La Heredera de las Cenizas

Capítulo 11: Beso bajo amenaza

Me pasé todo el día siguiente esquivando a Eryx con unas ganas que ni yo misma me creía.

Era una contradicción constante: por un lado, resultaba fácil gracias a los pasillos laberínticos de Noctis y a que nuestros horarios no coincidían; por el otro, era una misión imposible. Eryx se había adueñado de un trozo de mi cabeza y las seis palabras de la carta de mi madre se habían instalado justo al lado. Entre los dos no me dejaban espacio para pensar en otra cosa.

No te fíes nunca de Eryx.

Y luego recordaba lo que él me había dicho el día anterior: «En esos años las cosas no eran tan blancas o negras. A lo mejor tenía parte de razón». Hablaba en pasado, sí, pero no había negado nada en presente.

Vera lo cazó al vuelo durante el desayuno, aunque prefirió no hacer preguntas, que era su forma de decirlo todo.

—¿Encontraste lo que buscabas? —soltó, fija en su taza.

—Encontré cosas que ni me imaginaba.

—Aquí siempre pasa lo mismo.

No le solté prenda sobre la carta ni sobre la advertencia de mi madre. No por falta de confianza, sino porque ni yo misma sabía qué coño hacer con esa información, y soltarla antes de tiempo me parecía un error sin vuelta atrás.

En la segunda clase de la mañana, Aldric interrumpió la lección para hablar con alguien que asomó por la puerta. No tardaron ni un minuto, pero cuando el profesor volvió a colocarse frente a nosotros, le había cambiado el gesto. Tenía esa tensión típica del que acaba de recibir una mala noticia y tiene que disimular como si nada delante de todo el mundo.

Obviamente, nos cosificamos al instante. Noctis era un nido de cotilleos.

Para la hora de comer ya rumiábamos tres versiones distintas: que si había movimiento sospechoso en el bosque, que si un alumno había visto sombras merodeando el campo de prácticas o que los sellos de protección del muro norte habían pegado un bajón por la noche. No sé cuál era la de verdad, a lo mejor las tres, pero el ambiente se había vuelto incómodo y pesado.

Busqué a Cael por el pasillo después del almuerzo. Era la primera vez que iba yo detrás de él en vez de esperar a que me asaltara en cualquier esquina.

—¿Qué pasa con los sellos del muro norte? —le solté a bocajarro.

Me midió con la mirada un segundo, sopesando sus palabras como hacía siempre.

—Pues que parpadearon, sí —hizo una pausa—. Lo que significa que algo arrimó el hocico desde fuera. Y, además —añadió con intención—, Eryx lleva metido en el despacho de Varek desde las seis de la mañana con tres profesores de los que ni dan clase.

—¿Cómo sabes que desde las seis?

Me dedicó una sonrisa de esas que no mienten.

—Porque Noctis tiene las paredes muy finas si sabes dónde pegar la oreja.

Me di la vuelta antes de que le diera por preguntarme a santo de qué venía tanto interés.

El follón empezó a las ocho y cuarto de la tarde.

Estaba en mi cuarto, con la carta de mi madre guardada en el escritorio al lado del libro en blanco y la llave, que por cierto había vuelto a aparecer en el bolsillo de mi jersey esa misma mañana por arte de magia. De repente, saltaron las alarmas. En Noctis no había sirenas; era un zumbido antiguo que nacía de las propias piedras del castillo, una vibración que te calaba en los dientes antes de que llegaras a oírla.

Salí disparada al pasillo.

Aquello era un caos organizado. Todo el mundo corría de un lado para otro intentando recordar un protocolo de emergencia que claramente no habíamos ensayado lo suficiente. Había gritos, órdenes a medias y las luces parpadeaban.

Al mirar por el ventanal del ala sur, vi un resplandor extraño en el muro exterior. No era de las farolas de la academia: era una luz azul y violenta, de esas que saltan cuando dos fuerzas mágicas chocan de frente.

Me acerqué al cristal, pero Vera me frenó en seco agarrándome del brazo.

—Hay que ir a las zonas de seguridad del ala central —me dijo a toda prisa—. Vamos.

—¿Quién está atacando?

—Ahora da igual, ¡muévete!

Le hice caso, pero tiré por el camino equivocado. No fue una decisión fría; fue ese instinto que ya sabía diferenciar del miedo normal. Me dio un tirón en la cicatriz, una especie de brújula interna que me empujaba hacia un sitio que mi cabeza no entendía, pero mi cuerpo sí. Oyera a Vera soltar un taco a mis espaldas, pero a esas alturas ya no sabía si me seguía o no.

El pasillo sur estaba completamente desierto.

Desde allí la vista del jardín acojonaba. Había un montón de siluetas moviéndose con una coordinación militar alrededor del perímetro. Eran mercenarios; esa fue la palabra que me vino a la mente antes de saber cómo llamarlos en el argot mágico. Gente que sabía perfectamente a lo que venía.

Las defensas del muro aguantaban, pero la luz azul de los impactos ya clareaba en dos puntos, señal de que el escudo estaba a punto de reventar.

Alguien me agarró por detrás. Me revolví por puro reflejo, pero era Eryx. Tenía una cara de urgencia que no le había visto en la vida.



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En el texto hay: brujas, academia, darkromace

Editado: 19.07.2026

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