Tres días después del ritual, la gente en Noctis se había dividido en tres grupos bastante claros.
Estaban los que directamente se daban la vuelta cuando me veían venir. Los que se quedaban clavados mirándome desde lejos con una mezcla rarísima de respeto y acojone, sin que se notara cuál de las dos cosas pesaba más. Y luego estaban los hostiles; pero no con esa picaña tonta que se traía Cael al principio, sino con una frialdad mucho más sibilina y calculadora. Era la típica reacción de la gente que ve amenazado un estatus que le venía de perlas.
Aun así, nadie se atrevía a llamarme reina en alto.
Bueno, con una excepción: una tía de cuarto año se cruzó conmigo en el pasillo del ala sur y soltó algo al pasar, sin mirarme, con un hilo de voz que solo me llegó a mí. Era una palabra en un idioma que no había oído en mi vida, pero la entonación sonó a título señorial. Para cuando me giré, ya había desaparecido, y la cicatriz se me quedó zumbando los siguientes diez minutos con una intensidad que no había sentido hasta entonces.
Esa misma tarde, Vera me sacó de dudas.
—Cendris —dijo como quien te da la hora, con su habitual sangre fría—. Viene de la lengua que hablaban las familias fundadoras. De antes de que se repartieran el pastel y se pusieran apellidos propios.
—¿Y qué significa?
Se tomó su tiempo.
—La que queda —hizo otra pausa, midiendo el impacto—. O según cómo lo traduzcas: la última.
Llevaba esos mismos tres días esquivando a Eryx a conciencia, y él llevaba el mismo tiempo plantándose en mi radar con una precisión que no tenía nada de casual, pero tampoco de acoso. Me lo cruzaba al fondo de un pasillo, en la última mesa del comedor o en la puerta del ala norte justo cuando yo salía de la sur. Estaba ahí, sin acercarse, como si hubiera recalculado el espacio que necesitaba darme para no agobiarme, pero sin quitarme el ojo de encima.
Sinceramente, me ponía más de los nervios que si se me pusiera delante a cerrarme el paso.
Terminé en la biblioteca, que era mi refugio cuando la cabeza me iba a mil por hora, y también porque Vera me había dejado caer —era una artista de las indirectas— que en la sección de manuscritos del ala sur guardaban papeles sobre las guerras de linajes del siglo diecinueve que no salían en los manuales de clase.
Y allí estaban, justo donde me había soplado: en una caja de madera oscura, sin ningún rótulo por fuera y con el sello de documento interno de la academia. Dentro había varios pergaminos enrollados con un mimo que delataba que aquello era material sensible.
El primero que desenrollé resultó ser un árbol genealógico.
Pero no salían las cinco familias de los libros oficiales. Salían seis.
Eran seis ramas paralelas que nacían de un tronco común en el siglo dieciséis, con nombres escritos en ese idioma antiguo que ya me resultaba familiar. Cinco de las líneas continuaban hasta fechas recientes, algunas entrados los noventa y otras más para acá. La sexta, en cambio, se cortaba en seco en 1987 con un tachón en tinta roja. Se notaba que esa marca era posterior, añadida a la fuerza, y la letra me resultó dolorosamente conocida.
Al lado del tachón rojo aparecían dos iniciales: E.D.
Y el nombre de la familia que se extinguía en 1987, escrito en lo alto de la columna con una anotación a lápiz en el margen, decía:
Ashvaren.
No había visto ese nombre en un solo papel de Noctis desde que llegué.
Me pasé las siguientes dos horas devorando el resto de los pergaminos hasta que conseguí encajar toda la información sin que me estallara la cabeza.
Los Ashvaren no eran una rama secundaria de los fundadores; eran anteriores a todos ellos. Y no por un par de años, sino por siglos. Los registros más viejos los situaban ya en el siglo doce, controlando el cotarro mágico de media Europa antes de que las cinco familias organizaran sus propios clanes. Además, su magia jugaba en otra liga. No estaba especializada en un solo elemento o técnica como las demás —energía, elementos, sangre, tiempo o sombras—; la suya era completa. Dominaban los cuatro elementos y un añadido que los textos describían con distintas palabras según la época, pero que venía a significar lo mismo: magia pura, de la de antes de que se rompiera en pedazos.
En 1887 empezó lo que los manuscritos llamaban "la reducción".
Las cinco familias, que entonces estaban en todo lo alto, decidieron —el texto usaba la palabra acordaron, pero se leía la mala leche entre líneas— que los Ashvaren eran un peligro para el orden establecido. Que un solo clan con acceso a la magia total no podía convivir con cinco familias que solo tenían trozos sin provocar un descalabro permanente. Así que se pusieron manos a la obra de manera metódica, un proceso que les llevó décadas de limpieza silenciosa.
Y en 1987, justo cien años después de empezar la purga, aparecía la última anotación en el registro de los Ashvaren.
El nombre de la última heredera viva.
Y justo debajo, con la misma tinta roja y los trazos de Eryx, una sola palabra: Protegida.
Me quedé sentada en la silla, con los pergaminos desparramados y ese nombre dándome vueltas en la cabeza.
Editado: 02.08.2026