La Heredera de las Cenizas

Capítulo 6: La primera prueba

Lo primero que hice por la mañana fue evitar a Eryx.

Tampoco es que tuviera mucho misterio. Sabía perfectamente por dónde se movía, así que me limité a organizar el día al revés que él para no cruzármelo. Desayuné tempranísimo, antes de que el comedor fuera un hervidero; di un rodeo enorme por el ala oeste para ir a clase y, una vez dentro, me apalanqué en la última fila, con la espalda pegada a la pared y un ojo puesto en la puerta.

Llevaba la foto en el bolsillo del jersey.

No la saqué en todo el día, pero notaba su peso ridículo contra las costillas cada vez que respiraba hondo. Una imagen en blanco y negro de los noventa. Una niña que era yo y un tío que era Eryx, con la diferencia de que él no había envejecido ni un solo año en tres décadas.

Me había pasado la noche en vela buscando una explicación lógica y me había plantado en la mañana con las manos vacías. Una parte de mí decía: «A ver, Noa, la magia existe, ya lo has visto, abre la mente». Pero la otra, la que llevaba veinte años viviendo en el mundo real, me respondía que todo tiene un límite. El tiempo no se dobla así como así.

A menos que lo que se hubiera doblado no fuera el tiempo, sino otra cosa.

Vera me cazó antes de la segunda clase en el pasillo del ala sur. Por cómo me miró, supe que estaba al tanto de mi excursión nocturna.

—El sótano tiene registro de entrada —soltó a bocajarro.

—¿Eryx lo sabe?

—Todavía no. No lo revisan hasta el lunes —hizo una pausa—. Tienes cuatro días.

—¿Para qué?

—Para decidir qué haces con lo que has encontrado.

Lo dijo con esa tranquilidad suya que te dejaba siempre con la duda de si lo sabía todo o solo lo justo para echar cuentas. No le pregunté más. No confiaba tanto en ella como para enseñarle la foto, pero tampoco tan poco como para ignorar que me estaba regalando cuatro días de ventaja porque le daba la gana.

—Gracias —le dije.

Ella asintió y siguió su camino.

El aviso llegó a mediodía.

El Decano Varek se plantó en el estrado del comedor durante el almuerzo. Tiene esa voz que, sin necesidad de gritar, te retumba en la cabeza. Soltó que la Primera Prueba del trimestre se jugaba esa misma tarde en el Patio de Armas. Obligatoria para todo el mundo.

El silencio que se hizo no fue el típico de cuando te dan una sorpresa; fue el de cuando te confirman una mala noticia que ya te temías y que te da una pereza tremenda.

—¿De qué va esto? —le susurré a Vera.

—Lo que te imaginas —respondió mientras removía el café sin mirarlo—. Tienes que demostrar control y potencia delante de toda la academia. Vas sola, te cronometran y la nota es pública.

—¿Es peligroso?

—Depende de lo que lleves dentro —otra de sus pausas—. A ver, suele haber lesiones. Leves, casi siempre.

—¿Casi?

Cael Morrow, que no había despegado los ojos del plato en todo el rato, levantó la cabeza.

—Qué curioso que toque justo la semana que llega la nueva —soltó con ese tono plano del que no quiere la cosa, pero tirando a dar—. Nunca se hace tan pronto.

Pasé de contestarle, pero me apunté el detalle.

El Patio de Armas estaba en los sótanos del edificio central.

Era un sitio enorme, de piedra, con el suelo destrozado por años de magia: quemaduras, zonas carcomidas y marcas raras que no tenían nada que ver con un destrozo normal. Cuando llegué, las gradas ya estaban hasta arriba. El aire olía a ozono y a ese ambiente cerrado y antiguo del pasillo de la torre norte.

Me puse al final del grupo de los que íbamos a pringar, rodeada de caras que solo me sonaban de vista y que me miraban de reojo, mitad examinándome, mitad esperando el espectáculo. Isolde estaba unos puestos más adelante, tiesa como un palo y con una cara que no transmitía absolutamente nada.

Eryx no competía. Estaba arriba, en primera fila, con los brazos cruzados y la vista fija en la arena. No me miró cuando entré, o al menos yo no lo pillé haciéndolo.

Las normas las explicó una profesora a la que no tenía fichada: sales al centro, demuestras lo que sabes hacer durante noventa segundos bajo control y te puntúan tres cosas que ni entendí, porque usó unos términos técnicos que aún no he estudiado. Lo que sí me quedó claro es que las notas salían en tiempo real en unos paneles de piedra en la pared, que se quedaban ahí para siempre y que el que tuviera la peor nota del trimestre las iba a pasar canutas. La profesora lo llamó «medidas formativas» con una sonrisa que quitaba las ganas de pedir detalles.

Empezaron por orden alfabético.

Con los diez primeros ya me quedó claro que jugábamos en ligas distintas. Lo que hacían —manejar el fuego, crear figuras de luz, mover cosas solo con pensarlo— era el resultado de años de hincar codos en algo que yo había descubierto hacía cuatro días. Había de todo: algunos bastante flojos y otros muy buenos. Isolde, cuando salió, estuvo espectacular. El público se quedó en un silencio distinto, de los de prestar atención en serio.

Cael fue el último antes de que me tocara a mí. Fue directo, lo hizo bien y se le notaba que sabía controlar la dosis exacta para vacilar sin enseñar todas sus cartas.



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En el texto hay: brujas, academia, darkromace

Editado: 19.07.2026

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