La Heredera de las Cenizas

Capítulo 12: La ceremonia negra

Los rumores en Noctis funcionaban como el agua: encontraban la más mínima grieta, se colaban sin hacer ruido y, para cuando tú llegabas a un sitio, ya te estaban esperando.

El chisme del beso llegó al desayuno bastante antes que yo.

No me enteré de qué versión exacta corría por ahí porque nadie tuvo las narices de decírmelo a la cara, lo cual era todavía peor. Se notaba en las miradas de reojo, en los silencios sepulcrales que se hacían en cuanto pisaba una habitación y en el hueco enorme que dejaban los alumnos alrededor de mi mesa, como si necesitaran una distancia de seguridad. Isolde no apareció por el comedor. Cael sí, y me dedicó una mirada rarísima en él: limpia de su habitual postureo calculador, más bien evaluándome de verdad.

—Vaya nochecita, ¿no? —soltó.

—No tengo el cuerpo para hablar de esto, Cael.

—Si yo no te he preguntado nada.

Y ese era, precisamente, el puto problema.

Vera se sentó a mi lado con su taza de café y esa cara de póker que era su forma de decirme que lo sabía todo, pero que entendía perfectamente que no era el momento de meter el dedo en la llaga. Se lo agradecí en el alma. Cuando llevas días sin pegar ojo y estás bajo mínimos, lo último que necesitas es dar explicaciones.

Eryx ni asomó.

No estuvo en el desayuno, ni en la primera clase, ni en los pasillos durante los descansos. En otra situación aquello habría sido un alivio, pero allí dentro era una señal de alarma: algo muy gordo lo tenía ocupado. Y si algo era capaz de apartar a Eryx Deveraux de su obsesión por vigilarme de cerca, es que la cosa estaba que ardía.

A mediodía salí de dudas. El decano Varek entró en el comedor con su habitual tono de sargento y provocó el silencio absoluto de siempre.

—Esta noche —anunció— celebraremos el Ritual Anual de Noctis.

El ritual, a secas. Sin más apellidos. Como si todo el mundo supiera de qué iba la vaina. La palabra flotó en el aire como una piedra al caer en un estanque, dejando un rastro diferente en cada cara. Vi miedo en algunos, ganas en otros y, en los novatos, esa cara de absoluto despiste del que intuye por el tono general que es mejor no preguntar qué significa.

Vera me puso al día en el pasillo, hablando bajito y controlando que nadie se nos arrimara.

—Se hace una vez al año. Siempre por estas fechas, y siempre justo después del primer ataque exterior —me explicó—. La versión oficial dice que el ritual sirve para recargar los escudos de la academia. La realidad es que también sirve para dejar clarita la jerarquía.

—¿Cómo que la jerarquía?

—La magia del castillo reacciona según el alumno que entre al círculo. Los que tienen más potencial se vuelven más visibles. Y los que pertenecen a los linajes antiguos de Noctis... —hizo una pausa con segundas— brillan que da gusto.

—¿Y qué va a pasar conmigo?

Me miró a los ojos.

—Eso es lo que está deseando ver todo el mundo.

Las túnicas llegaron a las habitaciones a las cinco de la tarde.

Eran negras, largas, con el emblema de Noctis bordado en el cuello con un hilo que cambiaba entre el gris y el azul según le diera la luz. La mía, además, traía un extra que los demás no tenían. Me di cuenta porque Vera se asomó a cotillear: en el puño de la manga izquierda llevaba el mismo dibujo de la espiral y la llama, cosido tan diminuto que pasaba desapercibido si no ibas a buscarlo a posta.

No sabía si aquello era para darme seguridad o para ponerme más nerviosa.

Dentro de la caja, debajo de la túnica, venía la máscara. Era blanca, de porcelana o algo parecido, y calcaba las facciones de un rostro adulto, pero completamente liso, sin expresión. Era muy ligera y llevaba un enganche en los laterales que se ajustaba a la cabeza sin necesidad de cintas ni lazos.

Me quedé un rato mirándola, sopesándola en las manos.

A las cinco y media, Eryx apareció en mi puerta. Era la primera vez que nos veíamos desde la movida del túnel. El cruce de miradas fue una negociación muda en toda regla: cuánto íbamos a admitir, cuánto a ignorar y cómo íbamos a convivir en el mismo espacio sin que el beso de ayer se convirtiera en el elefante en la habitación. Aunque, obviamente, lo era.

—El ritual —le solté antes de que abriera la boca.

—Sí.

—No pienso ir.

—No tienes opción, Noa —entró en mi cuarto sin pedir permiso y cerró la puerta. En otro momento le habría montado un pollo, pero ya me daba igual—. El ritual es obligatorio. Si te quedas aquí metida, vas a llamar la atención. Y después de lo de anoche, lo último que te conviene es que te apunten con el dedo.

—Después de lo de anoche —repetí, y la frase me salió con un reproche que no pude contener—. ¿Vamos a hablar de eso de una vez?

—Ahora no.

—Conectas el piloto automático del "ahora no" cada vez que te interesa.

—Ahora no porque en tres horas vas a necesitar todos tus sentidos, y no puedes entrar ahí con la cabeza hecha un lío —me miró fijamente—. Hablaremos después del ritual.



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En el texto hay: brujas, academia, darkromace

Editado: 19.07.2026

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