La Heredera de las Cenizas

Capítulo 8: No me toques

No pegué ojo.

Esta vez no tuvo nada que ver con la voz de la torre, ni con la foto, ni con ninguna de las paranoias que hacían que pasar la noche en Noctis fuera de todo menos relajante. Esta vez la culpa la tenía lo que Eryx me había soltado en la biblioteca. Esa tranquilidad suya que se había roto un milímetro, esa frase que no era para escurrir el bulto, sino puro miedo real:

«Los mismos que tengo ahora. Los que tendré siempre».

Y justo después: «No esta noche».

Como si fuera a haber una noche en la que sí. Como si existiera un momento en el futuro donde fuera a soltar la sopa, supiera perfectamente cuándo y aún estuviera decidiendo si le daba la gana llevarme hasta allí.

A las seis de la mañana ya estaba en pie. Me puse la ropa de entreno que había en el armario —también de mi talla, por cierto; otra pieza más de ese puzle de treinta años que alguien había diseñado a mi costa— y salí al pasillo antes de que el edificio empezara a llenarse de alumnos.

Necesitaba cansarme.

Necesitaba quemar energía para que la cabeza fuera más despacio. Si lograba frenar el ritmo de mis pensamientos, a lo mejor conseguía poner orden en todo este ruido que no me dejaba vivir.

La heredera desaparecida. E.D. Custodia activa desde 1987. Mi madre eligiendo morir.

Terminé en la sala de entrenamiento casi de rebote. Era una puerta sin carteles en el ala norte que se abrió sola cuando me acerqué. Detrás había un espacio enorme con el suelo de piedra destrozado, muy parecido al Patio de Armas pero más recogido. Las paredes estaban llenas de un equipamiento que no parecía solo para hacer gimnasia; había marcas en el suelo que gritaban que allí también se venía a ensayar magia.

Estaba completamente sola. Perfecto. Me puse a ello.

Llevaba unos cuarenta minutos sudando la camiseta cuando oí la puerta.

No me hizo falta girarme para saber quién era. Hay gente que tiene una presencia que se nota antes de que hagan el más mínimo ruido, una especie de cambio en el aire que ya empezaba a reconocer demasiado bien.

—No te he invitado —solté sin frenar el ritmo.

—La sala es pública —Eryx se plantó en el borde de la pista, de brazos cruzados, mirándome—. ¿Cuánto llevas?

—Lo suficiente.

—¿Has dormido algo?

—¿Y tú?

Se hizo un silencio corto.

—No —admitió.

Me paré y me di la vuelta. Estaba apoyado contra el muro con esa postura del que se sabe dueño del lugar. Con la luz tan cruda de la sala parecía otro; no sé, más real que en los pasillos de la academia, como si aquí no hiciera falta mantener las formas.

—¿Qué quieres? —le pregunté.

—Entrenarte.

—Ya me entreno yo sola, gracias.

—Estás haciendo gimnasia —dio un paso al frente—. No es lo mismo.

—No quiero que me entrenes tú.

—Ya lo sé —cruzó el espacio que nos separaba y se colocó en el centro, a tres metros, con una naturalidad que daba rabia—. Hazlo de todas formas.

Le sostuve la mirada un momento.

—¿Cómo es que después de lo de anoche en la biblioteca no te ha dado por guardar las distancias? —le espeté—. Me has confesado que llevas décadas vigilándome sin mi permiso. Cualquiera con dos dedos de frente estaría ahora mismo en la otra punta de la sala.

—Yo no soy una persona normal —hizo una pausa—. Y tú tampoco.

—Eso no hace que esté bien.

—No —y ahí volvió a usar esa honestidad suya que te dejaba sin argumentos, precisamente porque no intentaba justificarse—. Pero es lo que hay.

El problema —el verdadero y puñetero problema que prefería no mirar de cerca— era que el tío tenía razón. No en el plano moral, porque ahí tenía motivos de sobra para mandarlo a la mierda y pensaba hacerlo en cuanto pudiera, sino por pura lógica. La magia que llevaba dentro era un desmadre. Lo del patio era la prueba de lo que pasaba cuando esa fuerza salía sin pedir permiso, y Eryx era el único en todo Noctis que parecía saber qué diablos tenía yo en las venas.

Me gustara o no.

—Vale —cedí—. Pero cuando acabemos, me lo cuentas todo.

—Cuando estés lista.

—Eryx.

—Cuando estés lista —repitió, y esta vez no sonó a excusa. Si hubiera sido otro tío en otra situación, habría parecido casi una promesa.

Empezamos por el físico. Fue bastante más duro de lo que me imaginaba.

No porque él fuera más fuerte —que también—, sino porque se movía de una forma rarísima. No parecía algo entrenado, sino más bien innato. No desperdiciaba ni un solo gesto, ni un ápice de energía. Era como si llevara tanto tiempo metido en ese cuerpo que supiera exactamente el esfuerzo mínimo que requería cada golpe.

—Aquí —me corrigió, moviéndome los pies de un toque—. El peso en el talón si recibes el golpe; en la punta si esquivas.

—Sé defenderme sola.



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En el texto hay: brujas, academia, darkromace

Editado: 19.07.2026

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