La palabra reina me llegó al oído bastante antes del desayuno.
Nadie la soltó mirándome a los ojos —en Noctis nunca se hacían las cosas de frente—, sino en los huecos que quedaban entre frase y frase. Se notaba en los silencios que dejaban algunos alumnos a mi paso por el pasillo, o en cómo dos chicas de tercero cortaron en seco su conversación justo al verme girar la esquina. Volvieron a rajar en cuanto me alejé un poco, pero no lo bastante como para que no me llegara la última sílaba.
—...reina.
Habría sido más fácil hacer oídos sordos si no supiera que tenían razón.
Y eso era lo que peor llevaba: que la magia de Noctis —esa energía vieja que llevaba siglos impregnada en los muros, que había visto pasar a saber cuántas generaciones y que tenía su propio criterio sobre lo que importaba— me había reconocido. Y no como una alumna más, ni como una simple heredera de sangre. Me había colgado una etiqueta muy concreta, con unas consecuencias de las que nadie se había molestado en avisarme antes de soltarme en mitad de un círculo delante de trescientas personas.
A las ocho de la mañana busqué a Eryx en la sala de mapas del ala oeste.
Estaba de espaldas, con las manos apoyadas en la gran mesa central, concentrado en algo que no alcancé a ver. En cuanto entré, se dio la vuelta. Lo primero que me vino a la cabeza, antes de cualquier idea útil, fue que él tampoco había pegado ojo en toda la noche.
Lo segundo fue obligarme a que me importara un bledo.
—Lo sabías —le solté.
—Buenos días.
—No —cerré la puerta a mis espaldas—. No vayas por ahí. Sabías perfectamente lo que iba a pasar en el ritual. Sabías que la magia iba a reaccionar así conmigo. Tenías claro el resultado antes de que yo pusiera un pie en el círculo y no me soltaste ni una palabra.
—No sabía el resultado exacto —su voz sonaba tan templada como de costumbre, pero por debajo se intuía una tensión distinta, como una cuerda a la que le han dado una vuelta de tuerca de más—. Sabía que la cosa podía ser gorda. Pero no me esperaba esta escala.
—¿Ah, no? ¿Ver a trescientas personas hincando la rodilla no entraba en tus planes?
—No —hizo una pausa—. Eso superó cualquier previsión.
—Qué alivio saber que hay algo capaz de sorprenderte.
Me acerqué a la mesa. Él no se movió, cosa que ya me imaginaba, pero tampoco dio un paso hacia mí, y se lo agradecí. La distancia que nos separaba era justo la mínima que necesitaba para ser capaz de hilar dos frases seguidas sin trabarme.
—¿Qué significa esto? —pregunté—. Y háblame en plata, no me vengas con rollos de linajes, profecías o sangre antigua. ¿Qué significa a efectos prácticos para la semana que viene, o para el mes que viene? ¿Qué cambia?
—Todo.
—Eso no me dice nada, Eryx.
—Es la respuesta más sincera que te puedo dar —se apartó de la mesa y caminó hacia el ventanal con las manos en los bolsillos, adoptando esa postura suya de mirar hacia fuera cuando necesitaba pensar sin tener mis ojos encima—. La magia de Noctis ha dejado claro que tu linaje está por encima del resto. Y eso dinamita la jerarquía que las familias fundadoras llevan décadas manteniendo. Hay gente en esta academia cuyo estatus depende exclusivamente de que el quinto linaje siga enterrado —hizo una pausa con intención—. Y resulta que ya no lo está.
—Quieres decir que ya no estoy escondida.
—Viene a ser lo mismo.
—No, no es lo mismo —di otro paso al frente casi sin pensarlo—. Estar escondida implica que yo tomé la decisión de ocultarme. Y a mí nadie me preguntó. Nadie me ha preguntado nunca nada. Mi madre eligió por mí, Eloise eligió por mí, y tú llevas semanas decidiendo qué puedo saber y cuándo —me planté—. ¿Cuándo me va a tocar elegir a mí?
Se giró de golpe.
Su cara ya no reflejaba esa calma imperturbable de siempre. Era algo que normalmente guardaba bajo llave y que rara vez salía a la superficie; una expresión mucho más viva, más difícil de embridar.
—Llevas toda la semana buscando a quién echarle la culpa —dijo.
—Estoy pidiendo las explicaciones que me tocan.
—Estás buscando una diana —no lo dijo como un reproche, sino como quien constata un hecho, y eso me dolió más—. Lo que descubriste anoche es demasiado grande para digerirlo de golpe, necesitas canalizarlo contra algo, y yo soy el que está más a mano.
—Estás a mano porque eres el que más sabe y el que menos suelta.
—Sí —lo soltó a bocajarro, sin dudar—. Tienes razón.
—¿Y no te parece que va siendo hora de cambiar eso?
—Sí —otra admisión directa, a pecho descubierto—. También tienes razón en eso.
El gran problema con Eryx, lo que hacía que discutir con él fuera la cosa más desesperante del mundo, era precisamente eso: que nunca te negaba lo evidente. No había por dónde meterle mano porque no levantaba muros; se limitaba a quedarse ahí, firme como una roca, y mis reproches rebotaban en él sin moverlo un milímetro.
Pero esta mañana había algo distinto en el ambiente.
Editado: 19.07.2026