Volví a la cama a las cuatro de la madrugada y me quedé mirando el techo hasta las siete.
Ni intenté dormir; era tirar el tiempo y lo sabía. Cada vez que cerraba los ojos, la voz volvía. Mi nombre, con ese tono tan familiar que dolía, saliendo de detrás de una puerta que llevaba décadas cerrada a cal y canto. Pero lo peor no era eso, sino acordarme de la cara de Eryx cuando la escuchó. Se le borró la calma de golpe. Desapareció esa distancia fría que usaba siempre para protegerse del mundo.
Estaba en shock. Así de simple.
Lo que de verdad me escamaba no era que la torre hubiera susurrado mi nombre, sino que a él le hubiera descuadrado tanto. Si Eryx Deveraux —que sabía de mí cosas que ni yo misma sospechaba, que había planeado mi llegada al milímetro durante años y que parecía conocer cada rincón de este maldito edificio— no se esperaba ese sonido, significaba que algo se había salido del guión.
Había hilos que ni él mismo controlaba.
Me levanté cuando la luz del jardín pasó de ese blanco lunar a algo más parecido al día, aunque el sol en Noctis nunca terminaba de ser el sol de verdad. Me vestí, me senté al escritorio y me quedé mirando el libro negro. El que tenía mi nombre grabado y que todavía no había tenido las narices de abrir.
Lo abrí.
La primera página estaba en blanco. La segunda, también.
La tercera, la cuarta, la quinta... nada, ni una mancha. Estuve pasando hojas un buen rato y la sensación de absurdo iba a más: el libro era gordo, se notaba el peso, pero estaba completamente vacío. Hasta que llegué a la última. Ahí sí había algo.
En letra pequeña y muy limpia, se leía una sola frase:
Cuando estés lista, las palabras aparecerán.
Cerré el libro de un portazo y me fui a desayunar.
Vera ya estaba en el comedor. En el mismo sitio de ayer, con una taza entre las manos y cara de llevar ahí metida bastante más tiempo del necesario. Me senté a su lado sin decir ni mu y ella ni se inmuto.
—Has estado en la torre norte —soltó. Así, sin rodeos.
—¿Cómo lo sabes?
—Por la cara que traes —le dio un sorbo a lo suyo—. Todo el mundo que pasa por allí se levanta al día siguiente con los mismos ojos. Como si se os hubiera roto algo por dentro.
—¿Tú has ido?
—Una vez. En mi primer mes —hizo una pausa—. No he vuelto.
—¿Por qué?
Me miró de frente, con esos ojos suyos que te analizaban de arriba abajo sin juzgarte, y tardó lo suficiente en responder como para que sus palabras pesaran el doble.
—Porque lo que escuché ahí dentro tenía la voz de mi madre —dijo—. Y mi madre lleva cuatro años bajo tierra.
Dejé la taza en la mesa, de golpe.
—O sea, que no soy la única.
—No. Pero eres la única a la que la torre ha llamado por su nombre con público delante —bajó el tono—. Eso no había pasado nunca, Noa. Y la gente ya se ha enterado. Esta mañana no se habla de otra cosa en los pasillos.
Maravilloso.
—¿Y qué se cuenta?
—Depende de a quién preguntes —Vera dejó la taza con una finura que casi daba envidia—. Los viejos del lugar dicen que es una señal. Los cagados dicen que eres peligrosa. Y los que tienen algo que perder, que eres un problema.
—¿Y tú qué opinas?
Me estudió un instante.
—Creo que eres lo más interesante que ha pisado Noctis en siglos —sonrió apenas—. Y creo que eso te va a salir carísimo.
No era una declaración de amistad eterna, pero viniendo de ella y estando donde estábamos, era lo más parecido a una aliada que iba a tener.
En esas estábamos cuando Cael Morrow apareció al otro lado de la mesa, con esa manía suya de llenarlo todo.
—Pero bueno, si es la heroína del día —soltó, con una sonrisa que no le llegaba a los ojos—. ¿Sabes cuánta gente llevaba esperando que alguien hiciera lo que hiciste anoche? —se inclinó un poco hacia mí—. Y sobre todo, ¿Cuántos rezaban para que saliera mal?
—¿Tú de cuáles eres?
—Todavía no lo he decidido —se levantó sin haber tocado el desayuno—. Lo que me convierte en el tío más sincero de esta mesa.
Se dio la vuelta y se largó. Le seguí con la mirada y, al fondo del comedor, vi a la chica pelirroja de ayer. Esta vez sí comía, pero no despegaba los ojos del sitio donde Cael había estado sentado. Tenía una mirada demasiado intensa, de las que clavan.
—¿Quién es la pelirroja? —le pregunté a Vera.
—Isolde. Tercer año —otra de sus pausas con recado—. Lleva dos años obsesionada con Eryx.
—¿Y él?
—O no se entera o disimula muy bien. Con Eryx nunca se sabe.
Me guardé el dato. Fui encajando las piezas en el mapa que estaba montando en mi cabeza: Vera era prudente pero legal, una posible aliada. Cael era un interrogante que iba a lo suyo. Isolde, un peligro público suelto.
Y Eryx, claro, en medio de todo el jaleo.
Editado: 19.07.2026