El palacio estaba tan silencioso como siempre. Quizá demasiado.
La luz de la mañana caía en ángulo por las ventanas altas, deslizándose sobre las alfombras carmesí, encendiéndolas como brasas. Los retratos de antiguos monarcas observaban desde sus marcos dorados con ojos severos, inmóviles testigos de siglos de secretos. Los pasos de los sirvientes eran suaves, medidos. Las puertas se abrían y se cerraban con cuidado excesivo. Los guardias cambiaban turnos con precisión impecable.
Todo seguía funcionando. Todo estaba demasiado perfecto.
Katheryn D’Lafonte, heredera al trono, no estaba allí.
Y eso no debía saberse.
La versión oficial circulaba sin fisuras: la princesa se encontraba en un retiro privado. Un mes de descanso. “Vacaciones reales”. Comunicados impecables, redactados por asesores expertos. Una fotografía antigua publicada en las redes oficiales, donde Katheryn sonreía con elegancia. Incluso su habitación seguía siendo atendida cada mañana: la cama tendida, las cortinas corridas, las velas perfumadas encendidas, el piano cuidadosamente afinado.
La ilusión estaba completa.
Pero el único que no participaba de esa farsa era el Rey.
En la biblioteca privada, entre muros cubiertos de estanterías infinitas, Demian D’Lafonte permanecía inclinado sobre un escritorio de madera oscura. Mapas extendidos. Informes marcados con tinta roja. Coordenadas, rutas, accesos restringidos. Su mano se cerraba con fuerza sobre el borde del escritorio.
El cabello le parecía más gris que de costumbre. Las ojeras le oscurecían el rostro. Era el hombre más poderoso del reino… y aun así, en ese instante, solo era un padre que no sabía dónde estaba su hija.
—Encuéntrenla —había ordenado horas antes.
No alzó la voz. No hizo amenazas. No necesitó hacerlo.
La orden había viajado por un círculo reducido: jefes de seguridad, rastreadores especializados, agentes encubiertos. Ningún medio. Ningún comunicado adicional. Ningún error que pudiera desatar rumores.
Pero Demian sabía que algo se estaba quebrando.
Cuando al fin lograba dormir, una voz regresaba a su mente.
No era un recuerdo borroso. No era un sueño cualquiera. Era un eco claro, firme… vivo.
“Demian… nuestra hija está a salvo.”
Esa voz.
La había amado. La había perdido. Y la odiaba por seguir sonando tan segura.
“Dejaste a nuestra hija a mi cuidado y ahora te la llevas como si fuera nada más tuya.”
—Kiara… devuélveme lo que un día me diste —murmuraba a veces, sentado en la habitación vacía de Katheryn, con la corona reposando sobre la mesa de noche como un peso imposible.
A kilómetros de allí, lejos de tapices, tronos y mentiras, Aerlyss masticaba en silencio un pedazo de pan duro.
Estaba sentada frente a Leo, junto a una mesa improvisada hecha con troncos. El aire frío del bosque se colaba entre los árboles. El desayuno era sencillo: pan, queso, algunas frutas secas. La austeridad ya no resultaba incómoda; comenzaba a ser rutina.
—Tienes algo en la cara —dijo ella de pronto, señalándolo.
Leo levantó la mano y se limpió sin mucha convicción. —Debe ser mi cara. Vino así de fábrica.
Aerlyss soltó una pequeña risa, pero su mirada se perdió enseguida en la taza de té humeante entre sus manos.
—Soñé otra vez —dijo, más bajo.
Leo la observó con atención inmediata. —¿Pesadilla?
Ella negó con la cabeza. —No… fue distinto. Estaba en un lugar enorme. Con columnas de cristal. Todos me miraban. No con miedo… con respeto. Como si yo… —tragó saliva— como si yo fuera alguien importante de verdad.
Leo no bromeó esta vez. Se incorporó apenas en su asiento.
—¿Qué sentías?
—Presión. Soledad. Y algo como… responsabilidad —respondió con un hilo de voz—. Como si muchos dependieran de mí.
Leo apoyó los codos en las rodillas. —Eso no suena a un simple sueño.
—Eso es lo que me asusta —susurró ella—. Empiezo a sentir que no estoy aquí por casualidad.
Un silencio denso se instaló entre ambos.
—Aerlyss —dijo él con cuidado—, no importa quién hayas sido antes. Aquí estás viva. A salvo. Eso es lo que cuenta.
Ella alzó la mirada. —¿Y si mi pasado no me permite quedarme?
Leo bajó los ojos un segundo. —Entonces tendré que aceptar que no todo lo que se encuentra… se puede retener.
Ella lo observó con atención nueva. —¿Siempre eres tan sabio cuando no te burlas?
—Solo cuando la situación es peligrosa —respondió con una media sonrisa cansada.
Aerlyss dejó el pan a un lado. —Quiero aprender a lanzar la daga desde diez pasos.
—¿Para qué?
—Por si mi pasado decide venir a buscarme.
Leo la miró largo rato antes de asentir. —Entonces hoy no entrenamos para jugar. Hoy entrenamos para huir… o para luchar de verdad.
Por primera vez, Aerlyss no sonrió. La voz resonó otra vez en su mente.
“Aerlyss… vuelve…”
Esta vez no fue un susurro lejano. Fue claro. Tan nítido que Aerlyss sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Se quedó inmóvil, con la taza aún entre las manos. La superficie del té tembló apenas.
Leo lo notó al instante.
—¿Aerlyss? —dijo, incorporándose—. ¿Qué te pasa?
Ella parpadeó despacio, como si regresara de golpe al presente. —Acabo de… escucharla otra vez.
—¿La voz?
Asintió.
—Una mujer —susurró—. Me dijo que volviera.
Leo sintió un nudo en el estómago. Se acercó un poco más. —Puede ser solo tu mente intentando ordenar los recuerdos —dijo con cuidado—. Con amnesia es normal que aparezcan voces, fragmentos, sensaciones sueltas. No significa que sea real. No todavía.
Aerlyss apretó la manos alrededor de la taza. —Pero se sintió real.
—Eso también es normal —respondió él con suavidad—. Tu cabeza está tratando de reconstruirse. Forzarla solo puede confundirte más.
Ella respiró hondo.
Leo dudó un instante antes de hablar otra vez. —Aún podemos ir a la ciudad. Hay médicos. Incluso podrías ir a la policía. Yo estaré contigo. No dejaré que nadie te lleve a la fuerza.