La mañana después del ataque, Noctis apestaba a piedra quemada.
Era un olor espeso, de los que no se van ni abriendo las ventanas de par en par ni dejando que el frío de octubre se colara por el boquete del muro sur. Los profesores lo habían tapado a la prisa con magia de contención, dejando esa misma luz azul parpadeante que ya usaron para acordonar el pasillo donde palmó Daan Voss. Pero el rastro del incendio iba más allá: se había incrustado en los ladrillos del edificio, en la madera de las mesas que se habían salvado a medias y en la propia ropa de los alumnos que estuvimos allí metidos.
Era la peste típica de las cosas que se rompen y ya no tienen arreglo.
Me desperté temprano —básicamente porque no pegué ojo— y porque a las cuatro de la mañana mi cuarto tenía esa atmósfera asfixiante de cuando la cabeza te va a mil revoluciones y el cuerpo es incapaz de seguirle el ritmo. Me senté ante el escritorio, abrí el cuaderno de páginas en blanco por puro aburrimiento, por hacer algo con las manos, sin esperar gran cosa.
Y resultó que no estaban tan en blanco.
Al menos no todas. Las diez primeras seguían vacías, igual que cuando llegué, pero a partir de la undécima aparecía un texto denso, con una letra diminuta que coincidía con el nombre grabado en la portada. La primera frase decía:
Ahora puedes leer esto.
Me pasé las siguientes dos horas pegada al papel.
Aquello era la historia de los Ashvaren, pero contada desde dentro, sin los filtros de los archivos de Noctis ni los pergaminos oficiales. Era el diario de mi madre: sus años de estudiante, la época anterior a 1987 y la encerrona que se olió cuando entendió que la purga iba a por ella. Y entre párrafo y párrafo, camuflado primero como un aliado y luego como algo bastante más enrevesado, salía a la luz un nombre que me resultaba demasiado familiar:
❝ E. lleva encima muchas más décadas de las que le tocan. No es natural, pero tampoco es un accidente. Hay una razón por la que el tiempo no le afecta, y es exactamente la misma razón por la que existes tú. Pregúntale algún día. Si es que llega ese día. ❞
Cerré el cuaderno de golpe.
❝ Si es que llega ese día. ❞
Mi madre lo había dejado por escrito asumiendo que igual nos mataban antes.
Pues mira, resulta que había llegado.
Vera me interceptó en el pasillo a las siete de la mañana, materializándose a mi lado con esa habilidad suya para aparecer justo donde hacía falta sin que nadie la llamara.
—Te están esperando —soltó—. Maren y otros dos. En el despacho del ala central.
—¿Está Varek?
—No —hizo una pausa—. Está fuera, intentando apagar los fuegos políticos que provocó el numerito de anoche.
—¿Lo de Maren hincando la rodilla?
—Eso, y la que liaste tú con tu magia en mitad del comedor —me repasó con esa mirada analítica suya que ya no me tocaba tanto las narices—. Lo de anoche no tuvo nada que ver con lo del patio de armas. Estuviste mucho más fina. Más al grano.
—No fue cuestión de control, Vera. Fue puro instinto.
—A veces es lo mismo —concluyó—. Los que quieren arrimarse a ti lo tienen claro. Y los que quieren quitarte de en medio, también.
El despacho del ala central era una habitación en la que no había pisado nunca, cosa que a estas alturas ya ni me sorprendía. Maren presidía la mesa junto a dos personas: una mujer bastante mayor que me sonaba de verla por el campus dando asignaturas raras y un tipo de mediana edad al que no le ponía cara.
Eryx también andaba por allí.
Nuestras miradas se cruzaron en cuanto crucé el umbral. Un segundo plano, sin florituras.
—Siéntate —me indicó Maren.
Me acomodé en la silla.
Lo que me soltaron en los siguientes veinte minutos tenía esa lógica aplastante y fría de las cosas que urgen. Según ellos, mi magia estaba en un punto de inestabilidad tremendo que el susto de anoche había terminado de desbocar. El viaje de energía que usé para frenar las llamas había abierto unos canales en mi interior que todavía estaban a medio hacer. Y tener esos conductos abiertos sin terminar de moldear era como dejar una herida abierta de par en par: se podía complicar, se podía infectar si absorbía magia chunga de fuera o, en el peor de los casos, la corriente podía revolverse contra mí y reventarme por dentro.
—¿Y qué se supone que hacemos? —pregunté.
Maren miró a Eryx.
Eryx miró a Maren.
—Un vínculo temporal —explicó la profesora—. Una especie de puente mágico entre dos personas compatibles. Usamos al que tiene la corriente más asentada como ancla para estabilizar al que está contra las cuerdas —matizó—. Es un ritual viejo. No se queda para siempre, solo el tiempo necesario para que tus canales cicatricen bien.
—¿Y quién dice quién es compatible conmigo?
La pregunta era pura retórica. Me bastó ver cómo se habían mirado antes de abrir la boca para saber por dónde iban los tiros.
Editado: 30.08.2026