La Heredera del Fuego

008. Un Primer Beso

La noche no era completamente oscura.
El fuego chispeaba suavemente en la chimenea de la cabaña, proyectando sombras temblorosas sobre las paredes de madera. En la cama cómoda, cubierta por mantas gruesas y suaves, Katheryn dormía. O al menos, su cuerpo lo hacía.
La señora Elara, Leo y los gemelos descansaban en el suelo, cerca del calor del fuego. Katheryn había insistido en compartir el espacio, pero Elara se había negado con una firmeza dulce: una princesa debía dormir en la cama, incluso lejos del castillo.
Y aun así, Katheryn temblaba.
Sus dedos estaban cerrados en puños contra su pecho, como si intentara aferrarse a algo invisible. Su respiración era irregular. Soñaba.
Otra vez.
Pero esta vez no había llamas devorándolo todo.
No estaba su madre.
No había alas ni gritos en el cielo.
Esta vez… era él.
Su padre.
Lo vio a través de un resplandor dorado, como si el fuego mismo hubiera abierto una grieta entre mundos. Estaba en el gran salón del trono, pero no era el mismo que ella recordaba. Las columnas parecían agrietadas, el espacio más amplio y más vacío. No había cortesanos. No había música. No había luz.
El Rey Demian no llevaba corona.
Su túnica estaba desabrochada, el cabello despeinado, los hombros vencidos por un peso que no se veía, pero se sentía. Sus ojos —esos ojos que siempre habían sido firmes— estaban hundidos en una tristeza profunda, casi insoportable.
Estaba solo.
De pie frente al fuego.
Hablándole.
—¿Dónde estás? —decía—. ¿Por qué me haces esto?
No había rabia en su voz.
Solo una súplica desnuda que le atravesó el alma.
—Devuélveme lo que una vez me diste… por favor —continuó, la voz quebrándose—. Si todavía puedes sentir algo… déjamela. Solo a ella.
Katheryn intentó avanzar. Quiso llamarlo. Gritarle. Decirle que estaba viva, que estaba bien, que no lo había abandonado.
Pero era solo una sombra.
El Rey cayó de rodillas frente al fuego. Se abrazó a sí mismo, como un hombre que ya no sabía cómo sostenerse. En ese instante dejó de ser un rey.
Era solo un padre que había perdido a su hija.
—No puedo perderla a ella también…
El mundo se quebró.
Katheryn despertó con un nudo brutal en la garganta. El aire le ardía en los pulmones. Las lágrimas se deslizaron en silencio por sus sienes, empapando la almohada.
No se movió.
No habló.
Durante varios segundos, el silencio fue tan denso que dolía.
Hasta que, con la voz rota —apenas un susurro que no estaba segura de que alguien oyera— murmuró:
—Mi padre cree que mi madre me llevó con ella…

Leo estaba despierto.
Tenía los ojos cerrados y la espalda apoyada contra la pared, sentado en el suelo como si no se hubiera movido en horas. Había pasado la noche así, en silencio, atento a cada cambio en la respiración de ella.
Cuando escuchó el leve susurro, abrió los ojos de inmediato.
No habló.
Se levantó con cuidado, cruzó la cabaña descalzo y se detuvo junto a la cama. Apoyó una mano en su hombro con una suavidad casi reverente.
Katheryn se giró al instante. Se incorporó y, sin pensarlo, lo abrazó.
Fue un abrazo firme, desesperado… pero delicado. Como si temiera romperlo. No buscaba consuelo con palabras. Solo necesitaba sentir que estaba ahí.
Leo la rodeó con los brazos sin dudarlo.
En su pecho, el collar dorado palpitó.
Una luz cálida, breve, como un latido contenido. Luego otra vez.
Katheryn se apartó apenas, sorprendida. Bajó la mirada hacia el resplandor, que volvió a apagarse… solo para encenderse de nuevo, suave.
—¿Lo viste? —susurró.
Leo asintió despacio.
—Sí.
—Nunca había reaccionado así…
—A veces brilla —dijo él con voz baja—. Cuando algo se acerca. Cuando algo cambia.
La miró a los ojos—. Pero no así.
El silencio volvió a envolverlos.
Leo levantó una mano y le rozó la mejilla con los dedos ásperos, marcados por la madera, el frío y el trabajo. El gesto fue lento, casi inseguro, como si estuviera cruzando una línea invisible.
—Tal vez —murmuró— solo reconoce cuando estás a salvo.
Ella tragó saliva.
Una risa suave, quebrada, escapó de sus labios.
—Entonces… se equivoca —susurró—. Porque ahora mismo no me siento nada valiente.
—Yo sí —respondió él, sin apartar la mirada—. Cuando estás aquí.
Katheryn no contestó.
Se quedó junto a él, apoyando la frente en su pecho, escuchando su respiración, el crepitar del fuego, el latido tenue del collar.
Por un rato, no hubo castillos.
Ni coronas.
Ni pasado.
Ni futuro.
Solo ese momento.

