Las secuelas del ritual me duraron tres días.
No era una constante: la conexión iba y venía, como la señal de una radio vieja que a veces sintoniza algo nítido y de golpe se pierde en la estática. Iba caminando por el pasillo y, de repente, me venía un bajón de algo que no era mío; sobre todo cansancio, o ese estado de alerta permanente que Eryx llevaba de serie y que yo ya sabía distinguir de mis propios nervios. Había momentos en que el residuo se esfumaba por completo, pero entonces me quedaba a solas con lo que había descubierto en su cabeza. Y eso no se iba con la estática.
Lo que encontré en él se me quedó clavado.
Se te queda de la misma forma que esas verdades que ya te hueles, pero que necesitas ver con luz y taquígrafos para terminar de creértelas del todo.
Los dos primeros días me dediqué a evitarlo con la excusa de que estaba convaleciente. Tampoco era mentira: el hombro izquierdo iba mejor, pero el viaje de magia corrupta que me había rozado te dejaba el cuerpo destrozado, y Maren me había mandado reposo con esa firmeza suya de quien no repite las cosas dos veces. Me agarré a eso. Descansé, sí, pero a mi manera: apalancada en el escritorio con el diario de mi madre abierto, los pergaminos del sótano desplegados y una lista de preguntas que no hacía más que crecer.
Eryx respetó las distancias esas primeras cuarenta y ocho horas.
Al tercer día, se plantó en mi puerta a las nueve de la mañana con la cara del que ha esperado lo que considera prudente y ha llegado a la conclusión de que no iba a haber un momento perfecto.
—Necesito pedirte un favor —soltó.
No le hice ademán de dejarle pasar.
—¿El qué?
—Que no lo dejes.
Le clavé la mirada.
—¿Cómo que no lo deje?
—Lo que estás haciendo ahí dentro —señaló con la cabeza hacia mi escritorio, donde se veían los mapas y las notas de mi madre—. Sigue rascando. Encuentra lo que haya que encontrar —hizo una pausa—. Tienes derecho a saber toda la verdad.
Era lo último que me esperaba oír de su boca.
—¿Y a santo de qué este cambio ahora?
—Porque el ritual ha roto los filtros. Ya no puedo seguir escondiéndote cosas —lo dijo frío, como quien constata un dato—. Y porque lo que se nos viene encima exige que entiendas dónde te estás metiendo. Sin que mi versión de la historia sea lo único que escuches.
Lo estuve estudiando un instante.
—¿Me vas a echar una mano?
—Si me lo pides, sí.
—Te lo pido.
Y entró.
Lo que Eryx me desveló esa mañana no venía en ninguno de los libros que me había empollado.
Estaba en su propia cabeza, en los cajones de su memoria que decidió abrir con la misma precisión con la que abría los pasadizos de Noctis: sabiendo qué llave tocaba y midiendo al milímetro cuánta información me soltaba.
Empezó por los años inmediatamente posteriores a 1987.
Mi madre había muerto en octubre de ese año, tres semanas después de hacerse la foto del jardín. En los registros de la academia figuraba como un accidente en unas prácticas de magia, pero aquello fue una trola. La emboscaron. La orden que llevaba décadas diezmando a los Ashvaren localizó a la última adulta del linaje y mandó a tres tipos a por ella. Eryx llegó a tiempo, pero solo para salvar una parte de los muebles: me sacó de allí antes de que el cerco se cerrara del todo.
A ella no llegó a tiempo de salvarla.
De ahí venía la culpa que le había sentido durante el enlace. No era un remordimiento abstracto; tenía fecha, nombres y el peso muerto de lo que pasa en un segundo y ya no puedes arreglar en la vida.
—Lo sé —le interrumpí—. Ya me lo habías contado.
—No todo —matizó—. Lo que vino después, no.
Y lo que vino después era lo que llevaba semanas callándose como un muerto.
Se pasó los meses siguientes al 87 cazando a los tres miembros de la orden que habían estado en el asalto. No iba con denuncias ni pretendía llevarlos ante los tribunales de la academia; al fin y al cabo, la institución formaba parte del mismo entramado. Quería asegurarse de que nadie pudiera volver a tirar del hilo de los Ashvaren.
Los tres terminaron bajo tierra.
Me lo soltó con la misma tranquilidad con la que te habla del tiempo, y en esa parsimonia había algo jodidamente honesto: no buscaba que le palmeara la espalda ni intentaba justificarse; simplemente puso los hechos sobre la mesa y dejó que el peso cayera entre los dos.
—¿Y luego? —pregunté.
—Luego ya estábamos en 1988. Tú eras un bebé de un año, Eloise te criaba en Madrid y solo seis personas en todo el planeta sabían que estabas viva.
—¿Y te dedicaste a espiarlas a todas?
—A todas.
—¿Durante cuánto tiempo?
—Hasta hace tres meses.
Me quedé de piedra.
—¿Hasta hace tres meses?
—Hasta la noche que entraste por las puertas de Noctis —aclaró—. En ese momento, el escudo de vigilancia se trasladó aquí dentro.
Veinte años de marcaje al hombre sobre las únicas seis personas que sabían de mi existencia. Y no desde lejos; se conocía al dedillo sus rutinas, con quién hablaban, cuándo bajaban la guardia y cuándo no. Había pagado una fortuna por esos informes y por la gente que se los conseguía, usando recursos que a veces iban más allá del dinero: favores, soplos, cosas que en el mundillo de la aristocracia mágica valen el triple que los billetes.
Por el camino había mandado al traste alianzas que le habrían venido de perlas para subir escalones en Noctis. Mandó a la porra relaciones con familias influyentes que le habrían sido útiles si hubiera jugado sus cartas de otra forma. Se pasó tres décadas siendo el verso suelto del consejo Deveraux, el tío que iba a su bola y del que todo el mundo sospechaba que guardaba un cadáver en el armario, pero al que nadie se atrevía a toserle porque interrogar a Eryx Deveraux requería unos arrestos que casi nadie estaba dispuesto a financiar.
Me pegué una hora escuchándolo.
Editado: 30.08.2026