La Heredera del Fuego

010

El bosque estaba en calma.
Una calma que no era paz.
Era expectativa.

Como si cada rama contuviera el aliento. Como si la tierra misma temblara bajo una amenaza aún lejana, esperando el momento exacto para revelarse.
Desde que se había quedado sola, Katheryn sentía que el bosque le hablaba de otro modo. Ya no como un refugio, sino como un guardián alerta.

Oía cosas que antes no oía.
Voces entre los árboles.
Murmullos que viajaban de rama en rama, como secretos antiguos que por fin se atrevían a pronunciar su nombre.

Caminaba descalza sobre la hierba húmeda. El rocío no la enfriaba; al contrario, parecía seguirla con una tibieza casi reverente, como si la reconociera. Sus dedos se movían sin pensar, dibujando círculos de fuego en el aire. Pequeñas chispas danzaban entre los árboles, mariposas de luz que nacían y morían sin quemar nada.

Ya no tenía miedo.
Bueno... no del todo.
Porque aún dolía.
Dormir sin la compañía de Leo.
Despertar sin su torpeza matutina.
Sin ese murmullo medio dormido que solía decir, con voz ronca y una sonrisa invisible:

-¿Por qué hueles a hojas quemadas y a pan tostado al mismo tiempo...?

Ahora la única voz constante era la del fuego.
Y la del collar.
El pequeño cristal dorado que le habría regalado su padre cuando aún era una niña y el mismo collar que su madre le había quitado antes de esconderla en ese bosque encantado.

Pulsaba cada vez con más fuerza al caer la tarde.
Ese día no era distinto.
Pero ella lo sentía distinto.

La brisa arrastró un olor a ceniza antigua. Vieja. Dormida.
Y el collar...

Tic.
Una pulsación.

Tic.
Otra más.

Luego el ardor.

No doloroso. No violento. Pero firme. Decidido.

Como un aviso.

Como un grito contenido durante demasiado tiempo.

Katheryn se detuvo y miró a su alrededor.
El bosque parecía igual: los árboles, la luz filtrándose entre las hojas, el murmullo lejano del arroyo.
Pero algo había cambiado.
No era miedo.
Era tensión.
Como si algo o alguien se acercara.
Y el bosque entero se preparara para protegerla.

Y el collar lo sabía.

-¿Qué es...? -susurró, tocando la piedra con los dedos-. ¿Qué sientes que yo no?
Entonces escuchó el crujido.

Lejano.
Lento.
Pesado.
No eran pasos humanos.
Tampoco animales.
No vio nada.
Pero supo.
No estaba sola.
El fuego en su interior respondió con un latido propio, guiándola. Aerlyss avanzó más adentro del bosque, siguiendo un susurro que no provenía de un solo lugar.

Así llegó a un claro oculto, donde un círculo de piedras antiguas emergía entre el musgo, como si hubiera sido olvidado por el tiempo...

...pero no por el amor.

Al cruzar el umbral invisible, la visión la golpeó sin aviso.
Vio el lugar como había sido alguna vez.
Árboles jóvenes, aún flexibles.
Un lago cristalino donde ahora solo quedaban rocas silenciosas.
El aire era distinto, más cálido, más vivo.
Y entonces escuchó risas.
La risa de su padre y la silueta de una mujer, su madre.
Jóvenes. Hermosos. Despreocupados.
Caminaban juntos por la orilla del lago, lejos del mundo, lejos de miradas y normas.

Entre susurros Katheryn escucho:

"Aquí no hay reinos, ni coronas, ni prohibiciones. Solo dos almas que se buscaban en secreto, que huían para poder amarse."

Su padre la miraba con ojos brillantes, llenos de un amor tan sincero que dolía verlo. La tomaba de la mano como si ese gesto fuera un acto de rebeldía.
Pero el aura de su madre...
Era distinta.
Oscura.
Aparentemente gozaba de la atención del hombre pero sus gestos demostraban que no lo disfrutaba.
Katheryn quiso observar más de cerca pero no le era permitido.

Un escalofrío recorrió su espalda y el collar dorado parpadeó con violencia, como si quisiera arrancarse de su pecho.
Y volvió a escuchar otro susurro:

-No todo lo que fue cálido... seguirá siéndolo.

El viento giró a su alrededor, levantando hojas y ceniza invisible.
El fuego dentro de ella vibró como una cuerda tensa a punto de romperse.

Katheryn retrocedió empujada por la fuerza invisible, saliendo del círculo con el corazón acelerado y las manos temblorosas.

El bosque le hablaba.
Le advertía.
¿De su madre?
¿De su linaje?
¿O del destino que también podría alcanzarla a ella?
El collar se aquietó lentamente, pero su calor permaneció.
Vigilante.

A varios kilómetros de distancia, Leo intentaba sin éxito, vivir sin ella.

Dormía poco. Trabajaba demasiado.

Mantener las manos firmes y los dedos intactos ya era un logro diario.
En el taller había arruinado varias espadas, errores pequeños pero imperdonables para alguien como él.
Aun así, prefería el agotamiento al silencio que le traía pensar en su princesa... y en las ganas casi insoportables de ir a buscarla al bosque.

Ahora estaba sentado en un banco, rodeado de clavos, tablas y herramientas, mirando la sierra eléctrica como si fuera su enemiga mortal.

—Si la enciendo, seguro pierdo un dedo —murmuró—. Hoy no soy confiable.

—No lo has sido desde que regresaste —respondió el viejo herrero jefe, sin dureza, pero con verdad—. Ni para ti, ni para los demás. Ya quiero conocer a esa muchacha que te tiene tan fuera de eje.

El viejo había sido amigo cercano de su padre. Tras su muerte, se volvió su maestro... y Leo, su aprendiz.
De él había aprendido todo. Gracias a él, ahora era considerado el mejor herrero del reino.

Cuando Leo le confesó que había conocido a alguien y que no soportaba la idea de dejarla sola, el anciano no lo juzgó. Le permitió quedarse en el taller, convertirlo en su hogar temporal, aun sabiendo que la señora Elara querría sacarle los ojos con sus propias manos.



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En el texto hay: princesa, fuego, boyslove

Editado: 07.01.2026

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