El alumno muerto se llamaba Daan Voss.
Nos enteramos por la mañana. El Decano Varek nos juntó a todos en el salón principal y lo soltó con el mismo tono frío con el que había anunciado la prueba el día anterior. Sin anestesia, como si las palabras fueran objetos que dejas caer y de los que no tienes que hacerte cargo. Daan Voss, segundo año, diecinueve años. Causa de la muerte: bajo investigación. Operativa normal hasta nuevo aviso y, si alguien sabe algo, que hable con los profesores.
Nadie abrió la boca.
Eso fue lo que más mal rollo me dio. Trescientas personas enterándose de que un compañero había aparecido muerto en un pasillo y ni una sola mano levantada para preguntar qué narices había pasado, cómo, cuándo o si estábamos en peligro. Parecía que callarse también formaba parte del protocolo. Como si todo el mundo supiera que preguntar en voz alta en Noctis se pagaba caro.
Vera estaba a mi lado, mirando al frente con su habitual cara de póker.
—¿Le conocías? —le susurré.
—De vista. Segundo año, de los que pasan desapercibidos —hizo una pausa—. Hasta ahora.
—¿Y qué se comenta?
Me miró un segundo de reojo antes de volver la vista al frente.
—Que el dibujo del suelo es tuyo. Así, tal cual. Llegas a Noctis, la torre norte se vuelve loca y aparece un cadáver con tu marca. A la gente le gusta que las cosas cuadren, y esto les cuadra demasiado bien.
—Yo no he sido.
—Ya lo sé.
—¿Cómo estás tan segura?
—Porque llevas cuatro días aquí y no sabes ni encender una vela —soltó—. Lo que le hicieron a ese chico exigía un control milimétrico. No ha sido un accidente de novata, Noa. Ha sido a posta.
Me guardé la información y le di un par de vueltas.
—¿Y quién tiene tanto nivel aquí como para hacer algo así?
Esta vez no soltó prenda.
Eryx me asaltó al salir del salón, calculando el ángulo perfecto para cruzarse conmigo como quien no quiere la cosa. Llevaba tres horas haciendo lo mismo: aparecer en mi campo de visión con una puntería que a la tercera vez ya mosqueaba y a la quinta era descarada.
—Tienes clase con Aldric en diez minutos —me soltó.
—Ya lo sé.
—Bien.
Caminamos un trecho a la par, en silencio.
—Eryx.
—Dime.
—¿Dónde estabas anoche cuando encontraron el cuerpo?
El silencio que siguió duró lo justo para dejar claro que le había incomodado, pero no tanto como para parecer una confesión.
—Investigando qué había pasado.
—¿Solo?
—Sí.
—Qué oportuno.
Se frenó en seco. Yo también, porque cuando Eryx Deveraux se para en mitad de un pasillo, el ambiente se tensa tanto que es imposible no darse cuenta. Se giró hacia mí con una cara bastante más directa de lo normal, menos ensayada.
—¿Qué estás queriendo decir?
—No estoy queriendo decir nada —le aguanté la mirada—. Hago las preguntas que haría cualquiera en mi lugar. Hay un alumno muerto con el símbolo de mi cicatriz pintado en el suelo, tú no estabas allí con el resto del mundo y llevas toda la mañana pegado a mí como si esperaras que me pasara algo, o como si quisieras controlar que no la líe.
Le pasó algo por los ojos. Fue un destello, demasiado rápido para pillarlo.
—Te estoy protegiendo —dijo.
—¿De qué?
—De lo mismo que ha matado a Daan Voss.
Lo soltó con tanta seguridad que tardé un segundo en reaccionar: acababa de admitir que sabía mucho más de lo que el Decano nos había contado.
—¿Sabes qué lo mató?
—Tengo una idea.
—Eryx, cuéntame...
—Ahora no —me cortó antes de que pudiera protestar—. Tienes clase. Aldric no soporta que lleguen tarde y hoy es el peor día para que los profesores te pongan el ojo encima.
Y se dio la vuelta, perdiéndose por el pasillo contrario.
Me quedé mirando el hueco que había dejado, con una rabia ya conocida subiéndome por el pecho. Decidí que esa misma noche, con su permiso o sin él, iba a enterarme de qué narices estaba pasando.
La clase de Aldric de ese día no fue de control de energía, sino de historia de los linajes.
Lo supe en cuanto se giró hacia la pizarra. Las cicatrices de sus manos brillaban un poco bajo las lámparas. Sacó unos libros de un armario cerrado bajo llave —que abrió apoyando la palma, sin más— y los repartió con la soltura del que lleva haciendo lo mismo media vida.
El mío pesaba más que los otros. Lo noté al momento.
—Las familias fundadoras —empezó Aldric— no son un mero adorno histórico. Son los pilares de la magia de esta academia. La sangre importa. Y no hablo en sentido figurado, sino real.
Abrí el libro. Estaba lleno de árboles genealógicos densos, con nombres que se perdían siglos atrás. Había cinco familias principales y cada una tenía su escudo arriba: los Deveraux tenían la espiral y la llama, que ya me conocía de memoria. Los otros cuatro no me sonaban de nada.
Editado: 19.07.2026