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Había pasado un mes y medio desde que la joven cayó del cielo y alteró la rutina de Leo. Tres semanas desde que despertó, miró a su alrededor y preguntó quién era. Desde entonces, el bosque —silencioso, paciente— comenzó a responderle sin necesidad de palabras.
Aerlyss se movía entre los árboles con una facilidad que no tenía sentido. El viento la rozaba como si la saludara; las raíces parecían apartarse a su paso. No era magia visible. Era algo más primitivo, profundo: conexión.
Se arrodillaba entre los helechos, apoyaba la palma sobre la tierra húmeda y, al cerrar los ojos, sentía un pulso que no venía de ella. El bosque le hablaba… o le devolvía recuerdos que no sabía que tenía.
Aquella mañana jugaba junto al río, lanzando piedras planas que saltaban sobre el agua. Corría descalza, trepaba troncos, reía sola. A ratos murmuraba palabras que no entendía. El bosque no la cuestionaba. La aceptaba.
Leo, en la cabaña, barría la entrada con una escoba. No la había visto en horas. El pecho le apretaba con una ansiedad que intentaba ignorar.
Pensó que era más sencillo cuando ella estaba inconsciente, pero el pensamiento lo golpeó con culpa. Ahora que reía, ahora que vivía, temía perderla.
El ruido de ruedas lo sacó de golpe. Un auto se detuvo frente a la cabaña. Leo frunció el ceño: nadie avisaba antes de ir.
—¡Sorpresa! —gritó Elian, asomándose por la ventana del carro como si fuera una película mala.
Leo cruzó los brazos.
—Dime que trajiste comida.
—Traemos algo mejor —respondió Dorian, bajando con una caja de empanadas y una expresión de funeral—: una intervención.
La madre de Leo descendió del auto con esa calma que siempre anunciaba problemas. Su cabello blanco recogido en un moño firme, sus ojos grises evaluándolo todo. Vestía la misma chaqueta beige, los lentes brillando como si ya hubiera visto más de lo que decía.
—¿Y bien? —preguntó secamente—. ¿Dónde está la chica envuelta en fuego?
Leo se tensó.
—Salió a explorar.
—Claro —bufó Elian—, las mujeres de fuego salen a recolectar hongos todo el tiempo.
—O a fabricar shampoo celestial —agregó Dorian mientras masticaba una empanada.
Leo los fulminó con la mirada.
—¡Basta! No estoy loco.
—Hermano —dijo Elian, alzando las manos—, llevas casi dos meses solo, sin señal, hablando de una mujer que nadie vio. Eso tiene nombre: síntomas de demencia.
La madre no decía nada, pero su mirada era un peso.
—Leo… ¿qué pasó realmente aquí?
Leo inhaló por la nariz, listo para decirlo todo… cuando el bosque cambió.
Las hojas vibraron. El aire se calentó.
Aerlyss salió entre los árboles, el vestido moviéndose con la brisa y la marca del sol en su pecho brillando fuertemente. Su mirada miel pasó por cada uno de ellos, deteniéndose en Leo. Lo vio rodeado. Lo vio tenso.
Y su instinto reaccionó antes que su mente.
—No lo… toquen —susurró.
La brisa se volvió cálida. Luego el calor subió, denso y vivo.
Los ojos de Aerlyss ardieron como brasas encendidas y, sin aviso, el fuego brotó de sus manos. No atacaba; se extendía como un escudo. La tierra parecía responderle.
Leo retrocedió por reflejo, pero el fuego lo envolvió como un abrazo. No quemaba. Lo reconocía.
Él sintió el calor en el pecho como si fuese… suyo.
Los gemelos no tuvieron tanta suerte.
—¡Nos va a carbonizar! —chilló Elian, tirándose al piso—. ¡Mi piel!
—¡Me arrepiento de mis chistes! ¡Todos! —gritó Dorian, escondiéndose detrás de un tronco.
Elara, en cambio, no se movió. Solo entrecerró los ojos.
—Santo cielo…
—Aerlyss —dijo Leo, avanzando despacio—. Soy yo. Estoy bien. Mírame.
Ella giró la cabeza hacia él. El fuego vaciló, tembló… y se extinguió como si alguien apagara una vela.
El cuerpo de Aerlyss cedió. Leo alcanzó a sostenerla.
—Shh… aquí estoy —susurró mientras la cargaba.
La llevó adentro, la recostó, la cubrió con una manta. Ella respiraba suave, pero profundamente agotada. Leo no podía dejar de mirarla.
¿Quién era realmente?
—Mamá… —dijo Elian desde la puerta, aún pálido—. ¿Te suena esa cara?
Dorian ya había sacado el celular.
—Yo sí sé dónde la he visto…
Unos segundos después levantó la pantalla.
—Aquí está. ¡Lo sabía!
En la noticia se leía:
“La princesa Katheryn D’Lafonte extiende sus vacaciones reales dos meses más. El Reino del Sol Naciente espera su llegada para celebrar al Inti Sol.”
La foto mostraba la misma cara que dormía en esa cama.
La madre tragó saliva.
—Leo… ¿qué has hecho?
—Nada —respondió él, desesperado—. Yo no… yo no la busqué. Ella cayó. Literalmente.
—¿La viste caer del cielo? —preguntó Elian con voz temblorosa.
—Sí —admitió Leo—. Estaba envuelta en fuego. No sabía ni su nombre.
—¿Y por qué no la llevaste a un hospital?
Leo bajó la mirada.
—Porque no podía. Algo en mí… algo me decía que no la dejara sola. Antes de hablar ya me lo estaba pidiendo.
La madre respiró hondo.
—¿Recuerdas tu promesa? La que hiciste cuando eras niño. Esa que te dejó la cicatriz.
Leo tocó la ceja sin querer.
—La recuerdo.
—Entonces decide —dijo ella, con la voz dura pero triste—: ¿qué pesa más? ¿Tu palabra… o tu corazón?
Leo no respondió. No podía.
El silencio dolía tanto como la verdad.
La madre inspiró despacio, como si pesara sus palabras una por una.
—Leo… tienes que entregarla —dijo al fin—. Si alguien descubre que la princesa está aquí, inconsciente, en tu cama… ¿qué crees que va a pensar la Guardia Real? No van a escuchar explicaciones. Van a arrestarte por secuestro.
Elian asintió, todavía mirando a Aerlyss como si fuera a despertar envuelta en llamas otra vez.
—Además… mamá tiene razón. Esto ya es demasiado grande. Esa chica no es cualquiera.
—Ni nuestras empanadas pueden arreglar esto —murmuró Dorian, aunque sus ojos no se despegaban de ella.