La vida de Leo siempre había sido rutinaria.
Se levantaba muy temprano por la mañana, salía a correr cuando el sol apenas despertaba, regresaba a casa para desayunar junto a su madre y sus hermanos, y luego se dirigía al taller de herrería del reino. Allí pasaba las horas entre fuego, metal y golpes precisos.
La rutina solo cambiaba una vez al mes, cuando los gemelos tenían alguna presentación en el High School. Eran chicos sin pena ni vergüenza, amantes del escenario, capaces de participar en cualquier evento con tal de divertirse y llamar la atención.
Pero todo cambió el día en que decidió irse solo al bosque.
Un retiro.
Un entrenamiento.
Quería aprovechar para perfeccionar sus habilidades con la espada justo después de que su lobo interior cumpliera veintidós años, la edad en que los lobos grises alcanzaban un estatus superior dentro de su linaje.
Recordaba perfectamente la primera vez que su lobo se manifestó.
Tenía apenas seis años.
Su lobito acababa de despertar en su interior.
Su padre fue el único testigo. Y aunque al principio estuvo asustado, terminó abrazándolo con una euforia que aún ardía en la memoria de Leo.
Su padre…
Un simple humano.
Un hombre que se enamoró de una mujer extranjera sin saber que aquella mujer era la hija rebelde de un clan de lobos grises que vivía en las afueras del Reino del Sol.
Nunca imaginó que al elegir el bosque de Tenebris, el lugar más solitario que conocía, terminaría involucrándose con un ser de fuego que resultó ser la princesa del reino.
Y mucho menos que ahora estaría arrestado en el calabozo del palacio, acusado de haberla secuestrado.
El sueño llegó sin pedir permiso.
Comenzó como un recuerdo.
Leo tenía diez años.
Corría entre los árboles del viejo claro con una espada de madera en la mano, haciendo ruidos de batalla con la boca. Su padre, alto, fuerte, con esa risa amable que siempre lo hacía sentir invencible, lo observaba desde un tronco caído.
—¡Soy un espadachín del rey, papá! —gritaba el pequeño Leo—. ¡Mira cómo lucho contra los monstruos!
—Yo seré tu mano derecha —respondió su padre con ternura—. Y el escudo que nunca dejará que te alcancen.
Entonces, el sonido.
Caballos.
Perros ladrando.
Un bullicio extraño.
Padre e hijo se quedaron quietos, confundidos.
Y luego… el silbido.
Una flecha.
Una sola.
Rápida. Precisa. Letal.
Leo la vio venir.
Pero su padre fue más rápido.
Lo empujó con fuerza.
La flecha rozó la ceja del niño…
y se clavó profundamente en el pecho de su padre.
El mundo se volvió lento.
Sangre.
Un grito ahogado.
Ojos vacíos.
—¡PAPÁ! —rugió Leo, cayendo de rodillas.
Y esa noche, bajo un cielo cruel y silencioso, juró entre sollozos y tierra húmeda:
—Te vengaré. Te lo juro. Aunque me cueste el alma… aunque muera en el intento… haré justicia por tu dolor.
Se despertó jadeando.
El calabozo era frío.
Las paredes de piedra húmeda rezumaban tiempo. Las antorchas parpadeaban con timidez, como si temieran iluminar demasiado. El suelo era de tierra batida y cadenas oxidadas colgaban en una esquina. El aire olía a moho, hierro… y desesperación.
Leo se incorporó con dificultad.
El pecho le dolía.
No por el sueño.
No por el recuerdo.
Le dolía porque había dejado indefensa a Aerlyss.
El solo pensamiento de que alguien pudiera hacerle daño le retorcía el alma.
Su mente era un caos cuando la sintió.
Una presencia.
—Por fin despiertas, miserable campesino.
La voz femenina era suave como terciopelo… y afilada como una cuchilla.
Leo levantó la mirada.
En la penumbra del pasillo, una figura esbelta avanzaba con una elegancia letal. Vestía de negro absoluto. Su cabello largo y ondulado ardía en un rojo intenso. De sus dedos emanaban sombras, y cada paso dejaba en el aire un aroma leve a azufre.
Sus ojos eran fuego líquido.
Leo se puso de pie de inmediato, retrocediendo instintivamente.
—¿Quién eres?
—Soy quien te hará sufrir si sigues protegiendo a quien no lo necesita.
La mujer se detuvo frente a los barrotes, entrelazando los dedos.
—Y tú, Leo D’Argent… deberías tener más cuidado con quién te metes. Katheryn se irá conmigo. Así que desiste de tu enamoramiento. No la toques. No interfieras. Sal de su vida.
—No te atrevas a hacerle daño —gruñó él—. No te atrevas.
—¿Ah… tanto la amas? —sonrió—. Qué lindo. Qué… útil.
Leo apretó los dientes.
—¿Qué quieres?
—Que desaparezcas. Que la olvides. Que dejes de enredarte en hilos que no te pertenecen.
Había algo en ella que le helaba la sangre.
No solo era peligrosa.
Era antigua.
—No voy a alejarme de Aerlyss.
Ella sonrió más despacio.
—Entonces tendré que buscar nuevos objetivos. ¿Qué te parece si en lugar de Katheryn… me llevo a uno de los gemelos?
—No te atrevas —rugió—. No toques a nadie que amo.
La mujer atravesó los barrotes como si fueran humo.
Se detuvo frente a él.
—No tienes idea de lo que estás desafiando.
Extendió la mano. Y aunque extendió sus dedos largos y perfectos, no lo tocó.
Fue su sombra la que se deslizó sobre el antebrazo de Leo.
El dolor fue inmediato.
Leo gritó.
Un ardor feroz le subió por la piel, como si su carne ardiera desde dentro.
Y entonces lo entendió.
Ella no estaba allí físicamente.
Solo su sombra bastaba para herir.
Ese fuego… esa presencia… esa aura oscura…
Le recordó a Aerlyss cuando cayó del cielo.
Pero el fuego de Aerlyss no dolía.
Era cálido. Protector.
Esto era destrucción.
La mujer se inclinó hasta quedar muy cerca de su rostro.
—Recuerda este dolor cada vez que pienses en ellos —susurró—. Porque si no haces lo correcto… quienes sufrirán serán los que amas.