La Heredera de las Cenizas

Capítulo 16: Cenizas en el comedor

El colgante de los Deveraux llevaba dos días criando polvo en mi cajón, justo al lado de las notas amenazantes, la foto del sótano y la llave misteriosa. Cada vez que lo abría para coger cualquier chorrada, se me iba la vista a ese rincón y me quedaba empanada un segundo más de la cuenta.

Un escudo familiar en el cuello del tipo que intentó despacharme.

Y el hombre que lleva ese mismo apellido asegurándome que él juega en mi equipo.

Lo jodido era que yo no tenía forma de saber cuánta verdad había entre una cosa y la otra.

Eryx y yo nos habíamos pasado las últimas cuarenta y ocho horas metidos en una especie de tregua invisible que resultaba bastante más incómoda que cualquiera de nuestros pollos. Él estaba ahí, sin avasallar, y yo intentaba no buscarlo pero tampoco me daba la vuelta si aparecía. Nos movíamos con pies de plomo alrededor del elefante en la habitación que suponía aquel colgante, sin dar con la forma de hablar del tema sin volverlo todavía más oscuro.

Mientras tanto, Noctis se había vuelto un sitio de lo más idílico. Nótese la ironía.

La tensión se palpaba hasta en los ladrillos. Y no es un decir: los grabados del suelo del pasillo principal llevaban parpadeando a trompicones desde el ataque del jueves, y los profesores, que normalmente ni los miraban, ahora se quedaban empanados revisándolos con la cara del que comprueba un enchufe que da calambre. Las clases seguían su curso porque suspenderlas habría sido admitir que la academia hacía aguas por todas partes, pero el ambiente en las aulas pesaba una tonelada. Era como ese bochorno insoportable de antes de que rompa una tormenta; todo el mundo lo nota, pero nadie dice nada.

En el comedor, los corrillos también habían cambiado.

Olvídate de las mesas de los primeros días, donde la gente se juntaba por años o por afinidad. Ahora se agrupaban en comités más pequeños, cerrados a cal y canto, dejando huecos de seguridad entre mesa y mesa. Las conversaciones eran un murmullo cortito, con ese tono paranoico de quien mira de reojo por si el de al lado está orejeando.

Vera se sentó a mi mesa el viernes por la tarde, apareciendo de la nada con su sigilo habitual. Le echó un ojo al panorama antes de mirarme a mí.

—Esta noche hay cena de gala —soltó.

—Ya lo sé.

—Alumnos, claustro, todos metidos en el ajo. Preside Varek —hizo una pausa—. Es el protocolo oficial cuando se confirma que hay un traidor entre los muros. Juntan a todo el mundo en el mismo saco para ver a quién le da vergüenza dar la cara. O quién falta.

—¿Y quién va a faltar?

—Eso es lo que vamos a comprobar en un rato.

La cena de gala en Noctis tenía el mismo rollo que un almuerzo normal que un funeral que una reunión de oficina: el mismo sitio, la misma gente, pero un cuerpo completamente distinto.

Habían desmontado las mesas para montar un único rectángulo gigante que rodeaba el comedor, dejando el centro totalmente pelado. Las sillas miraban hacia dentro. Habían bajado la intensidad de las lámparas, creando un juego de luces y sombras que te marcaba las facciones a lo bruto, dejándote la cara expuesta al juicio de los demás. Varek capitaneaba el cotarro desde el extremo norte, flanqueado por dos profesores que no había visto en mi vida, lo cual ya era un mensaje en sí mismo.

Busqué mi sitio.

Eryx estaba tres asientos a mi derecha. Lo bastante cerca como para tenerlo controlado con la mirada periférica, pero lo bastante lejos como para que nadie pudiera decir que nos habíamos sentado juntos a posta. Cuando me acomodé, me miró de reojo un instante. En esa fracción de segundo se concentró todo lo que llevábamos dos días tragándonos.

La cena arrancó con ese silencio sepulcral que tienen las cosas solemnes.

Varek estuvo diez minutos soltando un discurso sobre la seguridad de la academia. Usó su tono de siempre y el mismo catálogo de palabras vacías, pero entre lo que decía y lo que se callaba había un abismo. Que si el peligro estaba controlado, que si se estaban tomando medidas, que si lo primero eran los alumnos... En fin, la típica cháchara institucional para intentar tapar que el barco se hunde.

Empezamos a cenar.

Y yo pillé la movida antes que el resto.

No fue por un ruido ni por nada visual: fue la cicatriz. Me pegó un viaje de repente, vibrando a una frecuencia que no era la de siempre. Esto no era un aviso tranquilo; era un ardor agudo que subía por el cuello a toda pastilla. Me puse rígida en la silla, clavando los ojos primero en el centro vacío del comedor, luego en las lámparas y después en los grabados del suelo que alcanzaba a ver desde mi sitio.

Estaban parpadeando.

Todos a la vez. Y no con ese ritmo fluido de cuando la magia se activa con normalidad; era un parpadeo frenético, síncopa, el latido de un motor a punto de gripar.

—Eryx —susurré, lo justo para que le llegara a él por encima del traqueteo de los cubiertos.

No me hizo falta llamarle dos veces; ya me estaba mirando.

Lo que vino a continuación pasó tan rápido que tardé horas en ordenar las piezas en mi cabeza:

Primero, la pared sur del comedor.



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En el texto hay: brujas, academia, darkromace

Editado: 30.08.2026

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