La noche caía sobre el bosque como un susurro antiguo, dejando tras de sí una estela de azul profundo. Leo se había ido apenas el día anterior, y aun así su ausencia ya pesaba en el aire, como una herida reciente que no sabía esperar.
Katheryn lo extrañaba de una forma silenciosa, persistente, casi incómoda, como si el bosque mismo notara que faltaba algo.
Las sombras se deslizaban entre los árboles y el aire parecía contener la respiración.
En la cabaña, Katheryn dormía enroscada entre las mantas, con la frente ligeramente perlada de sudor. El fuego de la chimenea se había extinguido hacía horas, pero un calor más antiguo —más vivo— latía en su pecho.
El collar.
Primero fue un cosquilleo. Luego, una punzada tibia, insistente, como si alguien encendiera una brasa directamente sobre su piel. La piedra dorada comenzó a parpadear, lanzando destellos suaves, rítmicos… como latidos.
Katheryn abrió los ojos de golpe y se incorporó, llevando la mano al pecho. El calor aumentó de inmediato, casi urgente.
—¿Qué es esto…? —susurró, con la voz aún atrapada entre el sueño y la vigilia.
El bosque afuera estaba quieto.
Demasiado quieto.
Pero el collar no mentía.
Había algo.
No exactamente cerca… pero sí allí. A la distancia. Observando. Acechando.
Su cuerpo se tensó por instinto, pero antes de que el miedo pudiera echar raíces, el bosque respondió. El viento cambió de dirección, empujando hacia afuera. Las ramas crujieron, cerrando senderos invisibles. A lo lejos, el murmullo de los animales se intensificó, como una voz colectiva que susurraba entre hojas y raíces:
No estás sola.
Katheryn respiró hondo.
Se levantó descalza y caminó hasta la ventana. Apoyó la mano contra el vidrio frío. Afuera, la negrura parecía tener ojos, pero no sentía terror. El collar brillaba… no por miedo, sino por advertencia.
Había sido encontrada.
—Aún no estoy lista —murmuró, apretando los labios—. Pero tampoco soy la misma niña… la princesa de papá.
El bosque guardó silencio.
Como si aceptara su declaración.
Durante el día, caminó entre los árboles sin rumbo fijo. Las ardillas la seguían desde las ramas, curiosas. Un ciervo se dejó ver cerca del arroyo, sin huir. Una mariposa naranja la rodeó tres veces antes de posarse en su hombro.
El bosque respondía a su presencia.
La reconocía.
En un claro, decidió intentarlo.
Extendió las manos y el fuego apareció. No salvaje. No voraz. Se curvó con suavidad, girando como un lazo cálido entre sus dedos, obediente. Katheryn contuvo la respiración.
Con cuidado, dejó caer la llama sobre una flor recién brotada.
El pánico la atravesó y dio un paso atrás.
Pero la flor no se quemó.
Cambió.
Sus pétalos adquirieron un tono dorado, suave y luminoso, como si el fuego no la hubiera destruido… sino revelado.
Katheryn se acercó despacio.
—Tú también escondías algo —susurró.
El fuego se extinguió por sí solo.
Esa noche, el silencio fue más denso que nunca. Katheryn se arropó desde los pies hasta la cabeza, como si las mantas pudieran ocultar su fuego, su nombre, su linaje… y el vacío que Leo había dejado.
Cerró los ojos.
El collar descansaba quieto sobre su pecho, pero su calor seguía allí, constante, vigilante.
—¿Dónde estás, Leo…? —murmuró, apenas un hilo de voz—. ¿Qué estás haciendo ahora…?
Hizo una pausa, y la pregunta que más dolía escapó sola:
—¿También piensas en mí?
El bosque no respondió.
Pero el fuego, en su interior, sí.
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Leo lo intentó.
Lo juraba por la cicatriz en su ceja, por sus manos llenas de callos y por la primera vez que la vio flotando envuelta en llamas. Intentó dormir. Intentó desayunar. Intentó vivir como si nada hubiera cambiado.
Pero el primer día sin ella fue como llevar una camisa demasiado apretada, una que no te deja respirar ni pensar.
