La Heredera del Fuego

004. Dorian y Elian

Dorian y Elian tenían dieciséis años y eran gemelos solo en el sentido biológico de la palabra. A simple vista, cualquiera habría jurado que apenas compartían el apellido… y los mismos ojos gris claro que también heredó Leo.

Ahí terminaban las similitudes.

Elian, el menor por exactamente un minuto —detalle que jamás perdía oportunidad de recordarle al mundo—, era cinco centímetros más bajo, de piel siempre dorada por el sol. Su mandíbula definida y sus ojos almendrados le daban un aire decidido que se desmentía por completo con su cabello castaño claro, eternamente rebelde, cayéndole sobre la frente como si tuviera vida propia. Vestía con descuido calculado, con esa coquetería natural de quien vive esperando que alguien se enamore por accidente.

Dorian, en cambio, parecía hecho de porcelana. La piel clara, el cabello lacio impecablemente peinado, el mismo gris en los ojos pero con una calma que contrastaba con el caos de su hermano. Era orden, era equilibrio… al menos por fuera. Por dentro, molestaba con la misma eficacia.

—Yo digo que Leo perdió la cabeza —anunció Elian, colgado boca abajo del marco de la ventana, con las piernas enganchadas y los brazos sueltos como un murciélago—. Oficialmente, clínicamente, irrecuperablemente loco.

—Yo digo que vio una ardilla particularmente peluda y se enamoró —añadió Dorian, con un trozo de pan entre los dientes mientras intentaba equilibrar una botella de agua sobre la cabeza.

—O se autoexilió por un trauma profundo —continuó Elian, soltándose con un giro torpe que casi lo hace caer—. ¿Quién se queda más de veinte días en el bosque sin Wi-Fi?

—Capaz encontró a su alma gemela entre los árboles —dijo Dorian, llevándose una mano al pecho—. Una ninfa misteriosa de cabello ardiente y patas de ciervo.

—O una influencer caída del cielo —agregó Elian.

Chocaron hombros entre risas.

Su madre no participaba de la función. Los ignoraba con la serenidad de quien ha criado gemelos por dieciséis años sin perder la cordura. Sentada en la terraza, envuelta en una manta tejida de grises y azules, sostenía una taza de té caliente entre las manos. Desde allí dominaba todo el valle. Más allá, el bosque dibujaba una línea oscura contra el cielo que comenzaba a teñirse de naranja y violeta.

La casa era amplia y moderna, de grandes ventanales y madera clara. Todo estaba ordenado con una pulcritud casi impecable, pero no cálida: libros antiguos en las repisas, una daga ceremonial enmarcada en la pared del salón, plantas que parecían cuidarse solas. Lo nuevo y lo ancestral coexistían sin mezclarse del todo.

—Mamá —dijo Dorian, dejándose caer frente a ella—, ¿nos estás ignorando porque sabemos que decimos tonterías… o porque tenemos razón?

Ella no apartó la vista del horizonte.

—Los ignoro porque no necesito especulaciones antes de la cena.

—Pero esto es serio —insistió él—. ¿Y si de verdad encontró una mujer? ¿Y si es peligrosa? ¿Una fugitiva? ¿Una princesa hechizada? ¿Una deidad con amnesia?

—Una deidad… claro —bufó Elian—. ¿Y tú qué harías si una deidad cae del cielo?

—La invito a cenar, le pido su Instagram y que me ayude con álgebra.

La madre dio un sorbo lento a su té.

—Leo no estaba delirando cuando habló de ella —dijo entonces—. Estaba… preocupado. Y si dice que encontró a alguien en el bosque, es porque así fue.

Las risas se apagaron.

—Entonces, ¿por qué no fuimos todos juntos a Leo a buscarla? —preguntó Elian, más serio.

Ella bajó la taza con suavidad.

—Porque el bosque está tranquilo —respondió—. Demasiado. Y cuando el bosque está así… es porque espera algo.

Los gemelos se miraron.

—¿Crees que la cuida por algo importante? —preguntó Dorian.

La mujer observó la línea oscura de los árboles.

—Si esa chica llegó con fuego y silencio… entonces no es una cualquiera. Y Leo no se queda por capricho.

—¿Vamos a visitarlo otra vez? —preguntó Elian.

—Sí. Llevemos mas comida, mantas… y tráigamos de vuelta mi maldita tranquilidad.

La noche había caído como un telón sobre el bosque.

En medio del claro, la cabaña parecía flotar en la penumbra. El fuego en la chimenea proyectaba sombras vivas contra las paredes. El aire era frío. Denso.

Aerlyss dormía sobre pieles y mantas, inquieta. El sudor le perlaba la frente. Su respiración era irregular.

Leo estaba sentado en el suelo, con la daga entre las rodillas. No parpadeaba. La puerta era su único punto de enfoque.

Entonces, el sueño llegó.

Primero, calor.

Luego, fuego.

No afuera. Dentro.

Una sala inmensa de columnas cristalinas y suelo quebrado. Gritos. Caos. Llamas devorándolo todo. Un hombre de cabello plateado gritaba desde una plataforma en ruinas:

—¡Aerlyss! ¡Corre! ¡Escapa!

Las llamas lo devoraban todo, consumiendo el mundo a su alrededor.

—¡Aerlyss! —la voz volvió a sonar, insistente, desesperada—. ¡Despierta!

Despertó jadeando, sobresaltada. Sus manos desprendían fuego que de alguna manera no quemaba. El rostro de Leo estaba inclinado sobre ella, su mano firme en su hombro, intentando calmar su pánico.

—Tranquila. Estás bien. Aquí estás segura. —Sus palabras eran suaves, pero firmes, transmitiendo una seguridad que ella necesitaba desesperadamente. Poco a poco las llamas de sus manos cesaron y sus brazos rodearon la nuca de Leo sujetándose fuertemente en un abrazo necesitado.

Ella temblaba, presa del terror. Las lágrimas le recorrían por las mejillas, dejando rastros brillantes a su paso.

—Vi... vi un lugar en llamas —dijo con voz rota—. Un hombre me gritaba que despertara. También había una mujer... me gritaban un nombre... Aerlyss. Talvez sea mi nombre, Leo ese debe ser mi nombre.

Leo la miró en silencio durante unos segundos, como si midiera cada letra.

—Aerlyss... —repitió despacio, saboreando el sonido de su nombre.

Ella asintió.



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En el texto hay: princesa, fuego, boyslove

Editado: 07.01.2026

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