La Heredera de las Cenizas

Capítulo 4: Prohibido entrar en la torre norte

No hubo manera de pegar ojo.

Lo intenté de todas las formas posibles durante un par de horas: contando respiraciones, clavando la vista en el techo, obligándome a mirar a otra parte... Al final, terminé girándome hacia el ventanal, desde donde se veía el jardín de Noctis bañado por una luz de luna blanquísima, casi artificial y totalmente estática. Nada funcionó. Cada vez que cerraba los ojos, revivía el patrón de luz que había brotado de mi cicatriz cuando Eryx la tocó; esa espiral llena de ramificaciones que flotó entre nosotros, como si llevara una eternidad esperando el momento idóneo para salir a la superficie.

Y por si fuera poco, dándole vueltas a lo mismo una y otra vez, me machacaba la voz de Eryx: «Eso es justo lo que todavía no puedes saber».

Todavía.

Como si hubiera un mañana. Como si existiera un punto exacto en el calendario donde él —o quienquiera que partiese el bacalao en este sitio— decidiera que ya era lo bastante mayor, lo bastante madura o lo bastante "algo" como para merecer la verdad sobre mi propia vida.

A las dos y cuarto de la madrugada tiré la toalla y me levanté.

Me calcé los vaqueros y el jersey oscuro con el emblema de la academia que encontré en el armario —básicamente porque era lo más parecido a mi estilo que tenía a mano— y salí al pasillo descalza. No quería que los zapatos hicieran ruido; además, un extraño instinto me decía que esa noche me convenía moverme sin levantar sospechas.

El pasillo estaba desierto, en penumbra, iluminado únicamente por esas lámparas ambarinas que parecía que nunca se apagaban del todo. A esas horas, el edificio transmitía una vibra muy diferente a la del día: se sentía más calmado pero no del todo silencioso. Había crujidos imposibles de localizar y corrientes de aire que aparecían de la nada. Era como si la academia respirara más despacio mientras el resto dormía.

Empecé a caminar sin un rumbo fijo.

Los cuadros de la galería principal daban bastante más mal rollo de noche. De día era una sensación molesta, la típica incomodidad de enfrentarte a algo que desafía la lógica. Pero a oscuras la cosa cambiaba: las miradas de los retratos —la dinastía Deveraux, según había deducido por el parecido físico de los marcos dorados de hace siglos— seguían mis pasos con un descaro que ya no podía achacar a mi imaginación. El único sonido en todo el pasillo era el roce de mis pies desnudos contra el mármol.

Me frené en seco ante uno en el que no me había fijado por la mañana.

Era más pequeño que los demás y estaba colocado en un rincón muerto entre dos puertas, casi como si hubieran querido esconderlo. Mostraba a una chica muy joven, de mi edad más o menos, con el pelo oscuro suelto y una expresión que rompía con la norma de la colección; no tenía esa cara de póker de los posados solemnes, sino un gesto mucho más vivo y difícil de etiquetar. Tenía las manos apoyadas en el regazo y, justo en la clavícula, en el mismo sitio donde yo tengo mi marca, llevaba un símbolo bordado en el vestido.

Pero no era la famosa espiral con la llama. Era otra cosa. Un grabado que no había visto nunca y que, sin embargo, me produjo un chispazo de reconocimiento visceral, algo que me saltó directo al estómago sin pasar por la cabeza.

La placa del marco venía en un idioma que no entendía. Sin embargo, justo debajo, alguien había escrito a mano una fecha con una tinta más fresca y trazo descuidado, como si lo hubieran añadido años después:

El año en que nació mi madre.

Me aparté del lienzo de golpe y aceleré el paso. Sabía perfectamente que si me quedaba allí parada iba a empezar a comerme la cabeza con hipótesis para las que todavía no tenía respuestas.

En el siguiente pasillo, todos los relojes de pared estaban parados. Lo jodido no era eso —que ya de por sí habría sido bastante peliculero—, sino que cada uno marcaba una hora distinta. Era como si el tiempo en ese pasillo se hubiera roto en varios pedazos y cada reloj hubiera registrado su propio fin del mundo particular.

El de la esquina se había quedado clavado en las tres en punto.

Miré mi muñeca. Las tres y dos minutos.

Mientras lo observaba, la aguja del reloj de la pared avanzó un minuto.

Seguí de largo.

Los oí antes de llegar al cruce. Eran dos voces en el ala este que hablaban deprisa y masticando las palabras, con ese tono de quien sabe que está diciendo algo que no debería. Me pegué a la pared, aguanté la respiración y logré cazar la conversación al vuelo:

—...Es el tercer año que aparece alguien en la lista. Desde lo de Mira. —Mira era otro cantar. —Mira acabó en la torre norte. Igual que todos los demás.

Hubo un silencio tenso.

—Esta chica no tiene ni idea de nada. Si descubre lo que se esconde ahí dentro... —Nadie le va a soltar prenda. Deveraux no lo va a permitir. —Deveraux no puede controlar lo que ella siente. Y si los rumores son ciertos y de verdad es la heredera, la torre ya la estará llamando. Es ley de vida aquí. Cuanto más les prohíbes algo, más...

El eco de los pasos se fue apagando hasta que oí el clic de una puerta al cerrarse.

Me quedé inmóvil contra la piedra durante medio minuto, con el pulso bastante más acelerado de lo que me apetecía reconocer.



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En el texto hay: brujas, academia, darkromace

Editado: 19.07.2026

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