La Heredera del Fuego

011

Era la mañana del primer día como una pareja no oficial, y Aerlyss y Leo compartían el desayuno más raro del universo, sentados frente a una mesa de madera rústica junto a la ventana de la cabaña.

El sol se filtraba entre los árboles del bosque de Tenebris, pintando de dorado las motas de polvo en el aire y calentando lentamente el interior.

—Leo… sé que siempre critico los desayunos que preparas, pero ¡por amor al Sol! ¿esto es pan? —preguntó ella, levantando una masa amorfa con expresión sospechosa.

—¡Por supuesto! —respondió Leo con orgullo, inflando un poco el pecho—. Pan de harina de papa, hecho al humo y amasado con mis propias manos.

—Mmm… harina de papa… —Aerlyss lo observó con cautela, girando la pieza como si pudiera atacarla en cualquier momento—. Leo, quiero vivir muchos años. ¿Crees que este delicioso pan rústico no nos matará?

—Claro que no. Ya comí algunos antes de que despertaras y sigo con vida. Pero si no quieres comer, déjalo.

Leo fingió tristeza y se llevó una mano al pecho, como si su corazón acabara de romperse en mil pedazos. Incluso suspiró exageradamente.

Ella lo miró de reojo, divertida. Sus labios se curvaron en una sonrisa suave, esa que solo aparecía cuando se sentía en casa.

—No eres muy bueno cocinando, pero tus intenciones son adorables, Leo. Solo no hagas berrinches… ese es mi trabajo en esta relación.

—¿Ah, sí? —preguntó él, haciéndose el desentendido—. ¿Y qué tipo de relación tenemos?

—El tipo de relación que tienen dos personas que acaban de decirse que se gustan mutuamente —respondió ella con total naturalidad, como si no acabara de decir algo que a él le desordenó el corazón.

Se inclinó y besó su mejilla.
Leo se puso rojo al instante y continuó comiendo en silencio, evitando mirarla, mientras una sonrisa tonta se le escapaba sin permiso.

Entonces sacó del bolsillo algo que había estado guardando desde hacía días. Un regalo en el que había trabajado en secreto, robándole horas al sueño mientras estuvieron separados.

—Te traje algo. Extiende las manos.
—¿Qué es? —preguntó ella, con una sonrisa nerviosa, sintiendo ese cosquilleo que precede a los momentos importantes.

—Hice esta daga para ti, en el taller.

Leo tragó saliva. No sabía si a una princesa que parecía tenerlo todo podía gustarle algo hecho solo con sus manos ásperas de herrero.

Katheryn no dijo nada.
Estaba fascinada.
La daga era hermosa. Liviana, perfectamente equilibrada. El mango se adaptaba a su mano como si hubiera sido creado exclusivamente para ella. El metal, de un delicado oro rosado, tenía grabados finos que atrapaban la luz del sol y la devolvían en destellos cálidos, casi vivos.

—Leo… —dijo al fin, mirándolo a los ojos—. Me encanta. Es la daga más hermosa que alguien me ha dado. ¿La hiciste tú?
Leo por fin soltó el aire que había estado reteniendo sin darse cuenta.

—Sí. La hice yo mismo pensando en ti y…
No pudo terminar.

Aerlyss lo interrumpió con un beso que lo dejó sin palabras, corto pero lleno de promesas.

Y allí, frente a él, estaba su chica de fuego, admirando la daga con los ojos brillantes, mientras él sentía que su corazón latía demasiado rápido para ser seguro.

Hipnotizado, Leo tomó su rostro y la besó también, sin pedir permiso, saboreando lentamente los labios de su princesa, como si el mundo pudiera desaparecer y no importaría.

Se dejaron llevar.
Y cuando las caricias estaban a punto de cruzar un límite peligroso, Leo se separó.

—Aerlyss… creo que deberíamos parar —susurró, con la voz cargada de lucha interna.

—¿Por qué deberíamos? —preguntó ella, buscando sus labios de nuevo—. Si es contigo, me siento segura.

Leo cerró los ojos un instante. Era humano, descendiente de lobos grises… y sus instintos comenzaban a despertar con demasiada fuerza.

—Princesa… no quiero que te sientas rechazada, pero… —se apartó un poco, tomando un cojín para cubrir su miembro ya despierto—. Aún eres menor de edad. Yo tengo veintidós. Como adulto responsable, debo parar aquí.

Ella lo miró unos segundos… y luego rió, clara y sincera.

—Eres tan anticuado, Leo —dijo divertida—. Pero es noble, así que lo aceptaré… por ahora. Aunque cuando cumpla los dieciocho, no dejaré que te vayas así.
Leo tragó saliva, tomó su espada y salió de la cabaña.

Necesitaba aire. O terminaría persiguiendo ovejas inocentes.

La oveja inocente se quedó dentro, sonriendo.
Sabía muy bien lo que había dicho.
En un par de meses cumpliría dieciocho años, y por eso su padre la esperaba para el Festival del Reino.
Allí anunciaría oficialmente que el trono sería suyo.

En el Reino del Sol, carteles dorados anunciaban el festival y adornaban cada calle. Guirnaldas de flores amarillas y blancas colgaban entre balcones, cintas brillantes cruzaban las plazas, y faroles de cristal esperaban ser encendidos al caer la noche.

Los puestos comenzaban a instalarse: dulces de miel, frutas confitadas, telas bordadas con símbolos solares. Los niños corrían alborotados, jugando a ser caballeros y princesas, gritando el nombre de Katheryn entre risas, mientras los músicos ensayaban melodías festivas.

Para el pueblo, la princesa Katheryn se encontraba de vacaciones, preparándose para ser una soberana digna. Sus seguidores más fieles no dejaban de revisar cada publicación, cada mención, cada imagen en redes con su nombre, preguntándose cuándo reaparecería su luz.

Pero el castillo estaba en silencio.
Los empleados habían sido enviados a descanso, temiendo que se difundiera la verdad: la princesa no estaba de vacaciones… estaba desaparecida.

El rey Demian había estado preparando todo para el festival, pues ese día planeaba presentar a su hija como la soberana que reinaría el Reino del Sol y, además, anunciar la sorpresa de una nueva alianza con el Reino de la Bruma.

Caminaba a pasos rápidos hacia su despacho.



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En el texto hay: princesa, fuego, boyslove

Editado: 07.01.2026

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