Hay un tipo de silencio que no es por falta de ruido. Es más bien la presencia de algo que todavía no tiene nombre.
Ese era el vacío que quedó en el salón cuando Eryx Deveraux bajó del marco de la ventana rota. Pisó los cristales como si nada, con la misma calma con la que cualquiera camina por el parqué de su casa. Sin mirar al suelo. Sin quitarme los ojos de encima.
Yo me quedé petrificada.
Y no porque no quisiera moverme, sino porque mi cuerpo decidió por su cuenta: pies clavados, espalda rígida y los dientes apretados. Puro instinto de supervivencia ante un depredador; ese intento desesperado de no mostrar miedo aunque por dentro estés temblando.
—¿Dónde está Eloise? —conseguí decir.
—A salvo —soltó. Tenía una voz baja, extrañamente tranquila, típica de alguien que jamás ha necesitado gritar para que le hagan caso—. Y seguirá así, siempre que vengas conmigo ahora mismo.
—Eso suena a amenaza.
—Es solo una descripción de la realidad.
Lo observé bien desde donde estaba. De cerca imponía todavía más que en la ventana. Tenía unos rasgos perfectos, una calma desconcertante y una forma de llenar el espacio que daba rabia; como si el aire fuera suyo y el resto estuviéramos pidiéndole permiso para respirar. No era el típico guapo que te apetece mirar. Era esa clase de belleza que te hace sospechar que esconde algo oscuro, algo que preferirías no descubrir.
—No pienso ir a ningún lado contigo —le solté—. No sé quién eres, no entiendo qué acaba de pasar aquí y no tengo ni idea de qué le has hecho a Eloise. Pero te juro que como le hayas tocado un pelo...
—Noa —me cortó. Solo dijo mi nombre, pero lo hizo con un tono que me secó las palabras en la boca—. Te quedan unos doce minutos antes de que vuelvan. Y esta vez no vendrán solo tres.
Un cristal crujió bajo mi zapatilla al dar un paso atrás sin darme cuenta.
—¿Tres qué? ¿De qué hablas?
No se molestó en responder. Sacó un objeto pequeño y oscuro del bolsillo interior de la chaqueta y lo sostuvo a la luz que entraba de la calle. Era una piedra negra, lisa y perfecta, con un símbolo grabado que brilló una sola vez con un destello verde y tenue.
Al instante, la cicatriz de mi clavícula reaccionó. Sentí un tirón hacia él, como si fuera un imán, como si una parte de mí reconociera lo que él tenía en la mano.
Me dio un asco tremendo sentir eso.
—Doce minutos—repitió—. Bueno, ya son once
Terminé cogiendo la mochila.
No sé muy bien por qué. O bueno, igual sí y no quiero admitirlo: lo hice porque quedarme en un piso destrozado esperando a tres "cosas" que podían volver en cualquier momento era una idea de mierda. Además, una voz muy dentro de mí —algo irracional que no sabía que existía hasta esa noche— me decía que, aunque Eryx Deveraux era peligroso, no era la peor de mis amenazas ahora mismo.
Metí el cargador, el móvil (que estaba hecho polvo), un jersey y las llaves, por pura costumbre.
—¿Me vas a decir adónde vamos? —pregunté mientras me la colgaba al hombro.
—A donde tendrías que haber ido hace años.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que tengo ahora.
Bajamos por la escalera. El ascensor no funcionaba porque seguía sin haber luz. No cruzamos una palabra; él iba tres peldaños por delante y yo, por puro instinto, iba fijándome en cada salida de emergencia. Cruzamos el portal y salimos a la calle. El aire de Madrid a medianoche olía a gasolina, a asfalto mojado por la lluvia reciente y a ese toque típico de octubre que siempre me había encantado.
Justo esa noche, me pareció el olor de un mundo que estaba a punto de perder para siempre.
El coche estaba en doble fila con los cuatro intermitentes puestos, como si la calle entera se hubiera apartado para él. Era un bólido negro, enorme, con los cristales tan oscuros que no se intuía nada del interior. El conductor ni se inmutó cuando entramos; no se giró ni saludó con la cabeza. Arrancó en un silencio sepulcral, con la soltura de quien se sabe el camino de memoria porque lleva una eternidad esperando este viaje.
Yo me pegué todo lo que pude a la puerta.
Eryx se acomodó en el otro extremo del asiento y ni intentó acercarse. Se limitó a mirar por la ventanilla, con el perfil iluminado a ratos por las farolas de la ciudad. Yo lo observaba de reojo, preguntándome cuántas capas habría que rascar para encontrar algo humano en ese tío.
—Quiero saber qué le pasa a mi madre —dije tras diez minutos de silencio insoportable.
—Ya te lo he dicho.
—Me has dicho que está a salvo. No es lo mismo.
Giró la cabeza muy despacio, como si le costara el más mínimo esfuerzo o como si cada uno de sus movimientos estuviera medido al milímetro. Nada en él era casual.
—Eloise Valdés está en un sitio donde esas cosas no pueden tocarla. Ella lo sabía de sobra, lleva años preparándose para lo de hoy.
—¿Para qué? ¿Para qué asalten su casa y un extraño se lleve a su hija?
Editado: 19.07.2026