La Heredera de las Cenizas

Capítulo 3: El chico de los ojos de hielo

Dormí tres horas y media.

Lo sé al milímetro porque miré el reloj de la mesilla de noche. Y aquí viene otro detalle de esos que ya ni me sorprendían, pero que me revolvían el estómago: era exactamente el mismo modelo que me había dejado en Madrid. El que Eloise me regaló cuando cumplí los diecisiete, con el mismo picotazo en la esquina inferior derecha. Marcaba las seis y diecisiete de la mañana cuando abrí los ojos de golpe, completamente despierta, sin esa típica neblina del que se acaba de levantar.

En el techo había una grieta enorme que no estaba ahí la noche anterior.

Me quedé un buen rato estudiándola. Parecía el cauce de un río visto desde un avión, lleno de ramificaciones. Mientras la miraba, intenté poner en orden mis pensamientos. El balance era desolador. Lo que sabía: una miseria. Lo que no sabía: prácticamente todo. Lo que sentía: una mezcla rara entre miedo y esa rabia fría que, afortunadamente, siempre me ha funcionado mejor que el pánico.

El libro con mi nombre seguía encima del escritorio. No lo había tocado. No me sentía con fuerzas para abrirlo ni para descubrir qué demonios había dentro. Y para ser sincera, seguía sin estarlo.

Me levanté y me metí en la ducha. El baño tenía el champú que uso siempre. Aquello fue, de lejos, lo más siniestro de la mañana; peor que los árboles mutantes o los retratos que te siguen con la mirada. Que alguien se hubiera tomado la molestia de registrar mis manías domésticas para replicarlas en una habitación de piedra, en mitad de un bosque oculto, me puso los pelos de punta de una manera que el terror puro no había conseguido.

Cuando salí al pasillo, me encontré a Eryx apoyado en la pared de enfrente.

—Me estás esperando —dije.

—Sí.

—¿Llevas mucho ahí?

—Un rato.

Lo miré de arriba abajo. Se había cambiado de ropa, pero seguía fiel a su estilo: prendas oscuras, impecables, sin un solo hilo fuera de su sitio. Parecía que vestirse para él era una especie de ritual militar.

—Quiero respuestas —le solté—. Y las quiero hoy. Antes de que me lleves a cualquier sitio.

—Hoy es tu presentación oficial ante la academia.

—Me la suda la academia.

—Debería importarte.

—Eryx. —Decir su nombre se sintió demasiado natural, y me di cuenta de que a él también le chocó por cómo cambió su expresión durante una milésima de segundo—. No soy la alumna nueva que llega a mitad de curso. No sé qué narices soy, pero sé que esto no es normal ni para vuestros estándares. Así que antes de que me pasees delante de nadie, me vas a decir qué significa ese libro.

Se hizo un silencio espeso.

—¿Has podido descansar? —preguntó al fin.

—Tres horas y media.

—Se te nota en la cara.

—Qué sutil, gracias.

Una sombra de lo que en cualquier otro humano habría sido una sonrisa asomó en su rostro. Solo una sombra. Se despegó de la pared y echó a andar pasillo abajo.

—El desayuno empieza en veinte minutos —dijo sin mirarme—. Sabrás lo que tienes que saber. Cuando toque.

—¿Y quién decide cuándo toca? ¿Tú?

—De momento, sí.

No me quedó más remedio que seguirlo. Mientras caminaba a su lado por los pasillos de Noctis —que de día seguían siendo rarísimos, sobre todo por esa luz dorada y demasiado estática que entraba por los ventanales—, decidí que ya podía ponerse todo lo frío que quisiera. Yo no tenía prisa. O eso quería creer.

El comedor de la academia era inmenso. El techo estaba tan arriba que ni se veía; la piedra subía hasta perderse en una negrura de la que colgaban unas lámparas extrañas. No eran bombillas ni velas, sino algo intermedio que emitía una luz color hueso, creando un ambiente que pretendía ser acogedor pero que resultaba bastante tétrico. Había ocho mesas larguísimas de madera noble, preparadas para un porrón de gente. Casi todas estaban llenas.

En cuanto cruzamos el umbral, el ruido se apagó.

No fue el típico murmullo que va bajando poco a poco cuando entra alguien importante. Fue un hachazo limpio. Unas trescientas cabezas se giraron a la vez hacia mí.

Me clavé en el suelo.

—No te pares —me susurró Eryx al oído.

—Que me está mirando todo el mundo.

—Ya lo sé. Camina.

Apreté los dientes y seguí andando para no quedar como una cobarde. Con la espalda recta y la cabeza alta, acompañé a Eryx hacia una mesa del fondo. Notaba los ojos de todo el comedor clavados en mi nuca como una presión física, real.

Nadie despegó los labios hasta que me senté. En ese instante, regresó el murmullo, como el agua que se filtra por una tubería rota.

—¿Siempre le hacéis este recibimiento a los nuevos? —pregunté mientras me servía algo que parecía café, aunque el aroma tenía un matiz extraño.

—No —dijo él.

—Solo conmigo, vaya.

—Solo contigo.

Le di un trago de todas formas. Estaba bueno.



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En el texto hay: brujas, academia, darkromace

Editado: 19.07.2026

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