La Heredera del Fuego

007. Modales de princesa

El amanecer aún no llegaba cuando Aerlyss, o Katheryn, abrió los ojos.

El fuego cercano apenas sostenía un calor suave. La cabaña estaba envuelta en sombras tranquilas, y el único sonido era la respiración profunda de Leo. Dormía en el suelo, cerca de la chimenea, con una manta sobre los hombros. Por primera vez desde que ella lo conocía, no parecía en guardia.

Su barba estaba más crecida que antes, el ceño apenas fruncido, como si incluso en sueños siguiera peleando contra algo invisible. Protegiendo.

Katheryn lo observó largo rato, con un nudo apretándole el pecho.

Leo había sido su guardián sin saberlo. La cuidó aún viéndola envuelta en fuego. La protegió cuando no podía recordar su nombre.

¿Qué pasaría ahora que supiera quién era realmente?
¿Seguiría llamándola Aerlyss con esa naturalidad torpe?
¿La miraría distinto al saber que no era solo una mujer común... sino la heredera de un reino?

No quería que nada cambiara.
No quería perder esa forma tan suya de cuidarla sin darse cuenta.

Y entonces lo notó.

Leo dormía profundamente.

Durante semanas había estado alerta, incluso cuando cerraba los ojos. Ella lo sabía.
Pero hoy... hoy descansaba de verdad.

Se levantó despacio, acomodándose la gran camisa de Leo que usaba como vestido. Y aunque la madre de Leo le había traído vestidos hermosos, nunca se los puso. Le encantaba tener las grandes camisetas puestas. Sonrió para sí al darse cuenta que su versión sin memoria era toda un marimachos.

Salió de la cabaña sin hacer ruido.

Sus pies descalzos tocaron el monte césped y el bosque la recibió con su calma habitual. Caminó hasta un claro donde el rocío aún brillaba sobre las hojas. El aire olía a tierra húmeda, a savia, a vida que seguía sin pedir permiso.

Se arrodilló entre los helechos.

Y lloró.

No de miedo.
Lloró de resignación. Las imágenes de ella volando por el cielo nocturno llegaron a su mente. Fue doloroso, tanto que su mente prefirió irse antes de desmayar.

No temía por ella. Temía por su padre.
Por Leo y su familia.

-No sé qué hacer.. ¿Porque me pasó esto a mí ?-Miro sus manos y susurró- ¿Acaso mi madre fue un ser de fuego? Pero, y si es así, ¿porque mi padre lo tuvo ajeno a mi?

Sus dudas no fueron resueltas pese a los susurros del bosque en el silencio de la noche.

Sabía que tenía que volver.
Sabía que su padre debía estar buscándola sin descanso.
Sabía que su ausencia abría un vacío imposible de ignorar. Pronto sería el festival del reino y ella debía estar allí.

Pero regresar significaba arrastrar a otros al peligro.
El bosque la había protegido...
pero Leo la había salvado.

¿Cómo se elige entre el deber y aquello que empieza a parecer hogar?

Cuando las lágrimas se agotaron, regresó a la cabaña. Leo aún dormía cerca de la chimenea, mejor cubierto con mantas.

Katheryn se acercó en silencio y lo observó de cerca. Apartó con cuidado algunos mechones rebeldes de su cabello castaño.

Sus rasgos eran firmes, marcados por la vida en el bosque, pero incluso así había en él una vulnerabilidad callada, una que solo se permitía cuando dormía.
Lo arropó un poco más.
Él se movió apenas, acurrucándose de forma inconsciente, como si reconociera el gesto incluso en sueños.

Katheryn sonrió.
Luego dejó que su mirada recorriera la cabaña.
Era modesta, sí, pero completa. Dormitorio, sala y cocina compartían un mismo espacio sin divisiones.
La cocina estaba sorprendentemente bien surtida, evidente cuidado de la madre de Leo.
Una cama pequeña junto a un armario amplio. Una mesa baja rodeada de cojines gastados, pensada más para compartir que para aparentar.

Durante todo ese tiempo, Aerlyss nunca había ayudado realmente.

La primera vez que lo intentó, rompió una escoba... y terminó incendiando un sartén.

Ahora lo entendía.

Nunca había aprendido a hacer esas cosas. Nunca lo había necesitado. Había crecido rodeada de doncellas que la ayudaban a vestirse, a bañarse, a existir sin esfuerzo.

Sonrió con una mezcla de vergüenza y melancolía. Caminó hasta el armario, tomó una toalla y se dirigió al baño.

Aún le sorprendía que hubiera una tina. En su amnesia había perdido toda noción de decoro sin darse cuenta; había preferido el río, a escondidas, antes que un baño largo y silencioso.
Su cuerpo lo necesitaba.

Cuando la tina estuvo llena, introdujo apenas un dedo y el agua comenzó a humear, caliente como siempre le había gustado desde niña.

Al sumergirse por completo, el calor aflojó sus músculos y, con ellos, el nudo que llevaba en el pecho.

Por primera vez desde que despertó, su mente se aclaró.
Y entonces supo, con una certeza tranquila y dolorosa, lo que debía hacer.

La mañana llegó con olor a pan tostado y café.

Katheryn sonrió para sí. Agradeció mentalmente a su nana por haberla obligado, de niña, a llevarle el desayuno a su padre.
Al menos sabía hacer eso.
Caminó casi en puntillas hasta su cama para no despertar al hombre durmiendo en el suelo.

Leo despertó con el cuello rígido y un gruñido bajo. Giró la cabeza... y la vio sentada en su cama. Espalda recta, manos en el regazo, mirada perdida hacia la ventana.

-¿Te levantaste antes que yo? -preguntó Leo, rascándose la cabeza, aún medio dormido.

Katheryn lo miró y sonrió con suavidad.

-Hace rato. Preparé té... ¿o prefieres café?

Leo parpadeó. Luego miro la mesa. Luego volvió a mirarla a ella.

-¿Tú...? ¿Cocinaste sin quemar la cabaña?

-No exageres -dijo ella, bajando un poco la mirada _No incendie nada. Eso ya es un avance.

-Perdon, es que... -se paso una mano por el cabello- normalmente esto termina conmigo apagando algo

-Hoy quería hacer algo bonito por ti -respondió ella, sin mirarlo directamente-. Nada más.

Eso lo desarmó un poco e inexplicablemente su corazón latió más fuerte.



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En el texto hay: princesa, fuego, boyslove

Editado: 07.01.2026

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