El bosque tenía esa manera extraña de guardar silencio cuando algo importante estaba a punto de ocurrir. Como si los árboles contuvieran el aliento, como si el viento se apartara para abrir paso a un secreto largamente dormido.
Era el segundo día desde que ella había despertado. El tiempo transcurría lento, denso. Cada hora se sentía como un día, cada minuto como una hora. El mundo exterior se había reducido a los límites de la cabaña y el claro circundante.
Se movía por la cabaña descalza, envuelta en una manta como si fuera un vestido de la realeza. Aunque no supiera su nombre, se conducía con el porte de alguien acostumbrada a ser obedecida, con una gracia innata que contrastaba con la rudeza del entorno. Sus ojos miel recorrían cada rincón de la cabaña, a ratos curiosos, a ratos desconfiados, analizando cada detalle como si buscara una pista, una respuesta a su olvido.
Un pensamiento la atravesó como una espina helada: ¿y si realmente la tenía allí contra su voluntad? ¿Y si todo lo que contaba sobre el fuego y los veinte días era una mentira bien tejida, un engaño para mantenerla cautiva? La idea la aterraba, pero no podía evitar cuestionar la realidad.
—Quiero salir —dijo al fin, con un tono firme, casi autoritario, que sorprendió incluso a Leo.
Leo, sentado en un banco de madera junto a la ventana, sostenía una franela grasienta y una daga sin terminar de afilar. La hoja brillaba tenuemente bajo la luz del sol, reflejando su rostro concentrado. Levantó la mirada con una mezcla de paciencia y molestia.
—No estás lista para andar por allí sola. Ayer apenas podías caminar sin parecer un cervatillo recién nacido... y ni siquiera tienes ropa apropiada. —Intentó suavizar el tono, pero la preocupación se filtraba en sus palabras.
Ella arqueó una ceja y lo miró casi recordándole la conversación del día anterior. No dijo nada, pero sus labios dibujaron una mueca que gritaba: Pervertido. La acusación silenciosa lo irritó, pero también lo divirtió.
Leo apretó la mandíbula y suspiró resignado.
—Ya llamé a mi madre. Vendrá con ropa, comida y... cosas de mujer. También vendrán mis hermanos menores. Este bosque no es seguro para alguien que no sabe ni su nombre, ¿entiendes?
Ella entrecerró los ojos, evaluando cada palabra, como si buscara la trampa escondida en su amabilidad. Su mirada era intensa, penetrante, como si pudiera leer sus pensamientos.
—No quiero ver a tu madre. Eso suena a compromiso demasiado grande para una desconocida. ¿Por qué estás siendo tan amable conmigo?
Leo se inclinó hacia atrás, chasqueando la lengua. Su paciencia comenzaba a agotarse.
—También lo es para mí, por si te interesa. No estoy acostumbrado a cuidar de extraños que caen del cielo. Pero aquí estamos.
Ella bajó la mirada un instante, como si pensara demasiado, y luego dejó escapar una sonrisita casi traviesa.
—Ayer tenía hambre. Hoy tengo curiosidad. Cada día se tiene una necesidad diferente, Sir Leo.
Leo resopló, incrédulo.
—No vas a dejarlo pasar, ¿verdad?
Ella se encogió de hombros, con un brillo juguetón en los ojos color miel.
—¿Vas a seguirme como un cachorro guardián o vas a confiar en mí por una vez? Necesito saber quién soy, y no voy a descubrirlo encerrada en esta cabaña.
Él tomó su capa de lana gruesa, de un color gris apagado, y la echó sobre los hombros de ella con brusquedad.
—No te me pierdas. Si gritas, yo voy. Y no te alejes del claro, ¿entendido?
—¿Y si no grito? —preguntó ella, con una sonrisa enigmática.
Leo la miró con seriedad, aunque la comisura de sus labios temblaba con una sonrisa contenida.
—Entonces corre, porque seguro hiciste algo estúpido.
Y dicho eso, abrió la puerta de la cabaña y la dejó pasar primero. Ella salió al claro como si hubiera estado esperando ese instante toda su vida, aspirando el aire fresco con avidez y dejando que el sol se filtrara sobre su piel.
El bosque amanecía hermoso aquella mañana.
La luz se filtraba en haces dorados entre las hojas, iluminando motas de polvo como si fueran luciérnagas perezosas. El aire era fresco y húmedo, cargado de aromas terrosos y dulces.
Desde su banco improvisado junto al tronco de un árbol caído, Leo no apartaba los ojos de ella.
La chica de fuego caminaba descalza sobre el pasto húmedo, envuelta todavía en la manta y cubierta por su capa, aunque se la había acomodado como si fuera un vestido. Tocaba las flores silvestres con delicadeza, rozaba los helechos con curiosidad, respiraba profundo como si cada bocanada fuera un regalo que llevaba siglos esperando.
Leo entrecerró los ojos y suspiró. Tenía que admitirlo: había algo hipnótico en verla moverse, tan ajena al mundo y, al mismo tiempo, tan dueña de él. Pero no la dejaba ir más allá del claro. Desde allí podía vigilarla. No era desconfianza, era prudencia. Necesitaba protegerla, aunque no supiera de qué.
El sonido de ruedas acercándose detrás lo sacó de sus pensamientos. Giró sobre sus talones y vio el carro de su madre abrirse paso entre los árboles, siguiendo el sendero sinuoso que conducía a la cabaña. Dorian manejaba el carro con cuidado mientras Elian sacaba la mitad de su cuerpo por la ventana, saludando animadamente desde los asientos traseros.
—¡Mamá! —sonrió, dejando la lanza contra el tronco. Se levantó y corrió a recibirla, abrazándola con fuerza. Necesitaba su apoyo, su consejo.
Pero la mujer no devolvió la sonrisa. Sus ojos, oscuros y atentos, lo recorrieron de pies a cabeza, examinando cada detalle como si buscara una herida oculta.
—Has estado demasiado tiempo aquí —dijo con un tono más preocupado que reprochador—. Dijiste que entrenarías un par de días mas, no veinte. Tus hermanos me contaron lo que viste... y lo que no nos cuentas?
Leo bajó la mirada, incómodo. Sabía que no podía ocultarle nada a su madre. Ella siempre descubría la verdad.
Detrás, los gemelos lo saludaron con un gesto breve, un asentimiento de cabeza casi imperceptible. Apenas un "hermano" entre dientes antes de pasar directo a la cabaña, cargando las provisiones que habían traído en el carro. No hicieron bulla, no pidieron explicaciones: sabían que cuando la madre estaba seria, era mejor no tentar la suerte.