La heredera equivocada

CAPÍTULO 1: Tres días

La primera regla para vivir la vida de otra mujer era no preguntar si seguía viva.

Mara Luján lo comprendió por la forma en que Mercedes Roldán dejó de abrocharle el vestido.

Hasta ese momento, los dedos de la mujer habían trabajado con una eficacia silenciosa sobre la hilera de pequeños botones cubiertos de seda. Uno, dos, tres. Al llegar al cuarto, Mara hizo la pregunta.

—¿Dónde está Isadora?

Los dedos se detuvieron.

En el espejo, Mercedes no cambió de expresión. Tenía unos cincuenta años, el cabello recogido sin una hebra fuera de lugar y esa clase de rostro que parecía haber aprendido a no reaccionar delante de gente poderosa.

A su lado, la maquilladora bajó la vista.

La joven que había estado ordenando las joyas dejó una pulsera sobre el terciopelo.

Nadie contestó.

No durante dos segundos.

Ni durante tres.

Mara contó cinco antes de volverse.

—Era una pregunta bastante sencilla.

Mercedes reanudó su trabajo.

—La señorita Beltrán no se encuentra disponible.

—Eso ya me lo dijeron en Madrid.

—Entonces ya conoce la respuesta.

—No. Conozco una frase.

Mercedes terminó con el último botón.

—Esta noche necesitará distinguir una cosa de la otra.

Mara sostuvo su mirada a través del espejo.

Habían pasado apenas cuatro horas desde que atravesó las verjas de Casa Beltrán y ya empezaba a arrepentirse del dinero.

No de haberlo aceptado.

Del hecho de necesitarlo tanto.

Dieciocho mil euros por tres días.

Seis mil por adelantado.

Los otros doce cuando cumpliera exactamente lo acordado: una cena familiar, una visita a la Fundación Beltrán, dos reuniones privadas y la firma de unos documentos que, según el contrato, no tendrían consecuencias patrimoniales para ella.

Todo revisado por un abogado independiente.

Todo legal.

O eso había creído.

Cinco días antes, el propietario de su apartamento le había enviado el último requerimiento. Tenía hasta el lunes para pagar cuatro meses atrasados o entregar las llaves. Después vendría el juzgado, las costas y otra deuda sobre las que ya acumulaba.

Mara había trabajado desde los diecisiete años.

Nunca había esperado que nadie la rescatara.

Pero también había aprendido una cosa: la dignidad no pagaba el alquiler.

Así que cuando una agencia de representación privada le ofreció una cantidad obscena por parecerse durante setenta y dos horas a una mujer rica que necesitaba evitar unas apariciones públicas, hizo lo que llevaba años haciendo cuando la realidad se volvía demasiado estrecha.

Calculó el riesgo.

Preguntó.

Leyó.

Negoció.

Y aceptó.

El problema era que nada de lo que había leído explicaba aquel vestido.

Mara volvió a mirarse.

Era verde oscuro, de seda pesada, con un escote recto y mangas largas. No tenía etiqueta visible. Tampoco necesitaba un solo alfiler.

—¿Cómo sabían mi talla?

Mercedes se acercó para acomodarle el cuello.

—Nos la dio la agencia.

—La agencia tenía mi talla aproximada.

—Al parecer, fue suficiente.

No lo había sido.

Mara cosía sus propios pantalones cuando podía y sabía perfectamente lo que significaba que una prenda cayera bien.

Aquel vestido no caía bien.

Aquel vestido había sido hecho para ella.

La diferencia estaba en los hombros, en la cintura, en la longitud exacta desde la cadera hasta el suelo. Incluso la manga terminaba donde debía, justo encima del pequeño lunar de su muñeca izquierda.

Mara rozó la tela.

—¿Es de Isadora?

—Sí.

—Entonces tenemos exactamente el mismo cuerpo.

—Se parecen mucho.

—Eso no es lo mismo.

Mercedes cogió una caja de terciopelo.

—Los pendientes.

Sacó dos esmeraldas rodeadas de diamantes.

Mara no se movió.

—No pienso ponerme eso.

—Debe hacerlo.

—Si una de estas piedras desaparece, podría trabajar diez años y seguir debiéndoles dinero.

—No desaparecerán.

—Qué tranquilizador.

Mercedes sonrió apenas.

—Isadora habría dicho lo mismo.

La maquilladora levantó la cabeza.

Fue un movimiento mínimo, pero Mara lo vio.

Mercedes también.

El silencio volvió a instalarse en la habitación.

Mara tomó los pendientes.

El metal estaba frío.

—¿Qué tengo que recordar durante la cena?

—Ya hemos repasado a los invitados.

—Repasémoslos otra vez.

Mercedes pareció aprobar la petición.

—Beatriz Beltrán. Abuela de Isadora. Presidenta honoraria del grupo familiar.

—No discutir con ella.

—Puede discutir. Isadora lo hacía.

—Pero solo cuando estuviera segura de ganar.

—Exacto.

—Álvaro Beltrán.

—Primo.

—Treinta y seis años. Dirige la división inmobiliaria. No le gusta Isadora.

—Eso simplifica las cosas.

—No tanto como cree.

Mara se colocó el segundo pendiente.

—Teresa Beltrán.

—Tía de Isadora. Viuda. Vive aquí de forma permanente.

—Habla poco.

—Escucha demasiado.

—Jacobo Uceda.

—Abogado de la familia.

—¿El hombre que preparó los documentos que tengo que firmar?

—Sí.

Mara apoyó las manos en el tocador.

—Y León Arístegui.

Esta vez Mercedes tardó un instante más.

—No necesita hablar con él si puede evitarlo.

—En la carpeta decía que es socio de varias empresas de los Beltrán.

—Lo es.

—También decía que su relación con Isadora es privada.

—Lo es.

—Una descripción muy útil.

Mercedes cerró la caja de las joyas.

—Con el señor Arístegui, cuanto menos improvise, mejor.

Mara soltó una risa sin humor.

—Tengo que fingir que soy una mujer que aparentemente tiene una relación privada con un hombre al que nunca he visto. Improvisar parece inevitable.

Mercedes la miró por fin de frente.

—Él sabe que usted está aquí.




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