La Heredera de las Cenizas

Capítulo 9: El cuarto sellado

La visión no se me iba de la cabeza.

Era lo único claro que podía decir sobre los dos días que siguieron al entrenamiento con Eryx. El dichoso recuerdo se me había quedado incrustado en algún punto entre los ojos y la frente, y no había forma de sacarlo de ahí. Daba igual que estuviera en clase, haciendo ejercicio o cruzando cuatro palabras con Vera —que era lo más parecido a una conversación normal que se despachaba en Noctis—. Cerraba los ojos y volvía a ver la chimenea de fuego azul, a oír a mi madre a mi espalda y a verme a mí misma, de cría, jugando con una bola de luz en el suelo. Y a Eryx, claro, tapándome con su cuerpo.

Lo peor no era el recuerdo en sí. Lo peor era saber que era mío. No era un cuento de vieja, ni un informe, ni una foto vieja encontrada en un sótano. Era algo que yo había vivido, aunque hubiera tardado veinte años en enterarme.

Eso significaba que en algún lugar del mundo existía esa habitación de piedra. Que mi madre y yo habíamos estado allí. Y que Eryx también. Era un sitio real, no una fantasía, y estaba esperando a que lo encontrara.

Hablando de Eryx, llevaba dos días insoportable. Pero no con su distancia habitual de «mírame pero no me toques», sino como replegado en sí mismo. Las pocas veces que nos cruzábamos, me despachaba con monosílabos y cambiaba de tema con una destreza que me habría parecido brillante si no me hubiera dado tantas ganas de estamparlo contra la pared. Se notaba a leguas que le daba vueltas a la visión. Compartir ese recuerdo sin querer le había mostrado más cartas de la cuenta, y ahora el tío estaba recalculando su estrategia.

Y eso era, exactamente, lo que me ponía de los nervios.

La llave apareció el miércoles por la mañana.

Estaba metida dentro del libro de páginas en blanco, ese que llevaba mi nombre grabado pero seguía más limpio que una patena. Fui a cogerlo del escritorio, como hacía cada mañana por si la magia se había dignado a escribir algo por la noche, y al abrirlo, la llave cayó sobre la madera con un golpe metálico que retumbó en todo el cuarto.

La levanté. Era vieja con ganas, pero no de esas de decoración que venden en los mercadillos. Se notaba que tenía décadas: el metal estaba oscurecido por el tiempo, no por la roña. Era bastante larga y el mango venía labrado con el mismo dibujo de la torre norte —la espiral que termina en llama—, pero con un relieve mucho más enrevesado.

En cuanto la sopesé en la mano, la cicatriz me dio un aviso. No quemaba como cuando hay peligro, era más bien un cosquilleo flojo. Un «esto me suena».

Me la metí en el bolsillo y me bajé a desayunar.

Me pasé todo el día dándole vueltas a la llave con los dedos. A estas alturas, entre la foto del sótano, la movida del entrenamiento y todo lo que me había caído encima desde mi cumpleaños, el nivel de secretos que llevaba encima —en la cabeza y en los bolsillos— empezaba a ser insoportable.

Pero no entendí para qué servía hasta bien entrada la tarde.

Volvía de la última clase por el pasillo del ala norte cuando lo vi: un dibujo en el suelo que juraría que no estaba ahí antes. No estaba grabado en la piedra; brillaba muy flojo, lo justo para que te fijaras si ibas buscando cosas raras, pero totalmente invisible para cualquiera que fuera despistado. Era la espiral de siempre, pero esta vez se abría hacia un lado, como si indicara una dirección. Una flecha encubierta que apuntaba a las escaleras del fondo.

Unas escaleras que, según el plano que me estaba haciendo de Noctis, no tenían que llevar a ninguna parte.

Miré a izquierda y derecha. El pasillo estaba desierto. Así que decidí hacerle caso al dibujo.

Los escalones bajaban muchísimo más de lo que tocaba.

No es que se hundieran en las profundidades, era más bien que tardabas una eternidad en llegar al final para la altura que tenía el edificio por fuera. Otra vez el truco favorito de Noctis: el interior pasándose las leyes del espacio por el forro. Terminé en un corredor bajito, de esos que te hacen agachar la cabeza por instinto aunque no llegues a tocar el techo. Las paredes eran de una piedra tan desgastada que se notaba que esa zona era prehistórica en comparación con el resto del castillo. Como si hubieran construido la academia encima de aquello.

El suelo seguía lleno de marcas que me hacían de guía. Al final, tras un par de giros, el pasillo se ensanchó un poco y dio a tres puertas. Dos estaban abiertas de par en par y mostraban unos almacenes vacíos y oscuros que no tenían nada. La tercera estaba cerrada a cal y canto, con una cerradura del mismo metal que la llave que me quemaba en el bolsillo.

Me planté delante. La cicatriz seguía con ese zumbido sordo.

Saqué la llave y la metí.

Encajó a la primera, como un guante. Al girarla, el mecanismo cedió sin un solo crujido, con una suavidad que daba a entender que alguien se había molestado en engrasarla no hacía mucho.

Empujé la puerta.

El cuarto olía a tiempo. No ha cerrado, ni a humedad, ni a abandono, aunque tenía un poco de todo eso. Olía a madera vieja y a un perfume que no lograba ubicar, pero que me hizo frenar en seco con la mano en el marco de la puerta. Algo dentro de mí sabía perfectamente qué olor era, aunque mi cerebro no lograra ponerle nombre.



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En el texto hay: brujas, academia, darkromace

Editado: 19.07.2026

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