La Heredera de las Cenizas

Capítulo 19: La traición perfecta

La corona me cayó del cielo. Yo no la andaba buscando.

Maren me la trajo el lunes a primera hora, envuelta en un trapo oscuro y con esa misma parsimonia eficiente con la que despachaba cualquier tarea. La soltó sobre el escritorio y me resumió el percal en dos pinceladas; ya sabe que los discursos largos no cambian la realidad de las cosas.

Era una reliquia de los Ashvaren. La habían encontrado en el sótano sellado tres días después de que yo metiera la llave mágica. Pero olvídate de una tiara de oro para lucir en los bailes; aquello era un aro de metal mate, tosco, con los mismos grabados de mi cicatriz cincelados por dentro. De esos artefactos que no se llevan por estética, sino que se activan. Tenía una función muy concreta —y bastante peligrosa— relacionada con el potencial que yo todavía guardaba bajo llave.

—¿Y esto para qué sirve exactamente? —le pregunté.

—Para liberar el nombre —se limitó a decir—. Funciona como un amplificador de lo que digas durante el ritual. Si intentas soltar ese poder a pelo, el viaje te revienta por dentro. Con esto puesto, tienes un pararrayos.

—¿Lo escondió mi madre?

—Sí. Sabía que darías con ello en cuanto estuvieras lista.

El trapo oscuro, el tacto helado del metal y esos símbolos que me daban un calambre sutil en las yemas de los dedos en cuanto los rozaba. Terminé metiendo el bicho en el cajón de las cosas pendientes, ese rincón donde acumulaba todo lo que me venía grande: las cartas, la foto y la dichosa llave.

Aquel cajón ya no daba más de sí.

Los dos días siguientes me los pasé haciendo caso a Eryx: rascando en los archivos, uniendo puntos y montándome la película por mi cuenta, sin sus filtros. Y el retrato que saqué de él era mil veces más enrevesado y turbio de lo que imaginaba. Había tantas contradicciones que, al final, el resultado era un tío que resultaba ser lo mejor y lo peor que me había cruzado en la vida. Ahí residía el verdadero problema.

Era imposible encasillarlo.

Y mira que lo intenté; quería reducirlo a una etiqueta cómoda. O el monstruo que destrozaba familias enteras por un ataque de paranoia, o el hombre que llevaba treinta años cargando con una cruz en absoluto silencio. Pero es que era las dos cosas a la vez, y una faceta no borraba la otra por mucho que me empeñase.

El martes coincidimos en la biblioteca. No nos dijimos ni un hola. Nos pusimos a trabajar cada uno en una punta de la sala y nos pegamos dos horas sumergidos en el silencio más denso que habíamos compartido nunca, que ya es decir.

Cuando recogí los bártulos para marcharme, todavía sin abrir la boca, me frenó en seco:

—¿Cómo vas?

No era una pregunta de cortesía. Era su manera de decirme que le importaba la respuesta.

—Ni puta idea —solté.

—Vale.

Y salí de allí.

La idea de quitarme el muerto de encima me la dio Vera.

Bueno, a su manera, que Vera no es de las que te da consejos tomando un café. El miércoles por la tarde, mientras paseábamos por el invernadero —donde el frío de noviembre ya estaba haciendo estragos—, me soltó que tener la corona en mi cuarto era una temeridad con la velocidad a la que se estaba desmoronando la política en Noctis. Un artefacto tan ligado al poder de mi familia era el blanco perfecto para la orden; estarían deseando echarle el guante antes de que a mí me diera por estrenarlo.

—¿Y dónde se supone que la meto?

—Sácala de tu habitación. Dásela a alguien.

—¿Y de quién me fío yo en este castillo?

Me clavó la mirada.

—Esa es la pregunta del millón.

Le estuve dando vueltas toda la tarde, por la noche y a la mañana siguiente. La conclusión a la que llegué era la única lógica dentro de esta locura: solo confiaba de verdad en dos personas. Una era el tipo del que aún no sabía si era el villano más retorcido del mundo o mi mejor escudo.

La otra era Vera.

Se la encasqueté el jueves a las ocho de la mañana, envuelta en el mismo trapo y con cuatro instrucciones básicas: lo que era, lo que hacía y la orden tajante de no desenrollarla a menos que yo se lo pidiera.

Vera la sopesó con las dos manos, midiéndome con esos ojos clínicos suyos.

—¿Te fías de mí? —preguntó.

—Más que del resto de alternativas, desde luego.

—¿Eso es un sí?

—Es lo más parecido a un sí que vas a sacarme ahora mismo.

Asintió y se la guardó.

La corona no duró ni doce horas en su sitio.

Me enteré porque Vera vino a buscarme a las cinco de la tarde con una cara que no le había visto en la vida. Adiós a su habitual sangre fría. Estaba pálida, con una expresión de desconcierto auténtico, no esa sorpresa ensayada de quien te cuenta un cotilleo que ya se sabe.

—Ha volado, la corona ha desaparecido. —soltó.

—¿Cómo que ha volado?

—La tenía en mi cuarto. En el armario, al fondo, tapada con otras cosas —hizo una pausa para coger aire—. El mueble estaba cerrado con llave y le había metido un sello mágico que solo sé levantar yo. Al volver de la clase de las cuatro, la cerradura estaba intacta, pero el trapo estaba vacío.



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En el texto hay: brujas, academia, darkromace

Editado: 30.08.2026

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