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Al día siguiente, la tranquilidad de la mañana se rompió con voces superpuestas y pasos apresurados dentro de la cabaña.
La señora Elara intentaba poner orden en la improvisada cocina mientras los gemelos discutían a su alrededor.
—¡Yo dije chocolate! —protestaba Elian—. Las despedidas son mucho más llevaderas con azúcar en la sangre.
—Yo quiero té de limón —replicó Dorian, congestionado—. Claro, como tú no estás resfriado… ¿qué se supone que haga si me agravo?
—Pues agravarte —respondió Elian con total calma—. Prometo llorar en tu funeral. Un poco.
Leo entró en ese momento, aún con el pecho agitado por sus ejercicios matutinos. Se detuvo en seco, arqueando una ceja al ver el caos.
—¿Qué está pasando aquí?
Dorian levantó una cesta con pan y fruta y luego señaló la mesa, donde humeaban varias bebidas calientes.
—Un desayuno digno de la realeza, idiota —dijo—. Porque nuestra princesa se va.
Las palabras cayeron como una piedra.
En un rincón, la madre de Leo observaba en silencio. Su expresión seguía siendo serena, pero había algo distinto en su mirada: firmeza. Determinación. Sabía que ese día no era una simple visita.
Desde la cama, Aerlyss había escuchado todo.
Vio la confusión en el rostro de Leo y se incorporó despacio, sentándose al borde del colchón.
—Leo… tenemos que hablar —dijo con suavidad.
Él negó con la cabeza sin mirarla siquiera.
—¿Ves por qué no los dejo solos? —murmuró—. Ya convencieron a la princesa de irse.
Aerlyss soltó una risa breve, casi nerviosa, pero enseguida su expresión se volvió seria.
—No voy a irme.
El silencio fue inmediato.
—¿Cómo que no? —preguntó Elian.
—No todavía —aclaró ella—. Quiero quedarme unos días más. Aquí puedo practicar. Entender mejor mi fuego.
Miró alrededor—. Aquí estoy protegida… y sé que ustedes también lo están.
La señora Elara suspiró despacio. Miró a Aerlyss, luego a su hijo.
—Está bien —dijo al fin—. Puedes quedarte unos días más.
Luego señaló a Leo—. Pero tú vienes conmigo.
Leo la miró, incrédulo.
—¿Qué?
—Esto ha ido demasiado lejos —continuó ella—. No es un juego. Ella no es una niña indefensa. Es una mujer con fuego en las venas. No necesita a un guardián torpe con una daga vieja.
Leo abrió la boca para protestar, pero Aerlyss habló antes, con voz baja, casi temblorosa:
—Tiene razón, Leo. Necesito… aprender a estar sola.
Lo miró por fin—. No para siempre. Solo un poco.
Leo bajó la mirada. El nudo en su garganta le impidió responder.
Ella se levantó y se acercó a él.
—Ven —dijo en voz apenas audible—. Quiero despedirme… contigo.



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En el texto hay: princesa, fuego, boyslove

Editado: 07.01.2026

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