía. Me di cuenta a media mañana en el pasillo: mi propia sombra pareció quedarse rezagada medio segundo antes de seguirme. Luego me pasó en la calle, cuando bajé a por el pan. Las sombras de los árboles caían hacia el este, pero el sol estaba claramente en el oeste.



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En el texto hay: brujas, academia, darkromace

Editado: 19.07.2026

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