Cuando el sol se coló por la ventana, Leo seguía tirado boca abajo en su cama, con la cara hundida en la almohada. Gruñó algo ininteligible y luego, con voz grave y dramática, anunció al vacío:
—No voy. No pienso trabajar hoy. Ni mañana. Ni nunca. Estoy emocionalmente descompuesto.
Desde la habitación contigua, los gemelos tenían las orejas pegadas a la pared, usando un vaso como amplificador improvisado.
—¿Está llorando? —susurró Elian.
—No —respondió Dorian con seriedad—. Está haciendo berrinche como si no tuviera veintidós años.
—¿Crees que extraña a la princesa Katheryn…?
—Corrección —replicó Dorian—: extraña a Aerlyss, la chica envuelta en fuego que vivió con él dos meses. Y sí, le duele. Como cuando mamá nos apaga el wifi.
Al rato, Leo bajó las escaleras arrastrando los pies. Llevaba la misma camiseta del día anterior, el cabello revuelto y la barba crecida le daban un aspecto salvaje. Parecía un hombre que había pasado semanas perdido en una cueva… y no una, sino varias.
No alcanzó a llegar al último escalón cuando una voz retumbó en toda la casa:
—¡LEONEL D’ARGENT!
Leo se detuvo en seco. Parpadeó. Se enderezó como si acabara de recibir un balde de agua fría.
Su madre lo miraba desde la cocina, con los brazos cruzados y una expresión que no admitía debate.
—¿Qué es eso? —preguntó, señalándolo de arriba abajo—. ¿Un hijo mío o un hombre de las cavernas que se coló por la noche?
—Yo… —intentó decir Leo.
—¡No! —lo interrumpió—. No quiero explicaciones. Quiero jabón, agua caliente y una navaja. Ahora mismo.
—Mamá…
—Ni una palabra más. Vas a bañarte, te vas a afeitar y te vas a poner ropa limpia. Y cuando bajes otra vez, quiero reconocer al herrero del palacio, no a un ermitaño enamorado.
Leo suspiró, completamente derrotado.
—Sí, señora.
Los gemelos lo observaron subir las escaleras.
—Descansen en paz —murmuró Elian—. Murió siendo dramático.
Cuando volvió a bajar, el cambio era evidente. El cabello seguía un poco rebelde, pero limpio. La barba había desaparecido. Su ropa estaba presentable.
Elara lo examinó en silencio durante unos segundos y luego asintió, satisfecha.
—Ahora sí —dijo—. Ya pareces una persona decente.
Leo gruñó algo por lo bajo y fue a ayudar en la cocina. Intentó pelar papas.
Se cortó.
Tres veces.
Elara lo observó de reojo hasta que no aguantó más.
—¡Leo! —exclamó—. Estás tan enamorado de esa muchacha que ni siquiera puedes pensar bien. ¿Podrías dejar de divagar antes de prender la estufa?
—No estoy distraído —respondió él, muy serio—. Estoy… conectado espiritualmente a la tristeza.
—¡Estás conectado a la tontería! —replicó ella—. ¡Y ustedes dos! —miró a los gemelos, que intentaban huir—. ¡Ni se les ocurra seguirlo en esta miseria romántica! No quiero que ninguno de mis bebés se enamore para terminar como Leo.
—Tarde —murmuró Dorian—. Tengo un alma muy enamoradiza.
—Y el gemelo menor, aquí presente, ya tiene a varios babeando —añadió Elian.
Elara abrió la boca para protestar, pero terminó soltando una risa cansada. Sus hijos eran un problema… pero uno entrañable.
El día avanzó lento.
Leo fue al taller, como siempre. El mismo lugar donde forjaba armas, escudos y armaduras para el palacio. Era bueno en su trabajo. Tan bueno que su puesto siempre estaría asegurado.
Pero ese día, nada salió bien.
Golpeó mal una plancha. Se quemó el antebrazo. Se quedó demasiado tiempo con el martillo en alto, perdido en pensamientos que no tenían nada que ver con el metal.
Entonces lo vio.
Una llama leve brotó de su palma.
Solo un segundo.
Pequeña. Cálida.
Leo soltó el martillo de golpe y retrocedió, mirándose la mano como si no le perteneciera.
—¿Lo imaginé…? —susurró.
El fuego ya no estaba.
Pero el eco de su calor… sí.